La investigadora y doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de México, Pilar Calveiro, estuvo en Buenos Aires y dictó una conferencia en el Espacio Cultural Participación Popular sobre las resistencias al modelo neoliberal, en particular las que llevan adelante las comunidades autonómicas indígenas. En Socompa, todo lo que dijo.

Hoy voy a referirme a lo que estoy trabajando en este momento: las formas de resistencia de las comunidades autonómicas indígenas, en México. Mi interés obedece a que considero que en estas experiencias comunitarias autonómicas hay una serie de claves para pensar las resistencias al modelo neoliberal; en este sentido, creo que nos pueden dar pistas o ciertas iluminaciones para pensar las resistencias en el momento actual. Voy a empezar haciendo un pequeño “mapeo” de lo que considero los elementos principales de la gubernamentalidad neoliberal. Y luego, en relación con ese mapeo, trataré de mostrar qué pasa con estas experiencias comunitarias y en qué sentido contestan y resisten exitosamente a las características neoliberalismo.

Como ya he expuesto repetidamente, pienso en el momento actual como un largo período de transformación muy radical, o sea, un período de crisis y de transformación que podríamos llamar civilizatoria. Estamos ante una reorganización en todos los planos de la vida en lo social, económico, político, cultural y en la construcción de subjetividades. Todos esos planos están transformándose de manera paulatina, a lo largo de las últimas décadas. Esta reconfiguración arranca en los años ‘90 del siglo pasado y todavía estamos en ese proceso de reorganización de la realidad y de nuestra percepción de la misma, que comprende incluso modificaciones muy importantes en nuestra percepción de la espacialidad y la temporalidad. Creo que estamos frente a una transformación civilizatoria de largo aliento.

En este contexto de grandes transformaciones, es necesario mover el foco de análisis del Estado a estructuras de poder más amplias, que lo comprenden pero que también lo exceden. Sugiero pensar las estructuras de poder a partir de la asociación entre lo público y lo privado, lo legal y lo ilegal, como algunos de los rasgos distintivos de lo que llamo “gubernamentalidad neoliberal”, para referir a las prácticas, instituciones, valores de esta reconfiguración del poder en tiempos del neoliberalismo.

En primer lugar, tenemos es un capitalismo que está en una fase de rapiña en todos los órdenes: rapiña natural, social y cultural, obviamente asociada con los procesos de privatización. Es un proceso de apropiación de recursos limitados, por grupos cada vez más concentrados, que hacen que un sector importante de la población funcione como población sobrante, literalmente población de la que no se requiere para la reproducción del sistema. Se la considera “sobrante” en el sentido de que molesta, interfiere y/o perjudica justamente a estos procesos de concentración y acumulación extraordinarios.

Por otro lado, ocurre una pérdida de centralidad del Estado-Nación, que ha sido fragmentado desde dos lugares. Por un lado, por instancias supranacionales que lo limitan de distintas maneras, imponiéndole modelos económicos, políticos y jurídicos. Por otro lado, se verifica el crecimiento de poderes locales o regionales que gozan de cierta autonomía; son en realidad autonomías relativas generalmente pactadas o toleradas por las élites del poder central. En ese sentido encontramos jurisdicciones o “soberanías” limitadas, que están dentro del Estado Nación pero tienen una independencia relativamente importante, y operan en el campo de lo local.

Todo ello se acompaña de una reorganización espacial entre lo supranacional, lo nacional y lo local. En la vieja perspectiva, pensábamos de lo mayor a lo menor, los análisis que hacíamos iban del contexto internacional al nacional y de allí a lo local. Esta especie de subsidiariedad -siempre engañosa- de lo local con respecto a lo nacional y de este con respecto a lo supranacional, se ha transformado. Vamos a encontrar en lo local formas de ejercicio de poder muy importantes, como las soberanías locales relativas a las que hacíamos referencia y de las que también habla Rita Segato, por ejemplo. Son territorios controlados por ciertos grupos de poder, pero donde también vamos a encontrar resistencias de carácter local muy poderosas, muy importantes, y que, de alguna manera, escapan o son laterales tanto a esos grupos como al propio Estado. Éste es un punto al que voy a estar volviendo en esta presentación, ya que las resistencias comunitarias evidencian la importancia de lo local, y el peso que pueden tener en la transformación de fenómenos de carácter nacional e incluso supranacional.

Aquí hay un fenómeno importante, que está vinculado con los casos de las comunidades de las que voy a hablar, y es cómo estas redes de poder, que articulan tanto lo legal como lo ilegal, construyen en ciertos lugares lo que podríamos llamar territorios de ilegalidad y territorios de muerte, donde se practica una violencia abierta, descarnada y de eliminación de amplios sectores de la población. Frente a eso, se puede pensar a las comunidades autonómicas como territorios de vida, lugares donde se defiende la vida en todas sus expresiones: la vida humana, natural, vida social, cultural.

Otro elemento constitutivo de la gubernamentalidad neoliberal es la subordinación de lo social y lo político a lo económico. La lógica de acumulación y, en particular, una lógica de carácter corporativo-empresarial penetra en el campo político. Este principio es clave en la asociación de las redes corporativas y criminales con fracciones del Estado, es decir, en la articulación entre lo público y lo privado así como entre lo legal y lo ilegal, que ocurre tanto en la economía como en la política. Hay una articulación entre estas dos esferas. Podríamos decir, en muchos casos, que este entrecruce entre las redes criminales y las redes políticas ocurre porque reciben un mutuo beneficio. Las redes criminales que, como todas las grandes redes de poder de la actualidad, son supranacionales requieren la protección de políticos y jueces dentro de los Estados nación para funcionar sin contratiempos y multiplicar sus ganancias; al mismo tiempo, son útiles a los políticos no solo para su enriquecimiento personal sino sobre todo para el financiamiento de programas “negros”, ilegales, e incluso de sus campañas, más allá de los límites permitidos.

Otro punto a tener en cuenta es cómo los medios de comunicación, que producen signos y subjetividades, están en el centro, en la médula de esta gubernamentalidad neoliberal y la construcción de subjetividades afines a ella. Lo que producen los medios no es un “reflejo” de realidades existentes, ni siquiera una distorsión de las mismas, sino una suerte de construcción de la realidad a partir de verdades a medias o bien de falsedades abiertas que, sin embargo, logran constituir como verdades y, de hecho, funcionan socialmente como “verdad”. Es decir, logran armar una verdad virtual y hacerla jugar como verdad efectiva. Este es un tema central en la lucha política actual que no se puede enfrentar diciendo simplemente que mienten. Hacerlo así sería equivalente a disputar el poder de la Iglesia en el mundo medieval alegando la inexistencia de Dios, cuando esta era una verdad instalada en el mundo de la época. Es preciso encontrar formas de contestación a esa construcción de la verdad que no pasen por el desmentido sino por prácticas alternas de “realidad” y virtualidad. Este no es un problema restringido a ciertos países, sino que es parte de la médula de la gubernamentalidad neoliberal en las más diversas latitudes. Es parte del cambio de época al que hacíamos referencia.

Una cuestión también significativa del neoliberalismo es que funciona como un sistema de “optimización de diferencias”, tomando la caracterización de Michel Foucault. Si bien se presenta, en la mayoría de los casos, como un modelo de tolerancia, de apertura, de buena onda, sin embargo, lo que hace en realidad es el reconocimiento de las diferencias, para su clasificación y jerarquización; es decir, las reconoce pero para producir un sistema jerarquizado, en el que aparecen nuevas modalidades de exclusión racial, sexual, social; es decir que practica una tolerancia falsa, que en realidad reconoce la diferencia pero es indiferente a la inequidad, a la desigualdad de oportunidades y a todas las formas de injusticia social.

Otro elemento importante es la corporación como modelo organizacional, que se compone de un conjunto de filiales, donde cada una conserva una independencia relativa y se desentiende de las responsabilidades de las otras. Sin embargo, esta autonomía de las filiales, obedece a una planificación central que es el interés de la corporación en su conjunto. Creo que esta modalidad corporativa ha penetrado profundamente, no sólo en lo económico, sino también en el campo político; en muchos casos los partidos operan como corporaciones. Y, desde luego, creo que el Estado neoliberal tiene también los rasgos de lo corporativo, con esos niveles de desagregación, de fragmentación que le permite una enorme independencia entre las partes, sin que eso haga que el centro pierda la responsabilidad sobre el conjunto. Por otra parte, lo corporativo se basa en relaciones jerárquicas, verticales y reticulares, en donde la gestión es administrativa, gerencial y técnica, lo cual ocurre tanto en las corporaciones económicas como en los Estados actuales, y también en otros tipos de organización social.

Por último, dos rasgos también centrales de esta gubernamentalidad son la proliferación de las violencias público-privadas y, a partir de estas, las políticas de control poblacional a través del miedo. Cuando hablo de las violencias, estoy pensando en varias cuestiones, por un lado, en la construcción de escenarios bélicos, de dos tipos: la llamada guerra contra el terrorismo y la llamada guerra contra el crimen organizado, las cuales son, ni más ni menos, las que ahora se están intentando utilizar como argumento para sostener “guerras” de ocupación y para que los ejércitos cubran funciones de seguridad interior. La construcción de estos escenarios bélicos, de estas supuestas guerras, permite ampliar las atribuciones violentas del Estado, ampliar las funciones represivas del mismo. Se crean escenarios construidos artificialmente de distinta manera, según se trate de países periféricos, centrales, o según el territorio y las características propias de cada país. Junto a estos escenarios, que implican formas muy fuertes de violencia, tenemos las violencias estructurales que, como todos sabemos, se incrementan en el neoliberalismo por la gran polarización del ingreso y las formas de exclusión social. Estas violencias están funcionando en toda la sociedad, atemorizándola. Aparecen sólo en algunos casos como violencias estatales, se presentan generalmente como violencias económicas, privadas, pero son sin duda violencias en las que el Estado tiene una responsabilidad directa. Por otra parte, están las violencias criminales, que también se muestran falsamente como privadas, sin embargo, para que se sostengan y proliferen, para que ejerzan violencias masivas y extensivas en zonas importantes del territorio deben contar con la asociación, anuencia u omisión del Estado. En este sentido, son violencias que tenemos que pensar como público-privadas, a pesar de que se nos presentan, sobre todo a través de los medios de comunicación, como violencias privadas.

En este contexto podríamos decir que la sociedad está sujeta a miedos de distinto tipo, de desprotección económica, de inseguridad política, de violencias directas y estructurales, etcétera. De alguna manera estos miedos se focalizan en la dirección de dos grandes enfrentamientos, los criminales y los terroristas, según cuál sea el territorio. En Europa y Estados Unidos el “gran miedo” son los terroristas, y este es un miedo que se alienta permanentemente. En nuestras sociedades, sobre todo, se alienta el miedo a las redes del llamado crimen organizado.

Hasta aquí, esta suerte de “mapa” de la gubernamentalidad neoliberal, cuyas piezas son obviamente insuficientes, y se pueden ordenar de distinta manera. Son las resistencias las que nos van revelando su trama, en la medida en que entran en colisión, rodean o evaden las redes de la globalización neoliberal exhibiéndolas.

Creo que es importante pensar las resistencias desde lo local, ver en qué medida este gran aparato global que tenemos enfrente, justamente por sus dimensiones, es vulnerable o puede ser frágil desde lo local. Es desde lo pequeño que se puede erosionar, lesionar y transformar este gran aparato. Cuando pensamos en él, en su conjunto, daría la impresión que por sus dimensiones es inatacable. Sin embargo, pensar la potencia de lo pequeño frente a lo grande -David y Goliat- puede ser útil en este contexto neoliberal.

Considero que la resistencia es una de las formas más eficientes de enfrentar las actuales redes de poder. En lugar de la confrontación abierta, las resistencias operan desde lo lateral, lo subterráneo, lo que se plantea erosionar, abrir grietas, descomponer, desviar. En este sentido, creo que estas prácticas pueden ser más eficientes, en muchos casos, que la confrontación de manera abierta. Es decir que no considero a la resistencia como algo menor o como algo reservado a momentos de demasiada desigualdad o desequilibrio, sino que estoy pensando en la resistencia como una de las formas, probablemente, más eficientes de la política. Desde luego la resistencia también juega a largo plazo y tiene que ver con estrategias de carácter principalmente defensivo y de construcción desde los lugares propios, para armar algo diferente y alternativo.

En este terreno, las prácticas de la memoria tienen mucho que decir y aportar ya que toman, desde las urgencias del presente, las experiencias -los sentidos y las prácticas- de resistencias pasadas, para actualizarlas. En este sentido, creo que las resistencias indígenas, en América Latina, son muy importantes. En primer lugar, son resistencias que han logrado sobrevivir a prácticas de eliminación, literalmente de exterminio, durante cinco siglos. En América Latina tenemos 30 millones de indígenas que han sostenido distintas luchas de resistencia, a la vez que han participado en los procesos nacionales sin el menor reconocimiento. Han sobrevivido y resistido desde sus propios territorios, desde lo local y en muchos casos, sin plantear una confrontación, ni una ruptura, sino manteniendo formas de construcción propias, al margen del Estado. Su organización es comunitaria y considero que es importante dejar de pensar lo comunitario como una forma pre-estatal de organización, y pasar a considerarlo como otra forma de organización social.

Ciertamente, lo comunitario implica otro tipo de relaciones entre las personas, relaciones de carácter colaborativo, horizontales, cara a cara, con identidades y memorias compartidas, pero comprende también otras relaciones entre lo social, lo natural y lo sagrado. Es pues, una forma diferente de organización de lo social, no preestatal ni “atrasada”.

Una de las cosas más importantes que encontramos en estas experiencias comunitarias es la capacidad de construir desde los márgenes del Estado, de conformar un territorio y controlarlo creando nuevas formas de organización, que sostienen algunas prácticas antiguas junto con otras nuevas. En su espacio territorial, la toma de decisiones es principalmente de carácter asambleario, en el contexto de un sistema complejo que combina democracia directa y formas de representación, siempre en órganos colegiados.

Lo comunitario coexiste con el Estado moderno, toma ciertos elementos de este y mantiene otros de la vida comunitaria, que actualiza incesantemente. Me parece muy apropiada una imagen que usa Rivera Cusicanqui cuando rechaza la idea de hibridación. Propone pensar la coexistencia de lo comunitario y lo estatal como un tejido formado por dos hilos diferentes, donde cada uno conserva sus características propias y es claramente identificable. Tomando esa imagen, se podría decir que los “hilos” que vienen de lo indígena-comunitario se sostienen y entrelazan con los que vienen de lo moderno-estatal, conservando cada uno su particularidad. No son excluyentes, no se repulsan, sino que pueden articularse de diferentes maneras. En esta coexistencia, a veces sin mezclarse, y a veces también mezclándose, ocurren las prácticas autonómicas, que logran armar procesos sociales y políticos de manera independiente del Estado, prescindiendo del Estado y de sus “apoyos”.

El zapatismo (EZLN) ha sido una de las experiencias en este sentido, aunque no me voy a referir a él, primero porque es una experiencia más conocida, pero también porque realiza una práctica de encierro sobre sí mismo, una práctica sumamente refractaria a cualquier vínculo con el Estado y de contraposición con el sistema político en su conjunto. Como se verá, me voy a referir a otro tipo de experiencias que, siendo comunitarias, indígenas, autonómicas y no partidarias, al mismo tiempo no son refractarias al sistema político como tal, sino que mantienen distintas estrategias de relación principalmente defensiva, sosteniendo vínculos de acuerdos, negociación, presión y desobediencia con gobiernos y partidos, lo cual creo que abre posibilidades políticas más interesantes.

Les voy a hablar de una experiencia en particular, que existe en el estado de Guerrero, llamada Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias; es una experiencia bastante amplia, que considero una de las más interesantes. Se la conoce como CRAC, por sus siglas. Además de esta organización, en el estado de Guerrero hay otros grupos de policías comunitarios y de distintas experiencias autonómicas, que tienen alrededor de siete mil policías y operan en 46 de los 81 municipios del estado, es decir, en más de la mitad. Se trata de experiencias diversas, que también existen en otros estados de la República. Aquí voy a referirme, específicamente, al caso de la CRAC.

La Comunitaria, como la llaman sus miembros, se formó dentro de un territorio que ha sido objeto de distintas violencias y también de distintas resistencias. Guerrero es un territorio que ha vivido intervenciones constantes por parte del ejército, así como distintos movimientos sociales, políticos, de protesta en relación con los fraudes electorales, de organización campesina y otros específicamente indígenas. Todo esto ha ocurrido allí y ha sido respondido con violencias estatales muy marcadas. Es un Estado en el que, además de la conflictividad social, ha habido guerrillas importantes en los años setenta, con una inserción muy fuerte en la población campesina, que luego ha sufrido represiones atroces. Hay que decir que, al mismo tiempo que México estaba recibiendo al exilio chileno en el 1973, el Estado estaba desapareciendo personas. Justamente en Guerrero, personas que eran tiradas vivas al mar, en vuelos de la muerte, bastante antes de que eso mismo ocurriera en la Argentina. Por ello estamos hablando de una región que ha vivido estas violencias así como distintas formas de resistencia, y que guarda memoria de ambas.

Partiendo de ese contexto histórico, quisiera mencionar cómo fue el proceso de constitución de la CRAC, que inició en 1995, es decir que tiene en este momento casi 24 años de vida. Por ende estamos hablando de un proceso antiguo y asentado, dentro de lo que cabe para cualquier resistencia. La CRAC es una Coordinadora que pasó por distintos momentos. En un primer momento se organizó como Coordinadora de organizaciones sociales, luego como Coordinadora de comunidades indígenas, y en un tercer momento (cuando tomó el nombre actual), como coordinadora de autoridades comunitarias, para indicar que no comprende solo a poblaciones indígenas, sino también a poblaciones mestizas. Se trata de una región en donde conviven personas que provienen de distintas etnias y también mestizos. En este proceso, a lo largo de todos estos años, fue transitando por diferentes experiencias.

Inicialmente se formó como respuesta a una situación de violencia delictiva. Todavía, en ese momento (1995), no se trataba de las grandes redes delictivas de lo que ahora se conoce como crimen organizado. Eran grupos criminales de carácter regional, que generaban una enorme inseguridad y miedo. En ese contexto, y ante la inacción de las autoridades, campesinos e indígenas comenzaron a tratar de organizarse para ver qué hacer. Finalmente, a partir de la violación de una niña, decidieron iniciar su propia organización. Hay que decir que en ese territorio la violación es una de las prácticas frecuentes de las redes criminales. Menciono esto porque en esta, como en otras experiencias sociales, lo que desata la organización es una ofensa a la dignidad, que lleva a sobrepasar el miedo y pasar a la acción y la organización.

Entonces, fue a partir de ese hecho que se inició la organización, en un primer momento como policías comunitarias. Aunque esta figura existía previamente, ahora se extendía a toda una región, sobrepasando la comunidad.

Adela Antokoletz en el debate posterior.

Se armó entonces un sistema de seguridad regional. Al hacer esto, ya estaban alterando y ampliando de facto la legislación vigente. Inmediatamente empezaron a detener personas que encontraban realizando ilícitos dentro de su territorio, para entregarlas a las autoridades públicas. Sin embargo, ya sea por falta de pruebas suficientes para el derecho ordinario o por colusión de las autoridades, eran rápidamente liberados. Por ello decidieron, a partir de ese momento, crear un sistema de justicia propio, y lo conformaron basado en “usos y costumbres”, una figura reconocida en la Constitución mexicana. Es decir, las personas detenidas son juzgadas de acuerdo con los usos y costumbres de la comunidad.

Su sistema jurídico se basa en dos principios: conciliación y reparación. La conciliación consiste en establecer un acuerdo entre las partes afectada y ofensora, para fijar una reparación que ambas consideren aceptable. Cuando la ofensa o el delito no son reparables, como en el caso de violaciones o asesinatos, la persona se somete a lo que llaman “proceso de reeducación”, que consiste en trabajo comunitario. Este se hace de manera rotativa en las distintas comunidades de la CRAC, hasta que las propias comunidades valoran que la persona ha comprendido y está en condiciones de ser liberada. La idea aquí es que si una persona comete un delito, no ha fallado solo la persona sino que han fallado también la comunidad y la familia. Por lo tanto, la responsabilidad es de carácter colectivo. A partir de la aplicación de estos procedimientos, el sistema de seguridad se completó con el sistema de justicia y de reeducación. Como se puede ver, el mismo tiende a la reparación de la víctima, pero también a una reparación social del vínculo entre el transgresor y la comunidad.

Con respecto a las formas de organización política, estas se basan principalmente en la Asamblea. Tienen asambleas en los distintos niveles de gobierno, que son las que toman las decisiones, dentro de un vasto territorio organizado en distintas Casas de Justicia. Las asambleas comunitarias designan representantes que forman otras Asambleas a nivel regional, de manera que todas las decisiones se toman de manera colectiva y en procesos de tipo deliberativo. Lo que se busca es el acuerdo, no es el principio de mayoría; de manera que se arman largas discusiones para tratar de establecer consensos.

Un aspecto interesante es que se trata de evitar los liderazgos personales, que se desalientan a partir de sistemas de rotación. Eso quiere decir que, cuando una persona sobresale demasiado en una función, la pasan a otra, de manera que se van formando colectivos. Se constituye así un sistema bastante complejo, una organización que separa los sistemas de seguridad de las funciones de justicia y que, en todos los ámbitos, funciona de manera colegiada.

¿En qué sentido esta experiencia podría ser una forma de contestación a lo que conocemos como neoliberalismo? Respecto a la extensión, si bien es de carácter local, involucra una población de alrededor de 300 mil personas, compuesta por distintas etnias y población mestiza. Es decir que se trata de un proyecto multiétnico y multicultural. También implica formas diferentes de pensar el estado de derecho, con prácticas que corresponden a la pluralidad jurídica. Es decir, instala toda la discusión sobre el pluralismo jurídico, con sistemas diferentes, como el indígena y el estatal que, sin embargo actúan como equiparables, conviviendo y coexistiendo de facto. Es importante mencionar que, cuando a una persona la detienen, puede elegir si desea ser juzgada por el sistema comunitario o por el sistema del Estado. Muchos, incluso mestizos, prefieren el sistema comunitario, entre otras razones, porque no tienen que pagar cuotas ni sobornos. Es decir que estamos frente a un fenómeno de pluralidad jurídica, así como de autonomías regionales. Toda esta construcción se da desde los márgenes del Estado.

Estamos también frente a otras formas de lo político, con alta participación, y de carácter asambleario, así como lógicas diferentes de conformación de lo social, basadas más en la solidaridad que en los principios de competencia. Desde luego, esta experiencia también nos plantea la posibilidad de recuperar saberes de distintos tipos.

Pero en relación con la caracterización de la gubernamentalidad neoliberal de la que hablamos al inicio, lo que tenemos frente a las prácticas de acumulación por desposesión, es justamente la defensa del territorio que impide la apropiación de las riquezas naturales de estas comunidades, que son enormes, por parte de las grandes corporaciones, como las mineras. Esta población que, en otros términos, sería considerada “sobrante”, se constituye a sí misma en población efectiva, activa, reconocida. La pérdida de centralidad del Estado se evidencia en esta construcción desde los márgenes, que organiza territorios de vida en oposición a la política de devastación y muerte de los corporativos y las redes criminales. Al margen del Estado, prescindiendo de él, se construyen estos procesos de carácter resistente. Al revés de la subordinación de lo político y lo social a lo económico que priva en el neoliberalismo, aquí tenemos prácticas de carácter solidario que no están, de ninguna manera, sujetas a las lógicas del mercado. También son prácticas de resistencia a las fracciones criminales, a la violencia del Estado y a las violencias público-privadas de las que hablábamos al inicio. No buscan la visibilidad mediática, sino todo lo contrario; por ser resistentes la eluden y operan desde los márgenes, de manera subterránea, porque eso también es una forma de su propia protección. En algún punto, también esto los protege de lo mediático que, por supuesto, decide ignorarlos. Si ustedes se fijan, lo que nosotros conocemos de México, son las redes criminales, pero estas otras experiencias no se difunden e inclusive, dentro de México, muchísima gente las desconoce. Esta es una forma de invisibilizar las resistencias, que también opera como protección de estas realidades en el margen. En lugar de potenciar la inequidad, las prácticas comunitarias promueven cierta “igualación” de condiciones, rompen el racismo e intentan establecer relaciones de género un poco más simétricas, aunque la participación de las mujeres aún no es equitativa y se mantiene el modelo patriarcal. En síntesis, se trata de experiencias que nos desafían a pensar en otros modos de la seguridad, la política y la justicia, y que van a contramano de las políticas neoliberales mostrando que la resistencia es posible.

 

* Sobre gubernamentalidad: es un concepto que proviene de Michel Foucault. Se refiere a las tecnologías, prácticas e instituciones de gobierno que constituyen un régimen de poder particular y se orientan a conducir la conducta de personas y poblaciones. Se refiere a un campo estratégico cuyo análisis es inseparable del de las resistencias.

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