¿Cuál es la política hacia América Latina de la mayor potencia mundial? ¿Cuál es el contexto mundial? ¿Cambió algo la la salida de Donald Trump y la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca? ¿Qué se puede esperar en los próximos años?

América latina y Estados Unidos no sólo forman parte del mismo continente sino que están estrechamente ligados a partir de hechos históricos. Enumerarlos no es el propósito de este artículo, sino tal vez tomar algunos elementos para evaluar la política hacia la región de la mayor potencia mundial y qué se puede esperar en los años que se avecinan, a partir del cambio de gobierno en Estados Unidos y la vuelta al poder del Partido Demócrata.

Donald Trump dejó una papa caliente, verdaderamente. En primer lugar, Joe Biden deberá abocarse a tejer una nueva relación con sus dos principales competidores en el mercado internacional, nada menos que China y Rusia, que además entre ellos han tejido una alianza liviana, pero alianza al fin, lo cual deja a Estados Unidos de este lado del mundo con Europa y algunos países de Oriente Medio como aliados.

El sociólogo norteamericano Noam Chomsky plantea, en un artículo reproducido por el sitio rebelión.org, que si bien China y Rusia tienen la capacidad de bloquear la hegemonía norteamericana, ambos por sí solos no constituyen un obstáculo de envergadura para Estados Unidos. Rusia cuenta con gran capacidad armamentística –eso es indudable–, pero está lejos de ser una potencia hegemónica internacional, por más Putin y autoritarismo que pueda poner en práctica. China, según Chomsky, “sigue siendo un país relativamente pobre, que figura en el puesto 85 en el Índice de Desarrollo Humano, entre Brasil y Ecuador”

No obstante, Biden debe diseñar una nueva política con respecto a esos dos países, y no será de amistad precisamente. Tendrá que desarrollar una relación de acercamiento y enfrentamiento al mismo tiempo, según plantean varios analistas internacionales.

Por otro lado, enfrenta dos conflictos históricos, con países con los cuales mantiene un bloqueo económico, como Cuba e Irán. El caso de Cuba no lo vamos a tocar ahora porque merecería un artículo especial, y el caso de Irán está atado, además, a un acuerdo nuclear con las potencias atómicas que aún se está negociando, luego de que Trump pateara el tablero, se retirara del acuerdo y reimpusiera sanciones a Irán, que dio vía libre a su desarrollo nuclear, con la inseguridad que esto despierta en los enemigos acérrimos de Irán, como Arabia Saudita e Israel.

Se le debe sumar el retiro de tropas en Afganistán, la guerra en Yemén, de la cual Estados Unidos participa a partir del apoyo a uno de sus principales aliados en Oriente Medio, Arabia Saudita.

En definitiva, la agenda norteamericana en política exterior pasa más por esos lugares que por lo que puede hacer o dejar de hacer en América latina.

En la larga entrevista a Noam Chomsky, reproducida en rebelión pero publicada originalmente en sinpermiso.info, ni siquiera se hace mención a la región de manera directa.

Pero, ¿es esto una buena o una mala noticia?

Sin dudas, dadas las históricas intervenciones norteamericanas en la región, que nuestros países no estén en el radar del Departamento de Estado no puede menos que aliviarnos. Pero la mala noticia es que esto no es del todo verdad. Estados Unidos continuará con su política hostil hacia Cuba y Venezuela, y ahora entra en el radar también Nicaragua.

Más allá de las consideraciones que podamos hacer de los regímenes autoritarios que imperan en esos países, está claro que Estados Unidos –como tampoco Europa o alguna otra potencia– están en condiciones de oficiar de “árbitro democrático”. No al menos con el historial de intervenciones a favor de dictaduras en América del sur durante los 60 y 70.

La relación de Biden y del Departamento de Estado dependerá, en mucho, de lo que pueda surgir desde la región misma. Está claro que Estados Unidos no podría tolerar mansamente el surgimiento de un nuevo Venezuela en la región; por eso es que los gobiernos que surgieron en Bolivia y Perú, más el proceso que puedan vivir Chile y Brasil, deberán evaluar en algún momento su política exterior y asignarle algún lugar de la agenda a Estados Unidos.

No irritar al gigante del norte, por supuesto, no puede ser la única agenda que manejen los países latinoamericanos; pero sería un error apelar al autoritarismo para contrarrestar el intervencionismo norteamericano.

América latina tiene mucho trabajo que hacer, como resolver su histórica desigualdad, sus enormes bolsones de pobreza, la brecha que separa a los más ricos de los más pobres, además de pelear por más conquistas de derechos. Si no se cuenta de aliado a Estados Unidos (algo que Colombia y Chile pueden dar cuenta de que no trae demasiados beneficios), los países latinoamericanos deberán conformarse con que el gobierno de Joe Biden tenga una actitud parecida a la que ocurrió durante la gestión de Barack Obama, una especie de laissez faire que provocó que varios países de la región vivieran una “primavera latinoamericana”, de la mano de gobiernos progresistas que, si bien no revirtieron los problemas de fondo, mejoraron la distribución del ingreso de la mano del aumento del precio internacional de algunos commodities como la soja y el petróleo.

América latina puede autogobernarse, puede dar surgimiento a organismos como Unasur para cuidar la democracia en la región, y todo eso lo puede hacer sin enfrentarse directamente a Estados Unidos, negociando favorablemente –cuando convenga– con Rusia y China, o aun Europa y Asia, para poder revertir de una vez por todas el papel que tuvo asignado durante todo el siglo XX, de ser el patio trasero de la potencia norteamericana.

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