Referente de la literatura fantástica, buscó a través de un extensa, original y variada obra que explora la psicología, la estadística, la lógica, la física y la cibernética transmitir el sentimiento de indefensión del hombre frente a la vastedad del universo. Dueño de una enorme cultura, dos años antes de morir y tras un largo silencio, concedió esta entrevista donde habla de los límites del género de ciencia-ficción, de los vuelos a Marte, del mercado literario, de sus malentendidos con Philip Dick y de autores como Jorge Luis Borges e Italo Calvino.
Su primera novela, “El hospital de la transfiguración”, es una obra realista, ambientada en la Polonia invadida, en la que unos médicos intentan salvar a los enfermos mentales de un hospital de una más que segura ejecución a manos de los nazis. ¿Qué le hizo abandonar el realismo, la ficción realista, en favor de la literatura fantástica?
-No sé, simplemente el camino de mi vida lo decidió así, yo no lo había planeado. Por lo visto, ésas eran las inclinaciones que tenía, así eran mis capacidades. No quería dedicarme a la literatura política, porque escribía en los peores tiempos del estalinismo, pero tampoco lo había pensado para escaparme de la realidad al cosmos. Salió así…
-Su última novela publicada hasta la fecha es “Fiasco”, hace ya casi veinte años. ¿Ha abandonado definitivamente la ficción?
-Sí, hace trece años que no escribo ficción.
-¿Por qué?
-Durante el estado de sitio en Polonia fui con mi familia a Viena. Allí todavía seguía escribiendo, pero cuando volvimos a Polonia, a la Polonia independiente, hacia el año 89 ó 90, la literatura fantástica simplemente me dejó de interesar, ya que la realidad misma me pareció bastante interesante. Ya no era tan estéril, tan vacía, tan falsa y tan totalitaria como antes. Todavía sigo escribiendo artículos para varias revistas, pero ahora lo hago más bien como observador, comparto mis reflexiones respecto al mundo contemporáneo comparándolo también con los tiempos de la guerra en Polonia. Creo que los tiempos que estamos viviendo son tan tormentosos que ya no vale la pena dedicarse a la ciencia-ficción, porque esto ya es ciencia-ficción.
-¿Qué piensa sobre los vuelos a Marte?
-Es un proyecto político dictado por el deseo de Bush de repetir la maniobra de Kennedy cuando apoyó los viajes a la Luna. Lo que quiere es garantizarse la victoria en las elecciones para el segundo mandato, cree que así se cubrirá de gloria y será famoso. Sabemos que hasta ahora sólo una de cada cuatro misiones a Marte sin tripulación llegaba a concretarse. Si los estadounidenses piensan volar hacia Marte por cien mil millones de dólares, teniendo en cuenta esas inevitables averías, tendrán que disponer de cuatro veces esa cantidad, y el Congreso seguramente no lo permitirá. Además, en Marte no hay nada interesante. Es un desierto, sin aire ni agua. Así que se trata de un proyecto puramente político que sólo sirve para ganar fondos con vistas al próximo mandato de Bush.
-¿Y la guerra en Iraq?
-En mi opinión, había que acabar con la dictadura de Sadam Hussein, pero los costos resultan inabarcables, inaceptables. Se dice que es más fácil subir a un tigre que bajar de él.
-Gran parte de su producción literaria tiene un profundo sentido del humor. ¿Cómo se le ocurrió introducir un elemento tan alejado, en principio, de las convenciones del género?
-Sobre todo escribía sobre cosas terribles, espantosas, virulentas, así que había que suavizarlo de alguna manera, mejorar el sabor. Lo que me sorprende ahora, por ejemplo, es que cuando leo la literatura joven polaca, la que me mandan en grandes paquetes, a los jóvenes escritores de veinte, treinta años, no les encuentro nada de humor. Todo lo que escriben es tan tremendamente serio… Por lo visto, cuando uno es joven siente la necesidad de mostrarse muy serio.
-En los “Diarios de las estrellas” hay burlas encubiertas contra el sistema comunista, y otros críticos han visto también una sátira del capitalismo en “Congreso de futurología”.
-Sí, hay mucho de eso. Pero la principal dificultad consiste en escribir de tal manera que los libros no se mueran cuando se mueren los sistemas. Sin duda hay muchas cosas en mi obra que sí han sobrevivido a esos choques tremendos, como la caída del comunismo. Ahora, la Unión Europea ha producido también profundos cambios en la cultura polaca y europea. Pero si la mayor parte de mis libros han conseguido sobrevivir, eso no ha sido porque yo lo hubiera planeado de antemano. Yo simplemente escribía como podía. Cuando los libros son capaces de sobrevivir al cambio radical del sistema eso quiere decir que hay en ellos algo que sobrepasa la crítica política, algo que alude al hombre.
-Usted, como polaco y judío, ha vivido y padecido las peores pesadillas utópicas del siglo veinte: el nazismo, el comunismo… ¿Cómo ve el futuro próximo, los próximos años bajo la égida del capitalismo?
-Nadie sabe cómo va a ser el futuro. De momento, podemos observar que en el mundo cada vez se le da más importancia al Este. China, por ejemplo, va convirtiéndose en un centro importante que podría competir con Estados Unidos. Luego tenemos los problemas que supone la cada vez mayor nuclearización del mundo. Son procesos que ya no se puede parar, no se pueden tapar. Por ejemplo, los estadounidenses ya no pueden salir de Iraq. Sin embargo, eso no predice el camino que pueda seguir el capitalismo, puesto que hay muchos capitalismos. Incluso en China se está cultivando una especie de capitalismo de un solo partido.
-Dijo hace años en una entrevista que “el mercado literario ha matado la literatura”.
-Sí, Harry Potter es como opio para las masas. Hoy en día, gran literatura hay muy poca. Tal vez Pynchon, Saul Bellow… Pero ésos son nombres ya antiguos, y de los nuevos hay muy pocos. Es más fácil ser poeta, puesto que ahora para eso no hace falta ni siquiera sentido.
-¿Qué opina de internet y de las nuevas tecnologías?
-Como cada nueva tecnología tiene sus ventajas y desventajas. Si mi secretario necesita ponerse en contacto con mi representante en Hollywood lo hace en cinco minutos. Pero a través del correo electrónico nos llegan enormes cantidades de basura y todavía no existe ninguna manera eficaz de filtrarlo. Para mí el secretario es como un filtro de protección.
-Un filtro humano, no tecnológico.
-Si no fuera por él, ¡me volvería loco! En internet tengo una página web polaca y una americana, hay muchos chats, y yo no soy capaz de verlo todo, de leerlo todo. Nadie dispone de tanto tiempo. Sólo un niño se entusiasmaría con una montaña de chocolate.
-Como lector, ¿cuáles son sus influencias?
-Ninguna.
-Me refiero a cuando empezaba a escribir.
-¡Dios mío! Yo empecé en el 45, eso es ya prehistoria.
-Se ha hablado de Lem en relación con Borges, Calvino y Burgess. ¿Se siente usted cómodo en esta compañía?
-Claro, ¿y por qué no me iba a sentir cómodo? Cada uno trabaja en su galaxia.
-¿Hay otros maestros contemporáneos, o no contemporáneos, con los que se sentiría más a gusto?
-Hoy en día no tengo relaciones profundas con otros escritores. La mayoría de los escritores con los que estaba en contacto ya han muerto.
-Muchas de sus grandes obras, como “Solaris”, “El invencible” y “La voz de su amo”, contienen enigmas sin respuesta, misterios impenetrables. He tenido discusiones sobre libros suyos, en concreto sobre “La investigación”. Algunos dicen que la clave estaba en una conversación entre el estadístico y el policía, pero personalmente no vi ninguna clave.
-Yo tampoco. Es como en los sueños: cuando sueñas con algo, tú mismo no sabes de dónde ha venido ese sueño, cómo explicarlo. Es algo que no se sabe, si se supiera, entonces se podría escribir la explicación.
-Hay otros escritores, Borges por ejemplo, que traman laberintos y dejan entrever una grieta, una solución. Sin embargo, sus libros parecen laberintos perfectos, impenetrables, sin salida. Laberintos no humanos. Parafraseando a Borges: no hechos por hombres ni destinados a que los descifren los hombres.
-Cada uno construye los laberintos que sabe construir.
-¿Son esos laberintos algo así como imágenes del caos?
-Nunca diría que todos los libros que he escrito durante tantos años tienen un solo significado. Cada uno va desarrollándose, y cuando cambia, todo alrededor va cambiando también. Cincuenta años escribiendo son muchos años.
-Sin embargo, algunos pasajes de sus libros tocan los límites del arte narrativo. Como narrador, usted se mete en terrenos donde no se ha metido nadie. Pienso en la topografía del planeta en “Solaris”…
-Sí, por eso siempre me han decepcionado las producciones cinematográficas, la última de Soderbergh o la de Tarkovski. En ninguna salieron esas visiones mías. Cada director es como un caballo que quiere llevar el carro en su dirección. Y al final siempre salía un malentendido. Ya no me hace ilusión que hagan adaptaciones cinematográficas de mis obras. Tendría que haber un entendimiento, una unión espiritual entre el escritor y el director para evitar esos malentendidos. La versión americana me ha parecido muy mala. Yo no quería que hicieran la película, pero me convencieron de que debía dejar que probaran una vez más. Me decían que ese joven director americano lo iba a hacer mejor.
-Hablando de malentendidos, ¿qué le pasó con Philip K. Dick?
-Aquello ocurrió porque él en aquel momento estaba tomando muchos alucinógenos. Escribí un artículo sobre su obra y le invité a venir a Polonia, pero Dick pensó de repente que yo no existía, que había algo así como un comité llamado Lem que intentaba secuestrarle y que le deseaba todo lo peor… Dick estaba muy mal de la cabeza.
-En aquel artículo, “Un visionario entre charlatanes”, decía que Ubik le había gustado mucho.
-Sí, sí, naturalmente.
-¿Hay otros libros de Dick, aparte de Ubik, que le gustaran?
-Era un escritor muy irregular, tenía libros muy buenos y otros mediocres. Eso dependía mucho de la cantidad de drogas que tomara.
-¿Qué otros escritores de ciencia-ficción le han interesado?
-Dick me ha parecido el más original de todos.
-Hubo una época en la que su nombre estaba al lado de Bradbury y de Asimov, como el contrapeso, digamos, de la ciencia-ficción anglosajona. ¿Cuál fue su relación con Bradbury, con Clarke, con Asimov?
-Ninguna. Creo que los rusos, los hermanos Arkadij y Boris Strugaccy, han sido mejores.
-En casi todas sus obras los seres humanos no pueden comprender a los seres extraterrestres, pero, al parecer, tampoco los seres humanos son capaces de comprenderse entre sí. ¿Es la comunicación imposible?
-No solo en mis libros. Fíjese en la política: el extremismo islámico contra el mundo occidental, Europa contra América… Los estadounindenses en Iraq son como niños en un desierto. ¿De qué tipo de entendimiento podemos hablar? El mundo hoy es muy cruel. Mire -dice enseñando la portada de una revista alemana donde sale la fotografía de uno de los cadáveres Gunther von Hagens-, fíjese en este doctor Muerte que presume de hacer obras de arte con cadáveres.
-Es curioso, porque usted en “Un valor imaginario” escribió un cuento, una reseña ficticia sobre un artista que exponía obras de arte que, en realidad, eran radiografías. La realidad siempre va más allá.
-Sí. Hay que esforzarse bastante para prever lo que puede traer la realidad.
(Entrevista realizada en por David Torres y publicada en al suplemento de El Cultural (El Mundo, 8 de abril de 2004).
Nota biográfica. Stanislaw Lem nació en 1921 en la ciudad de Lvov, que hasta 1939 fue parte de Polonia y, luego de las ocupaciones alemana y rusa durante la Segunda Guerra Mundial, pasó a formar parte de la Unión Soviética, para terminar siendo territorio de Ucrania. Hijo único de un matrimonio de origen judío, inició en 1939 la carrera de medicina, que debió abandonar tras la ocupación alemana. Los Lem lograron huir del gueto, no así la mayor parte de sus familiares y amigos, asesinados en el campo de exterminio de Belzec. Durante la Segunda Guerra trabajó como mecánico y traficó armas para la resistencia polaca. En 1946 se estableció en Cracovia, ciudad que ya no abandonaría. Ese mismo año publicó su primera novela, Hombre de Marte, en una revista juvenil. Dos años después, pese a sus discrepancias con las teorías del biólogo Trofim Lisenko, que le reportaron no pocos problemas, logró terminar la carrera de medicina en la especialidad de psicología. Como corría el riesgo de ser incorporado a filas como médico militar, Lem abandonó la medicina y concluyó la novela realista “El hospital de la transfiguración” (1948). Tras esa primera incursión abandonó el realismo social para sortear la censura estalinista y crear el universo personal que lo caracteriza. De su pluma surgirían, sucesivamente, “Los astronautas” (1951), “La nebulosa de Magallanes” (1955) y “Diarios de las estrellas” (1957), “Edén” (1959), “Retorno de las estrellas” (1961), “Memorias encontradas en una bañera” (1961) y “Solaris” (1961), llevada al cine en 1972 por Andrei Tarkovski. En libros posteriores, sin abandonar su tono pesimista, desarrollaría un estilo satírico-humorístico inimitable. “Fábulas de robots” (1964) y “Ciberíada” (1965) son ejemplos de esta etapa. Tras estas obras vendrían “La voz de su amo” (1968), “Relatos del piloto Pirx” (1973), “Vacío perfecto” (1971) y “Congreso de futurología” (1971). En 1973 escribió “Un valor imaginario” -una nueva colección de prólogos de libros no escritos-, “La investigación” (1976) y “La fiebre del heno” (1976). A mediados de la década de 1980 abandonó la narrativa, tras la publicación de “Fiasco” (1986).
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