Los avances de la pandemia en la Argentina van mucho más allá de las cadenas de contagios y la circulación de virus. Tienen que ver con el enfoque limitado, desde el gobierno, de las políticas sanitarias y de sus genuflexiones frente a un poder que le juega desde la Justicia, los medios y sus propias entrañas.

Es interesante pensar como todo se plantea en términos de guerra. El virus ataca y hay que defenderse. A partir de ese punto se discuten tácticas y estrategias de guerra, la metáfora se vuelve tan eficaz que provoca muertes en la carne. Muertes.

Es el Apocalipsis, quizás, todo ocurre y nadie sabe las razones, salvo la ira de Dios. Claro que el problema de la ira de Dios tiene intérpretes o personajes, como el bueno de Lope de Aguirre con el rostro de Kinski.

Cuando yo era chico, mi padre – Emilio, médico infectólogo, titular por entonces de la Cátedra de Infecciosas de la Facultad de Medicina de la UNLP – tenía un programa en Radio Universidad donde hablaba de enfermedades transmisibles. “Los enemigos invisibles”, se llamaba y a mí me gustaba escucharlo. Eran tiempos de Onganía y, a veces, el Viejo se animaba a criticar las políticas sanitarias de esa dictadura, cuando tenían que ver con, precisamente, las infectocontagiosas. No es que recuerde eso específico de los programas (Sí recuerdo sus citas de Rilke cuando contaba que había muerto de tétanos, o cuando entendí que a la viuda negra se la conocía desde antes de la conquista como “la supichicudora”, araña mortal). Lo que sí recuerdo son algunas llamadas inquietantes que molestaban en la casa del prestigioso doctor.

Esto viene a cuento de los enemigos invisibles. No diré nada nuevo si afirmo que mi Viejo – liberal de izquierda a fines de los ’60 – ya estaba capturado por la Doctrina de Seguridad Nacional. Esto es: un enemigo externo (el virus), con sus aliados internos (los contagiantes) que ponen en peligro nuestra seguridad, nuestra vida. Esa fórmula simple justificó un genocidio en la Argentina.

Hoy el gobierno – que no es genocida ni mucho menos, es apenas tibio – sigue apelando a esa fórmula simple y fatal en el combate contra el Coronavirus, pero con la falencia, aún mayor, de no tomar medidas acordes con su discurso.

(Paréntesis necesario: la campaña de vacunación en la Argentina es una de la mejores en el contexto de países dependientes)

Es decir, pero no es lo básico, dejándose pasar por encima por la oposición, los medios y la justicia cada vez que quiere tomar una medida.

Es decir, y esto es lo fundamental, que ni putas ganas – o ni puta idea – de salir de ese esquema de guerra con enemigos invisibles para llevar adelante la guerra contra los enemigos visibles (que no son precisamente los virus sino que están, incluso, en sus propias entrañas).

Desde un país semicolonial como el nuestro es imposible defenderse bien de una pandemia sin enfrentar en serio al capitalismo.

El virus se puede ver por microscopio, la letalidad del capitalismo financiero internacional – que va más allá de los países y de las peronas, es impersonal y, por lo tanto, deshumanizado aunque sea una creación humana – es imposible de ver para los ideológicamente ciegos.

Y lo que está en juego no son sólo nuestras  vidas sino un modelo de país donde la condición humana valga o no.

Si no se puede pelear eso, sería honesto decirlo.

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