¿Alguna vez tuviste un sueño donde sabías que estabas soñando? Francisco Gallo, investigador del Laboratorio de Sueño y Memoria del ITBA y el CONICET, cuenta en qué consiste el estudio de quienes tienen este tipo de experiencias y por qué puede ser una puerta de entrada a los secretos de la conciencia.

Los sueños son uno de los grandes enigmas de la humanidad. Un enigma que, por supuesto, ha intentado resolverse de infinitas maneras. Los egipcios llegaron a la conclusión de que era la forma en que los dioses se comunicaban y los dejaban registrados en papiros. Para los griegos, el asunto era tan importante que le dedicaron dos deidades: Hypnos y Morfeo, quien terminó castigado por Zeus por usar los sueños para revelar secretos a los mortales.

En Las ruinas circulares, Jorge Luis Borges plantea los sueños como una explicación del origen de la vida. El protagonista, el mago que quería soñar un hombre “con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”, luego de mucho esfuerzo lo consigue, pero al final comprende que él también es un simulacro, que otro estaba soñándolo. Para Julio Cortázar, en La noche boca arriba, el sueño es un limbo entre dos mundos, uno ficticio y uno real, que se confunden todo el tiempo. El cineasta David Lynch es otro fan del mundo onírico. En Twin Peaks, el agente Dale Cooper sueña una habitación roja, misteriosa, casi maldita, que parece tener la respuesta de quién mató a Laura Palmer.

¿Y qué dice la ciencia sobre los sueños? Como no podía ser de otra manera, la ciencia tiene más preguntas que respuestas. “No sabemos por qué soñamos ni por qué otros animales parecen soñar. Hay distintas hipótesis pero, a priori, no hay una conexión clara entre la función que tiene el dormir, que es necesario para descansar y funcionar bien durante el día, y esa experiencia muchas veces psicodélica, bizarra y mundana que representan los sueños”, dice a TSS el doctor en Medicina Francisco Gallo, becario posdoctoral del CONICET en el Laboratorio de Sueño y Memoria del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA).

Una hipótesis (un poco menos divertida que las ideas de los egipcios, de Borges y de Lynch) es que el sueño es un efecto secundario de otras cosas que suceden en el cerebro. Mientras uno está dormido, el cerebro realiza tareas como consolidar algunas memorias y olvidar otras y, como una especie de subproducto, esos retazos van narrando una historia. Otra teoría plantea que el sueño es un fenómeno que permite revisitar escenarios que ya sucedieron pero en un ambiente más controlado, lo cual podría tener ciertos beneficios. “Hay algunos estudios hechos con personas que sufrían estrés postraumático. Se les hizo un seguimiento y se controló cuánto soñaban con el evento original. Lo que se vio es que las personas que mejor evolucionaban eran las que más soñaban con el evento”, cuenta el investigador.

Pero como si saber por qué y para qué soñamos no fuera enigma suficiente, su tema de investigación va un poco más allá. Gallo estudia los sueños lúcidos, que son sueños donde la persona es consciente de que está soñando. “En los sueños convencionales, experimentamos un ambiente virtual con diversos estímulos y emociones pero no tenemos voluntad ni claridad para el pensamiento. En cambio, éstas y otras cualidades características de la conciencia sí pueden emerger en un sueño lúcido. Lo más común es darte cuenta de que estás soñando pero hay personas que tienen mayor control y pueden crear entornos, traer personas al sueño e incluso comunicarse con el exterior”, explica.

Gallo se recibió de biotecnólogo en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) pero a mitad de la carrera se enamoró de las neurociencias. Comenzó leyendo libros como Mente y materia, de Erwin Schrödinger, y terminó haciendo su tesis de grado sobre neurobiología de la memoria. Hoy recomienda a todo aquel que quiera embarcarse en este camino el libro “El nudo de la conciencia”, del investigador argentino Enzo Tagliazucchi. “El estudio de la conciencia es algo tan inabarcable que siento que es muy mínimo lo que podemos aportar. Pero estudiarla es importante porque es lo que nos hace humanos y sigue siendo uno de los misterios más grandes y más íntimos de la humanidad”, sostiene.

La caverna lúcida

Hasta la década del ’70, todavía se discutía si existían los sueños lúcidos. Es que era difícil probarlo de forma científica ya que solo tenían el testimonio de la persona que se despertaba y afirmaba haber tenido uno. En 1975, el científico británico Keith Hearne tuvo una idea. Surgió de una investigación donde observó que una persona que dormía en el laboratorio movió los ojos de izquierda a derecha varias veces. Cuando lo despertaron, contó que estaba soñando que veía un partido de tenis. Así, a Hearne se le ocurrió usar el movimiento ocular como estrategia para marcar el momento en que la persona estaba teniendo un sueño lúcido.

-Cuanto te des cuenta que estás soñando, mové los ojos –le pidió.

La tarea no era fácil. La persona en cuestión no solo debía tener un sueño lúcido en ese momento sino además acordarse de hacer la marca pedida por los investigadores. Pero pudo hacerlo y Hearne se convirtió en el primer investigador en verificar un sueño lúcido. A partir de ese momento, se pide a quienes estudian el tema que siempre haya una verificación. El movimiento ocular es lo más común porque es lo que se mueve en la fase REM (movimiento ocular rápido, por sus siglas en inglés) del sueño, que es cuando suceden los sueños más vívidos y complejos. Sin embargo, también pueden realizarse otros movimientos mínimos, como contraer un poco el brazo o hacer media sonrisa, y esa actividad puede ser detectada por electrodos que se colocan en la persona estudiada.

“Lo que se hace es acordar un código de antemano. Se le pide a la persona que haga una marca al inicio del sueño lúcido y otra al final. De esa manera, se puede estudiar la actividad del cerebro en el momento en el que cobró lucidez. Claro que esto es difícil de conseguir y requiere entrenamiento. Tenemos pocas personas que lo pueden hacer”, señala Gallo. Se estima que alrededor de la mitad de la población mundial experimentó o va a experimentar alguna vez un sueño lúcido. Pero aquellos que los tienen con alta frecuencia (alrededor de 3 por semana), son muchos menos: entre el 3 y el 5%.

“La idea es que puedan tener sueños lúcidos en el laboratorio y vamos a tratar de verificar si toman conciencia en el sueño y observar qué pasa en el cerebro”, explica Gallo.

¿Qué cambia en el cerebro cuando alguien sueña lúcido? Una teoría elaborada a partir de diversos estudios dice que mientras que en un sueño convencional gran parte del cerebro se apaga, en un sueño lúcido no sucede lo mismo. Sobre todo en lo que respecta a las áreas de la corteza frontal, que están relacionadas con la vigilia, la toma de decisiones y la capacidad de ejercer metaconceptos. “Esa teoría tiene mucho sentido. Sin embargo, hace poco salió un trabajo que dice que no pudieron reproducir el mismo resultado y todo volvió a ponerse en discusión. El estudio del cerebro es un poco así, suelen aparecer excepciones de cosas que parecían estar claras”, apunta Gallo.

Un referente en el estudio de los sueños lúcidos es el científico estadounidense Stephen Laberge. Mientras que para el padre del psicoanálisis Sigmund Freud el sueño es el lugar donde se expresa el deseo inconsciente, para Laberge es el medio ideal para descifrar la conciencia. El científico hace la analogía con la alegoría de la caverna, de Platón, y plantea que la conciencia es la creación de nuestra propia experiencia de la realidad. El cráneo es como la caverna donde nuestro cerebro está encerrado y solo puede conocer el mundo exterior a través de las imágenes que se proyectan allí, a partir de nuestros sentidos. La diferencia es que en los sueños, la conciencia no está limitada por las leyes de la física ni de la sociedad: solo por nosotros mismos.

Ideas soñadas

El 1964, el beatle Paul McCartney soñó una melodía. Le pareció tan bella que apenas se despertó la tocó en el piano y la grabó para no olvidarla. Primero pensó que era una canción que había escuchado en algún lado. Le preguntó a todo el mundo pero nadie reconocía la melodía. Al final, se convenció de que era obra suya, le puso letra y así nació Yesterday. Algo parecido le pasó al químico Dmitri Mendeleiev, quien en 1869 soñó un tablero donde cada elemento químico tenía su lugar. Al despertarse, lo dibujó y creó la famosa tabla periódica.

Las posibilidades de crear algo en un sueño convencional son azarosas. En cambio, si se trata de un sueño lúcido, puede llegar a ejercerse cierta voluntad. Algunos investigadores los ven como una herramienta que puede servir para mejorar habilidades motoras, tratar pesadillas recurrentes y resolver problemas de forma creativa. “Hay gente que los usa para mejorar movimientos. También he escuchado relatos de músicos que practican la exposición en un escenario y una matemática me contó una vez que usó un sueño lúcido para resolver una ecuación”, cuenta Gallo.

La capacidad de tener sueños lúcidos es algo que puede entrenarse. Laberge, por ejemplo, desarrolló una serie de técnicas conocidas como MILD (Inducción mnemotécnica de los sueños lúcidos), que consisten en tareas como llevar un diario de sueños, acostarse pensando en lo que se quiere soñar y repetir gestos durante el día a modo de verificación de la realidad. Otras veces, los investigadores usan estímulos sensoriales, como poner una luz intermitente sobre los ojos de la persona que sueña, como forma de enviarle una alerta (acordada previamente) para que se dé cuenta de que está soñando.

“Ningún método asegura que vayas a tener un sueño lúcido, pero son técnicas que pueden aumentar la frecuencia. De todos modos, las personas que lo intentan tienen que tener en cuenta que dormir bien es fundamental para la salud y para funcionar bien durante el día. Por eso, debe hacerse con precauciones y evaluar los efectos de esa práctica en la vida cotidiana. Desde la ciencia, no está tan claro que tan beneficioso o perjudicial puede ser tener sueños lúcidos de forma recurrente, ya que la mayoría de las investigaciones se centran en los aspectos positivos”, indica Gallo.

Tampoco existen aún dispositivos que puedan inducir un sueño lúcido. “La carrera hacia un inductor del sueño tiene que ver con diseñar algo que estimule el cerebro y que te de una ayudita para despertarte en el sueño. Pero estamos muy lejos de eso”, dice el investigador. Lo que sí se pudo probar es una comunicación bidireccional entre investigadores y soñantes en tiempo real. El estudio se publicó el año pasado en la revista Current Biology y consistió en hacerles preguntas y cuentas sencillas a quienes estaban soñando. Ellos debían contestar haciendo marcas (como el movimiento ocular). Un 18,4% pudo responder de forma correcta y seguir soñando.

Gallo empezó a trabajar en el Laboratorio de Sueño y Memoria a principios del 2020, cuando obtuvo la beca posdoctoral del CONICET para estudiar sueños lúcidos bajo la dirección de Cecilia Forcato, doctora en Biología y directora del Laboratorio. Pero enseguida comenzó la pandemia y eso añadió una dificultad extra a las que de por sí tiene el estudio de los sueños lúcidos: los científicos no podían ir al laboratorio ni llevar a los “soñantes” -como les dicen ellos- para hacer los experimentos. Por eso, hicieron un estudio a distancia. Reclutaron personas con sueños lúcidos, sueños convencionales y parálisis de sueño, y les hicieron un seguimiento durante dos meses.

La parálisis de sueño es un estado intermedio entre la fase REM y la vigilia, en el que una persona “se despierta” pero sigue con una inhibición muscular en el cuerpo y no puede moverse. “Hay quienes sienten presencias o una especie de asalto físico, como si los estuvieran tocando. La alucinación más compleja es la experiencia fuera del cuerpo, que es como sentir que salís flotando. En muchos casos, se ven a sí mismos durmiendo, una experiencia que puede ser aterradora. Sobre esto hicimos un trabajo que está por publicar una compañera del Laboratorio, Nerea Herrero, en el que vimos algunas diferencias entre aquellos a los que les pasa de forma espontánea y quienes aprendieron a hacerlo”, cuenta Gallo.

En ese relevamiento, juntaron alrededor de mil sueños y se dedicaron a categorizarlos y hacer diversos análisis. “Ahora que ya pusimos a punto el equipo, vamos a empezar a convocar a algunas personas que conocimos y analizamos durante este tiempo. La idea es que puedan tener sueños lúcidos acá, en el laboratorio. Se van a quedar toda la noche y vamos a tratar de verificar si toman conciencia en el sueño y observar qué pasa en el cerebro. Para tener mejores chances, convocamos a personas que vimos que tenían sueños lúcidos con alta frecuencia”, explica.

El investigador dice que aún no sabe con qué línea de estudio le gustaría seguir una vez que finalice este proyecto, aunque posiblemente siga estudiando cuestiones vinculadas a la conciencia. No tiene una meta fija sino que es más de los que prefieren que la carrera lo vaya sorprendiendo paso a paso. “Cuando tenía 17, creía que estudiando una carrera científica iba a poder salvar a la humanidad. Ahora tengo metas más modestas”, bromea. “Pero sigo pensando que cada aporte que hacemos desde las ciencias tiene su valor, ya sea para desarrollar cosas que mejoren la vida de la gente o, simplemente, para conocernos mejor. Y lo que más me fascina del estudio de la conciencia es que está en el límite de lo que la ciencia puede decir y lo que no”, finalizó.

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