Un recuerdo en primera persona de los días oscuros de la dictadura, de las formas de circulación de la información, de los miedos y las incomprensiones. El 24 de marzo de 1976 no estábamos en condiciones de siquiera imaginar el terror y la muerte que se venían. Hoy, a medida que se van sabiendo cosas, la justicia tiene aún mucho por recorrer.

Debo reconocer que tuve que mirar, para poder escribir esto, las tapas de los diarios del 24 de marzo del 76 para situarme en aquel día lejano y vigente de la peor manera. Los recuerdos concretos, lo que hice durante aquellas horas siguen grises como esos papeles viejos con su repertorio de figuras siniestras, ennegrecidas por el paso del tiempo: Isabelita llevada en helicóptero, la jura de los tres comandantes, el gesto amenazante de Videla. Es como tratar de fijar la memoria en el día en que se gestó una enfermedad que padecemos hasta hoy. Era el comienzo, cuando todavía no se podían siquiera imaginar las dimensiones que alcanzaría un terror que, efectivamente, había comenzado un tiempo atrás con el accionar de la Triple A.

En aquel tiempo yo era cobrador en una empresa del grupo Graiver dedicada a la fabricación de cacerolas, sartenes y afines. Tengo la vaga sensación de aquel día no fui a trabajar. Según se decía por entonces, sus productos eran los de mejor calidad del mercado. La mayoría de los que trabajábamos allí éramos –para decirlo de manera simplificada- de izquierda, aunque había una buena cantidad de peronistas antitendencia. Pero la convivencia, por entonces, sólo era alterada por alguna chicana o por una indiferencia despectiva. Nada que afectara la calma de los días laborales, pese a todo lo que pasaba afuera. Recuerdo haber vendido con bastante éxito (yo que soy un vendedor fracasado de antemano) unas rifas para alquilar un local para una unidad básica en Liniers, que llevaban impresa la consigna: “Perón, Evita, la patria socialista”. Incluso algunos de los que rechazaban el slogan, compraron su billete.

Me fui al poco tiempo de la fábrica. Entre la necesidad de tener otra experiencia laboral y la sensación de que había que cambiarse de lugar, decidí seguir por otro lado. Eso pasó después del golpe. Se sentía en el ambiente que no convenía el sedentarismo que los sitios de ayer no eran seguros, que todo se había tornado muy peligroso. Recuerdo estar volviendo de un recital (creo que de John McLaughlin) en un taxi de quien era mi mujer por entonces y que nos parara la policía. Cuando le preguntan a Alicia su profesión ella dice “psicóloga”. Sentí que nos estábamos entregando. Había que ser otro para no caer, ser psicólogo era entrar en el cono de la sospecha. Todo fue un vuelco difícil de aceptar. Yo comenzaba a estudiar sociología por entonces. La carrera se trasladó al Nacional Buenos Aires y mi primer profesor –en Introducción a la Sociologíaa- fue un tal Cuevillas, quien luego integraría la comisión de censura de la intendencia de la ciudad de Buenos Aires, la juagaba de abierto pero en realidad ese simulacro de libertad era para que nos deschaváramos. Hubo que irse, fue mi segunda partida del Colegio. También adiós a Marx reemplazado sin explicaciones por el italiano Vilfredo Pareto, que según me recuerda Wikipedia, creó una teoría que postulaba como inevitable la desigualdad en la propiedad de los bienes.

Volvamos al recuerdo gris del día del golpe. Aquel era un país en que las interrupciones de la democracia no eran algo extraño. Estaban dentro del horizonte de lo posible. Cuando llegaban nadie se asombraba, algunos lo lamentaban, otros celebraban, pero era claro que las fuerzas armadas manejaban los ritmos de la política nacional. Con lo cual los golpes no eran algo fuera de lo común. El del 1976 se veía venir muchos meses antes De hecho, gran parte de mi adolescencia sucedió bajo el onganiato. La experiencia con la llamada “Revolución Argentina”, que duró desde 1966 hasta 1973, había ido desde la represión a las manifestaciones de protesta a episodios ridículos como la entrada a la fuerza de la policía a los albergues transitorios en busca de infieles o los cortes compulsivos de pelo a quienes llevaran la cabellera demasiado larga para los criterios oficiales.

Entonces, el 24 de marzo, aun con la atmósfera luctuosa de aquel día (la experiencia decía que con los milicos en el poder nada bueno podía esperarse) no fue sorpresivo. Aunque ya no se podía esperar que la represión se mantuviera dentro de los carriles módicos (si se los puede decir así) de la dictadura anterior. Esta vez la previsibilidad tenía los suficientes antecedentes como para resultar temible.

El gobierno anterior, con Isabel al frente y López Rega manejando los hilos me producía una especial repugnancia, seres oscuros, dañinos, partisanos de la muerte. Yo ya estaba muy decepcionado con el último Perón, en especial luego de lo de Ezeiza y su elección de ponerse de lado de lo que por entonces llamábamos la patria sindical. Y la presencia del Brujo, ideólogo y organizador de la Triple A, sumaba un factor terrorífico a mi decepción. ¿Cómo podía ser que el líder justicialista apañara a esa gente y, según algunos testimonios de dirigentes peronistas, fuera el impulsor de la idea de armar grupos parapoliciales para enfrentar a la guerrilla, inspirado en el somaten franquista?

Me pregunto, entonces, con esos antecedentes, con el clima de terror que se acentuó tras la muerte de Perón, por qué no pude (no pudimos) avizorar aquel día 24 de marzo la dimensión de esa espantosa maquinaria de desapariciones y muerte que muy pronto se puso en marcha. No se trataba de ingenuidad. Ya por entonces los rumbos del último peronismo no daban para suponer un futuro demasiado venturoso. La teoría del cerco se había caído a pedazos y costaba entender que hubiera compañeros que le siguieran poniendo fichas a esta absurdidad.

No tengo una respuesta muy segura para explicarme esa incapacidad para prever todo lo que se venía. No quiero caer en excusas y creo que una de las funciones que nos quedan es entregar a quienes vienen tras nuestro lo que hayamos podido aprender, saliéndonos del lugar de héroes –que no los fuimos- y haciendo el esfuerzo para que no se nos vea como víctimas –que sí lo fuimos. Lo que aprendimos, creo, no lo aprendimos el 24 de marzo, casi todo vino después. Toda la dictadura fue, entre otras cosas, una reversión de la lógica política argentina. Hasta entonces el golpe era el punto de llegada de todo gobierno civil al que se sometiera a variedad infinita y continuada de presiones para hacerlo fracasar y ocupar su lugar con personal uniformado y algunos colaboradores de saco y corbata que nunca faltaron. Pero el gobierno de Videla y de los militares que lo siguieron nos obligó a pensar de otro modo. Por de pronto, considerar eso que parecía tan lejano e imposible el 24 de marzo del 76: que se pudiera volver a un gobierno elegido por el pueblo. Ni siquiera se lo planteaba como objetivo. Quedó claro desde ese mismo día (en realidad lo veníamos aprendiendo desde antes) de que de lo que se trataba era de preservar y sobrevivir. Guardar libros y revistas donde se pudiera, ver películas a escondidas, intercambiar información. Poner a resguardo eso que los milicos venían a aniquilar. Eso quedó claro el día del golpe: era el momento en que todo se ponía en peligro, aunque no pudiéramos imaginar hasta qué punto. Sí, sentí miedo aquel día, aunque no tuve por entonces conciencia clara de a qué exactamente le tenía miedo. Sabíamos de qué lado estaba cada uno.

No puedo evitar que todo sea gris, aunque no recuerdo cuál fue el clima el 24 de marzo. Podría averiguarlo, pero no creo que importe ser demasiado exacto, en definitiva,  abrió la puerta a lo inconcebible, a aquello que todavía cuesta entender: la imaginación de los monstruos a quienes se les ocurrieron, entre otras salvajadas, los vuelos de la muerte y el robo de bebés. Ese día –también antes, pero sobre todo después- se abrió una puerta que hoy sigue siendo imposible cerrar.

 

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