Irrumpió en la tele a puro insulto y de allí fue armando una candidatura unipersonal sin estructura partidaria. La propia posición ideológica de Javier Milei lo lleva a ser un fenómeno de coyuntura.

Al igual que Trump, Javier Milei pasó de la tele a la política. También comparten el ejercicio continuo del agravio, basta con ver alguna emisión de El Aprendiz, conducido por el ex presidente yanqui, o asistir a los ataques de furia del economista que suelen ir en crescendo hasta llegar a “zurdos de mierda”, que se dirigen tanto a kirchneristas como a cambiemitas. En el caso del norteamericano la agresión forma parte de la exhibición de su poder económico, el economista local pretende apoyarse en sus estudios como un arma cargada de violencia, utilizada en general contra los mismos periodistas que lo convocan. También su aparición en el panorama político ha sido comparada con la de Bolsonaro. Pero existen diferencias. Trump se presentó como candidato de uno de los dos mayores (sino los únicos) partidos políticos de su país, lo que implica una amplia red de contactos en el ámbito empresarial y jurídico. Algo parecido puede decirse del brasileño. Llegó al poder tras una larga trayectoria como diputado (fue uno de los protagonistas del impeachment a Dilma, donde reivindicó la tortura) y supo tender lazos con las iglesias evangélicas y con el poder judicial como lo demuestra la actuación de Moro en el juicio a Lula. Milei, por ahora es un lobo solitario y no pareciera haber nada que lo pueda sacar de esa situación. Los elogios de Patricia Bullrich (lo calificó de “interesante”) no lo van a llevar al redil de Juntos por el Cambio, con su aliado natural, José Luis Espert ha roto lanzas hace tiempo y su único vínculo más o menos institucional es con el ínfimo partido de Gómez Centurión.

Los números favorables que le dan las encuestas (casi todos en CABA, el Partido Libertario no tiene representaciones provinciales) no garantizan una continuidad en el mediano plazo. Tal vez Milei sea una aparición fugaz como la de De Nárvaez, lo cierto es que su estrategia de posicionamiento político, una especie de stand up punk, no apunta a la construcción de un espacio que tenga continuidad. Es que hay una contradicción flagrante en hacer antipolítica dentro del marco de las instituciones. Metido en el barro electoral tuvo que plantear contra sus convicciones que no tocaría los planes sociales.

Por de pronto no hay que dejarse llevar por la palabra “libertario”. No todos los anarquistas han sido revolucionarios ni abrazado causas populares. Tal el caso del alemán Max Stirner, un discípulo de Hegel, quien planteó una especie de anarquismo egoísta que luego fue retomado desde la doctrina liberal. El individuo es una propiedad que no puede ser invadida por ninguna otra instancia, menos aún por el Estado. Cualquier intervención estatal en la vida de los individuos es un acto de violencia. Lo cual sería coherente con las actitudes de Milei, a la violencia se responde con violencia, a las imposiciones del Banco Central se les responde quemándolo.

Tanto Stirner como los anarcocapitalistas actuales son un movimiento teórico, de corte académico que no se ha lanzado al terreno de la práctica, algo que Milei está intentando, para lo cual armó un programa que sigue los lineamientos generales de sus maestros:  privatización del sistema de seguridad y del penitenciario, acceso irrestricto a las armas, eliminación de ministerios y secretarías, reforma tributaria y laboral (lo que se llama libertad de contratación y fondos de desempleo a cargo del trabajador al estilo yanqui, además de paritarias por empresa). Más algunos agregados bien derecha argenta: tolerancia cero frente al delito, trabajo obligatorio para los presos y reducción sustancias y gradual de las dietas de funcionarios públicos, además de la eliminación de las retenciones a las exportaciones de commodities. En suma, nada fuera del menú electoral de estos días. Lo que marca Milei es una diferencia de estilos.

Con estas propuestas, que en verdad nadie conoce –salvo aquellos que se animen a entrar al sito de los libertarios- y a las que Milei no suele referirse de manera articulada, no le está yendo mal en las encuestas. Por lo que no parecen ser sus propuestas lo que atrae a sus seguidores.

Por un lado, hay que hacer notar que ser mediático garpa. Baste pensar en Amalia Granata, en Miguel del Sel y hasta el mismo Palito Ortega devenido tiempo atrás en gobernador de Tucumán. Por otro, que Milei se monta en dos formas del rechazo a los políticos (el principal blanco de sus ataques), uno que es ancestral, otro más reciente y que tiene que ver con la imposibilidad de la dirigencia política de dar soluciones en el corto plazo. A esto hay que sumarle la pandemia que instala atmósferas de miedo, uno de los mayores es a perder lo que se tiene. En ese clima, Milei se arroga el papel de superhéroe de la propiedad privada. Además de apelar compulsivamente al latiguillo de la “libertad”, concepto que tiene la ventaja de tener prensa positiva y de resultar lo bastante abstracta como para concitar adhesiones acríticas.

Por eso adjudicarle la condición de emergente de una crisis general de la democracia suena al menos excesivo. Milei no es Trump ni Bolsonaro y menos aún Hitler, comparación postulada por aquellos que sostienen que la Argentina del 2021 es equivalente a la república de Weimar.

Al poder se llega con estructura y organización, dos archinemigos de Milei, quien trasladará sus shows libertarios de los estudios de la tele a la Cámara de Diputados.

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