Es uno de los nombres ineludibles a la hora de pensar la cultura argentina. En esta entrevista que rescata Socompa, siempre a contramano de modas y tendencias, David Viñas habla de su infancia, de la burocracia peronista, del rol de los intelectuales y explica su controvertido la beca Guggenheim.

La cita es en el café La Paz, un domingo caluroso. David Viñas, de impecable blanco, está sentado en una de las mesas del fondo. Nací en la calle Talcahuano, entre Lavalle y Corrientes -dice-, mi padre era abogado y los tribunales los tenía ahí, a cincuenta metros; esa fue mi primera vinculación con San Nicolás. Por otra parte -agrega sonriendo-, siempre viví en este barrio.

¿Cómo era entonces la vida en nuestro barrio?

— Cuando era niño, la gente se paraba mucho por la calle para hablar. La ciudad era mucho más chica y la gente del periodismo, de la política, que caminaba por el Centro, se reconocía fácilmente. Recuerdo que había pocos tipos que usaban barba en ese momento: Oliverio Girondo, Elpidio González, y mi viejo; usar barba era visto como un anacronismo, se la relacionaba con el mundo bohemio. A mi viejo le gritaban “chivo” por la calle y él se cabreaba…
En mi juventud, los cafés eran lugares de reuniones y charlas. El café La Paz tenía otra apariencia, no esta cosa “modernista” de ahora. El bar Ramos, era un copetín al paso, con un mostrador de zinc en forma de “U”. Había varios cafés de esas características, el Estaño, el Suárez… Desdichadamente el estilo que tenían aquellos cafés se perdió tras un criterio agudo de lucro; la ambición de ganar plata rápidamente desbarata cualquier cosa que tiene un sentido distinto, o que sale de lo convencional.

– Usted suele relatar una anécdota donde su padre lo vincula desde niño a Roberto Arlt… ¿En qué medida Arlt influye en su obra literaria?
La conexión con Roberto Arlt fue episódica. Era una relación del mundo periodístico entre mi padre y Arlt. Yo  era muy chico, tiene que haber sido allá por el año treinta y tanto, cuando mi padre me presentó a Roberto como un periodista del diario El Mundo.
A Arlt se lo subestimaba, se lo consideraba un escritor de kiosco. En la revista Contorno hicimos un número dedicado a Arlt y otro dedicado a Martínez Estrada. Lo que implicó ponerlos como insignias frente a la literatura convencional. Buscábamos un cambio, ya fuera en la narrativa o en el ensayo, a través de aquellos escritores que tenían una producción más agresiva, más cuestionadora. En aquella época predominaba la literatura liberal, la figura más notoria era Eduardo Mallea. Su literatura tenía una falla fundamental: adolecía de lenguaje y de sexo. Eludía el lenguaje obviando el “vos” e inventando una figura que era, por ejemplo, el argentino silencioso, no hablaba, no había diálogo. Por otro lado, tampoco tenía cuerpo ni sexo esa literatura.

Se puede decir que alrededor de Contorno se formó una vanguardia intelectual… ¿Qué proponían concretamente?
 Nosotros éramos una vanguardia con planteos muy claros: hacíamos una crítica a dos puntas, al “populismo cultural” postulado por el peronismo oficial a través del entonces ministro de Educación y Cultura, Ivanisevich. Y por otro lado, hacíamos un cuestionamiento al diario La Nación, es decir, a la tradición liberal.

– ¿A qué le llamaban populismo cultural?
Cuestionábamos la cultura de fachada y la cultura de contrafrente. Recuerdo cuando, por una circunstancia casual, le tomé el voto a Eva Perón en 1951. Ahí pude observar como aparecían dos niveles en torno al policlínico donde estaba internada Eva. Adentro era un mundo totalmente cortesano y afuera, bajo la lluvia, había mujeres populares arrodilladas tratando de tocar la urna donde iba el voto de Eva. Es decir que ya entonces, era muy visible la distancia y la diferencia que había entre un peronismo oficial, burocrático, y el campo popular. Evidentemente, eran incompatibles. Nosotros por la “cosa popular” teníamos simpatía. Lo que cuestionábamos era el mundo “oficial” del peronismo clásico del ´45 hasta el ´55. Y lo seguimos cuestionando… yo personalmente no tolero ese tipo de casta que se enriquece a costa de los sectores populares. El peronismo no cambió eso. Leí hace poco que un ex ministro de Menem recibía un sobresueldo de 30.000 dólares por mes. Siempre existió ese estilo en el peronismo oficial canónico. Nosotros ya lo cuestionábamos entonces.

– ¿Cómo define el compromiso del intelectual con la realidad social?
Esta idea se divulgó a partir de la lectura de Sartre. Lógicamente fue tergiversado, como si fuera una especie propuesta de realismo socialista. Nada que ver… Acá ningún escritor hizo realismo socialista. Lo que se buscaba era una propuesta a la ética al escritor. Se aludía al compromiso de quienes tenían el privilegio de escribir, porque  escribir es un privilegio. Era un cuestionamiento a la realidad, a una literatura “rea”, y a la literatura de Eduardo Mallea que formaba parte de esa doble inflexión de la hablábamos.
Se analizaba con precisión y lucidez qué implicaba la literatura frente al estilo liberal tradicional modelado por La Nación, y frente a la figura del escritor populista que en ese momento buscaba ser insignia del peronismo oficial. El compromiso con la realidad social significaba buscar otra alternativa, una tercera vía. Se polemizaba duramente respecto a estas dos inflexiones.

-¿Existe ese compromiso del intelectual con la realidad social actualmente?
En la actualidad el trabajo intelectual está fragmentado, separado. También hay intelectuales muy reaccionarios, o que proviniendo de una postura critica han sido mercantilizados. Jauretche decía algo certero: “los intelectuales en la Argentina suben al caballo por la izquierda y se bajan por la derecha.” Hoy en día, el pensamiento crítico no se difunde porque todas las cadenas editoriales han sido fagocitadas. El gran capital financiero ha comprado la industria editorial, y ha transformado la literatura en una cosa homogénea.La alternativa es precaria, pero existe. Hay gente que trabaja en solitario o en pequeños grupos. La idea es catalizar a esas personas y construir una alternativa distinta.

-Usted en 1991 rechazó la Beca Guggenheim, hecho que convulsionó al mundo intelectual…
-Al principio la acepté, me había propuesto Ricardo Piglia, sin yo saberlo. Pero luego, aconsejado por Jaime Petras, preferí renunciar. Lógicamente hubo un tironeo, eran 25.000 dólares… que para pagar deudas ni te cuento…  Esa beca es una forma de coptar a los intelectuales, no es que te pones al pie, pero te van coptando. Entonces, luego de haberla aceptado, envié una carta diciendo que renunciaba. No era un problema de personalismo, como se dijo en su momento, sino un gesto político. Lo hice en homenaje a mis hijos: Lorenzo Ismael y María Adelaida, que están desaparecidos.

-Además de la cooptación del trabajo intelectual, se podría decir que se pone en marcha todo un mecanismo de censura alrededor de las nuevas propuestas que implican cambios de coyuntura ideológica. ¿Qué lectura hace de ese fenómeno?
Así es. Se articula una especie de colección de formas de censura o de apelaciones a presuntos prestigios, a presuntas verdades, a presuntas cosas inmutables. Los grupos que censuran forman una ideología de clase. Es muy fácil detectarlos, leés la carta de lectores de La Nación y podés hacer una especie de antología de quiénes son los que defienden las formas más reaccionarias. Esto abarca desde el tema del aborto hasta la censura a la muestra de Ferrari. La derecha está a la defensiva porque ya no tiene discurso. El único pensamiento que tienen los grupos tradicionales en la Argentina, oligarquía y burguesía, es la contrarrevolución. Es decir, oponerse a todo lo que implique o presuponga modificación de cosas ya cristalizadas y caducas. Aparentemente, son como fragmentos todos los actos de censura, que van desde la muestra de Ferrari hasta el tema del aborto, pero en realidad es una colección. El diario La Nación, sostiene a un hombre como Blumberg, porque le sirve como cemento para unir todas esas parcialidades. Todos esos elementos que aparecen como fragmentados, no lo están, conforman una ideología; no totalmente homogénea, pero que representa a un gran sector reaccionario. Este sector, de una u otra manera, siempre estuvo ligado al poder. El diario La Nación, es una especie epítome o muestrario de todas estas tribulaciones.

– ¿Sobreviven a todo esto las utopías?
Antes la utopía era como una referencia a un socialismo romántico e idealista. Ahora, la utopía debe ser la suma de deseos y proyectos. Aspiraciones que no están resueltas o que están planteadas a medias y no terminan de resolverse. En este momento, donde yo visualizo una mayor utopía es en el gobierno de Chávez porque en Venezuela se está llevando cabo un proceso de expropiación de tierras y una distribución más equitativa de la riqueza.

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