La muerte siempre juega sus juegos sin reglas. Se aparece simplemente y sin explicaciones. Un hombre que se encuentra con su asesino en su propia casa no encuentra la forma de zafar. Tal vez porque no se  puede.

Tranquilo. No haga ninguna estupidez – dijo el Asesino.

Juárez encendió la luz de la sala y lo vio sentado en el sofá, con los brazos extendidos sobre el respaldo y el arma a su derecha, al alcance de la mano. Se quedó inmóvil, con la bolsa de las compras apretada contra el pecho, en silencio. En la mano derecha todavía tenía las llaves de la casa. Cuando habló, la voz le salió quebrada, algo más aguda que lo normal.

– ¿Quién es usted? – preguntó.

– Esa no es la pregunta correcta. Lo importante es a qué vengo. – El tono del Asesino era suave, algo ronco, calmo. Aparentaba unos cuarenta años y vestía pantalón gris y saco azul, con la corbata floja debajo del cuello de la camisa blanca. Se lo podría haber confundido con un empleado de banco o un ayudante de contaduría. Su parecido con Juárez resultaba notable.

Juárez no hizo la pregunta. Seguía parado, con la bolsa contra el pecho como si fuera un escudo. El Asesino volvió a romper el silencio.

– Siéntese, por favor. Deje la bolsa sobre la mesa y siéntese ahí – dijo, señalando uno de los dos sillones que había frente a él, del otro lado de la mesa -. Con cuidado…

Juárez lo obedeció lentamente. No miró al Asesino sino al arma que descansaba sobre el sofá. El Asesino siguió su mirada y dijo:

– Ni lo piense.

Juárez no respondió.

– Me tomé el atrevimiento de preparar café. Sabía que demoraría en llegar. Espero que no le moleste – dijo el Asesino -. Sírvase si quiere.

Sobre la mesa baja había una cafetera, una azucarera y dos pocillos. Uno de ellos ya había sido utilizado. Juárez se inclinó hacia adelante, tomó la cafetera y se sirvió café, todavía humeante, en el pocillo limpio. Agregó una cucharada de azúcar y revolvió. No se llevó el pocillo a los labios: un temblor le sacudió la mano.

– ¿Qué quiere? – preguntó.

– Nada, no quiero nada…

– ¿Y entonces qué hace acá?

El Asesino esperó unos segundos antes de responder.

– Usted quiere saber a qué vine. Esa sería la pregunta correcta.

Juárez suspiró.

– Está bien – dijo -, dígame a qué vino.

– A matarlo.

El Asesino lo dijo con suavidad pero no con indiferencia: había algo de solemnidad en su tono. Juárez se hundió en el sillón. En los siguientes dos minutos ninguno habló. Finalmente, Juárez rompió el silencio.

– ¿A matarme? – Su voz subió una octava más.

– Eso acabo de decirle…

– ¿Por qué quiere matarme?

– No he dicho que quisiera matarlo sino que vine a hacerlo.

– ¿Por qué va a matarme, entonces? – insistió Juárez.

– Esa es una respuesta que no puedo darle – respondió el Asesino.

– Pero, no entiendo…

– Lo siento, no puedo ayudarlo a entender – dijo el Asesino y parecía sentirlo realmente.

Juárez abrió las manos y se las miró. El Asesino esperó un momento antes de hablar nuevamente.

– Tome el café, que se le va a enfriar – dijo.

– No entiendo – Juárez seguía mirándose las manos -. Le juro que no entiendo. Tiene que haber una razón para que entre en mi casa y me mate…

– Seguramente la hay – respondió el Asesino. Pareció que iba a decir algo más, pero permaneció en silencio.

Juárez levantó la cabeza y observó al Asesino como si intentara descifrar un mensaje en su rostro. El Asesino le sostuvo la mirada con ojos apagados. Nada se podía leer en ellos. Los ojos de Juárez se humedecieron.

– No puede matarme – musitó.

– ¿Por qué no?

– No puede entrar así y decir que va a matarme…

– Ya lo he hecho – dijo el Asesino.

– ¡No tiene derecho! ¡No es justo! – Juárez rogaba, con las manos abiertas, extendidas hacia el Asesino.

– Cálmese, por favor – le respondió con voz suave, monocorde.

Juárez estalló.

– ¡Cómo quiere que me calme si está diciendo que me va a matar! – gritó. Lloraba.

El Asesino lo observó, pensativo. Juárez lo miraba con los ojos enrojecidos. Tenía la cara mojada por el llanto.

– Si quiere utilizar el poco tiempo que le queda en un ataque de nervios, adelante. Nadie se lo impide, pero no se lo aconsejo – el Asesino hizo una pausa y agregó: – Sería un desperdicio.

Juárez se sorbió la nariz y guardó silencio. De pronto, su rostro se iluminó.

– Usted no me va a matar – dijo.

– ¿Qué le hace pensar que no voy a hacerlo?

– Si me quisiera matar, me habría matado cuando llegué.

– Se equivoca.

– ¿Por qué?

– No habría sido justo.

– ¿Justo? ¿Qué es lo que no habría sido justo?

– Matarlo sin darle su tiempo – explicó el Asesino.

– ¿Tiempo? – Juárez lo miró sorprendido – ¿Tiempo para qué?

– Tiempo, el suyo, simplemente tiempo. El tiempo no es para qué. Ese es un gran error que todos cometen. El tiempo es tiempo… y de pronto ya no es – respondió el Asesino.

La garganta de Juárez se quebró en una carcajada histérica.

– ¡No me venga con filosofías ahora! ¡No se haga el filósofo mientras me apunta con un revólver! ¡Usted no es un filósofo! ¡Usted es un asesino! – dijo en un susurro que tenía la potencia de un grito.

– No le estoy apuntando – respondió el Asesino. El arma seguía a su derecha, sobre el sofá.

– Me cago en la diferencia – Juárez dio la impresión de morder las palabras. Al tiempo que hablaba apoyó las manos sobre los brazos del sillón, como si quisiera tomar impulso para saltar sobre el Asesino.

El Asesino ni siquiera se movió.

– No se lo aconsejo – advirtió con voz helada -. Todo podría terminar ahora mismo.

Juárez volvió a hundirse en el sillón.

– Dígame qué quiere de una vez. Ya no aguanto más esto – dijo.

– Nada – respondió el Asesino.

– Mire… Tengo algo de dinero guardado en… – comenzó a decir Juárez.

– No me interesa su dinero.

– Dígame qué es lo que quiere, entonces. Seguramente podremos llegar a un acuerdo…

– Usted no entiende. Yo no quiero nada. No puedo hacer tratos. Vine a matarlo.

Juárez se llevó las manos a la cara y se restregó los ojos.

– ¿Es por algo que le hice a usted? – preguntó luego de un momento -. No puede ser, yo no pude haberle hecho nada… No lo conozco.

– Es verdad, no me conoce. Nadie me conoce hasta que me presento – respondió el Asesino.

– ¿Por qué me va a matar entonces?

El Asesino pareció reflexionar unos segundos. Cruzó las piernas y se tomó la rodilla con las manos.

– Digamos que es inevitable – contestó finalmente.

– Pero debe haber una explicación… – empezó a decir Juárez y se interrumpió. Se le volvió a iluminar la cara – ¡O un error…! ¡Eso es, seguramente es un error! ¡Usted se ha equivocado de persona!

El Asesino lo miró. Parecía apenado.

– No, le aseguro que no hay ningún error. Mi presencia aquí lo demuestra.

Juárez se inclinó hacia delante, como si quisiera acercar su rostro al del Asesino.

– ¡Entonces explíqueme por qué! – lo desafió.

– No hay explicación para la muerte – respondió el Asesino.

– Para usted es muy fácil decirlo, pero estamos hablando de mi muerte, no de la suya, y yo necesito una explicación – insistió Juárez.

– Lo que usted necesita es tiempo y lo pierde buscando una explicación que yo no puedo darle. Lo único que puedo darle es tiempo. No lo desperdicie.

– ¡¿Y qué quiere que haga con su maldito tiempo?!

– No se trata de mi tiempo. Yo apenas puedo darle un poco del suyo. Ése es el que debe importarle – dijo el Asesino.

Juárez hizo un gesto de impotencia con las manos y volvió a hundirse en el sillón. El Asesino lo miraba, expectante.

– ¿Quién lo envío? – preguntó después de un par de minutos.

Una expresión de cansancio se adueñó del rostro del Asesino. Suspiró.

– Nadie me envió. Usted no entiende – terminó por responder.

– Entonces, usted decidió venir. Usted decidió venir a matarme… – insistió Juárez.

El Asesino volvió a suspirar. Tenía el aspecto de estar infinitamente más cansado que un momento antes.

– No, yo no he decidido nada. Era inevitable que viniera. Lo único que he podido hacer es anunciarme. He intentado mostrarle el tiempo.

– ¡Carajo, déjese de adivinanzas! ¡Lo menos que puede hacer es darme una respuesta!

El Asesino sacudió la cabeza; se lo veía decepcionado.

– Ya he hecho todo lo que podía por usted – dijo.

Juárez palideció y se hundió aún más en el sillón.

– ¡No me mate, por favor, no me mate! – rogó.

– Lo siento, no puedo evitarlo – dijo el Asesino.

– ¡Tiempo, déme tiempo! – pidió Juárez – ¡Usted dijo que me daría tiempo!

El Asesino dijo sus últimas palabras.

– Le he dado todo el que usted tenía y lo ha desperdiciado. Ya no hay más tiempo.

Juárez no alcanzó a llevarse una mano al pecho cuando su corazón estalló.

En la sala vacía, el cadáver quedó sobre el sillón, sin ninguna herida visible, tan frío como el café del único pocillo que había sobre la mesa.

 

Daniel Cecchini es periodista y escritor. Entre sus libros, Contratextos, Cárceles y La CNU.

 

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