Con Marcos Mayer se fue uno de los mejores exponentes del buen periodismo, del verdadero oficio – el que resiste a la banalidad y a las operaciones -, los lectores lo extrañarán y sentirán su ausencia, pero sus compañeros de Socompa enfrentamos el desafío cotidiano de seguir con él porque – como dijo uno de nosotros cuando lo despedimos – no es cierto que todo el mundo es reemplazable.

Son ausencias que se vuelven carencias y terminan creando un hueco, un pozo, un vacío imposible de llenar.

Esta semana tuve que hacer cosas de las que solo me había ocupado esporádicamente en Socompa: elegir un relato o pedírselo a un escritor para nuestros “cuentos de los sábados”; buscar una entrevista antigua – preferiblemente a algún artista – que valiera la pena traer al presente para publicar en lo que se había transformado en un clásico de nuestros domingos.

De esas cosas se ocupaba Marcos Mayer, eran su territorio y lo caminaba con esmero y con placer. Marcos buscaba y elegía bien, con acierto y naturalidad.

Cuando murió, el miércoles pasado, hacía un par de semanas que extrañaba nuestros intercambios de cada mañana, pero tenía la esperanza de que esa extrañeza, nacida de una falta, sería momentánea, provisoria, que Marcos volvería.

Eran unos chats breves – que podía iniciar cualquier de nosotros – y que siempre empezaba con un “buen día”.

-Buen día, Daniel.

O:

-Buen día, Marcos.

Y después cosas mínimas, así:

-Ya subí la nota de Blaustein, ¿te parece que subamos una más?

O:

-¿Te parece bien esta nota? No estoy seguro, a mí me parece floja…

O:

-¿A quién le pedimos que escriba sobre las barbaridades que dijo Macri?

O:

-¿Sabés si Bencivengo va a escribir sobre la deuda?

O:

-¿Te encargás de pedir las fotos a Rafa, a Horacio o a Claudia?

Eso extraño, mucho, y no sólo porque eran el “encendido” de los motores de Socompa cada mañana sino porque – y sobre todo – lo extraño a Marcos.

Marcos el brillante y el humilde, el que cuando escribía una nota aparecía tímido en el chat, a cualquier hora:

-¿Podés leer esto, a ver si no escribí boludeces?

O:

-¿Te jode editarme esto que escribí?

Nos editábamos con un cuidado que no sólo era el del oficio sino también el del afecto.

Extraño agregarle alguna coma, corregirle algún error de tipeo, sugerir el cambio de lugar de un párrafo. Nunca fue más que eso.

Extraño y voy a extrañar – no voy a poder dejar de hacerlo – su edición de mis notas, con esas sugerencias que casi siempre las mejoraban.

(A estas líneas, por ejemplo, les falta eso)

La pandemia había hecho que lleváramos más de un año y medio sin encontrarnos, pero esos chats y algunas llamadas por teléfono, casi siempre para solucionar algo urgente, eran como si nos viéramos.

En sus cinco años de existencia, Socompa perdió a dos de sus miembros fundadores que además, por su capacidad y por su entrega, eran piezas clave de este proyecto periodístico anómalo en que nos metimos. Primero fue Rubén Levenberg; ahora, Marcos.

Sin embargo, mientras Socompa siga existiendo ellos estarán acá.

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