Un relato corto de un recuerdo real, de cuando el general herbívoro regresó al país, con Isabelita y caniches. Tal vez un pincelazo sobre la precariedad de Perón, del peronismo, de la historia y de la vida.

Por mi prima Leda supe que Isabelita usaba de entrecasa un deshabillé azul Francia. “Un deshabillé de gasa azul, horrible”, contaba Leda, que la veía desde la ventana de su departamento. Isabelita era María Estela Martínez de Perón y se calzaba la bata cuando sacaba a los famosos caniches del General al parque del chalet de la calle Gaspar Campos, en Vicente López. Como mi prima también llevaba al perrito de su hijita Fernanda a varear al fondo de su propiedad, los canes no tardaron en hacerse amigos ligustrina mediante y el diálogo circunstancial entre vecinas se hizo inevitable.

Pero la verdadera naturaleza de esa relación me la reveló el marido de mi prima, Juan Carlos Golod. El petit hotel que habitaron los Perón durante los 27 días que duró su primer regreso a la Argentina tras 18 años de exilio –del 18 de noviembre al 14 de diciembre de 1972–, distaba de ser confortable. Tenía muchas habitaciones pero varias estaban sin aseo y descascaradas, el parque estaba abandonado, y no había casi ningún artículo para vivir. Y lo peor: no tenía teléfono, una carencia que podía ser insoluble en esos días aunque se tratara de un líder político cuya presencia era saludada cada mañana por miles de jóvenes peronistas agolpados en la calle al grito de: “Buenos días, mi General”.

La cuestión la saldaron mis familiares que, tras un oportuno diálogo con el chofer y jefe de la custodia Juan Esquer, le facilitaron su viejo teléfono de baquelita negra (el “morocho”) con una extensión desde su casita lindera. La consigna era que si sonaba una vez y cortaba, la llamada era para Perón y entonces debían pasarle el teléfono. En caso contrario atender como si nada. Casi un filtro de seguridad.

La molestia fue tomada como una señal del destino por mis primos que, tras conocerse como actores del teatro independiente, se habían convertido en peronistas pasionales de fines de los sesenta. Acaso un mandato para Leda, hija de mi único tío peronista, Felipe Corenstein. En la tarde del 16 de junio de 1955 tras el bombardeo a la Plaza de Mayo, mi viejo salió a buscarlo entre los cadáveres que se apilaban en la Asistencia Pública de la calle Esmeralda. No lo encontró pero regresó a su casa horas más tarde cuando algunas iglesias ya humeaban en Buenos Aires.

La dicha duró poco porque, enterada del acuerdo, la anterior dueña de la casita de mis primos y titular de la línea telefónica amenazó con pedirle la baja en señal de repudio. Entonces Perón hizo ejercicio de autoridad: una cuadrilla telefónica le instaló un aparato en el chalet de Gaspar Campos y otra línea a mis primos, que –según contaban—ya era propia aunque luego supieron que les había sido detraída a otros vecinos, ya que se trataba de bienes realmente escasos.

El 14 de diciembre, horas antes de partir hacia Paraguay, Isabelita tuvo un gesto de reconocimiento. Apareció en la medianera con bicicletas de regalo para mis sobrinos. “Volvimos de hacer las compras y la empleada nos dijo que la señora de Perón había pasado a despedirse y dejar un regalo”, contó Leda, mi prima que acaba de morir en Miami, según mail recibido por un familiar. Allí vivía con su familia: marido, tres hijos, siete nietos y un bisnieto, desde principio de siglo, cuando la Argentina parecía derrumbarse. En su memoria.

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