El 20 de julio de 1969 un radiotécnico argentino juró haber interceptado la transmisión de la NASA con un televisor Admiral y una antena budinera. Tuvo una fama efímera en las revistas y la tele, quizás como una forma de demostrar que la credulidad también hace viajes espaciales.

Ln julio de 1969, un vecino de Avellaneda, provincia de Buenos Aires, Norberto Otero, le contó a la revista Siete Días Ilustrados que esa noche sintonizó señales de TV transmitidas desde la Luna durante la misión Apolo 11. Para sorpresa universal, el joven, radiotécnico de oficio, había logrado captar con un equipo rudimentario “una televisación secreta en circuito directo con la NASA”. El título del informe: “LO QUE LA HUMANIDAD NO VIO”. Según la revista, el hombre, 36 años, empleado en la usina eléctrica de Dock Sur, había registrado imágenes completamente distintas a las transmitidas en directo para todo el mundo desde la Luna.

1969 fue un año asombroso por muchas razones. La hazaña del Hombre en la Luna fue fulgurante, pero hubo otros destellos. Fue también la era dorada de las revistas. En los kioscos era posible encontrar publicaciones mensuales, semanales y quincenales de nicho como Primera Plana (política, prohibida hace justo 50 años por la dictadura de Onganía), Así y Careo (policiales), Crisis 2001-Periodismo de anticipación (culturales), Hortensia Satiricón (humorísticas), El Gráfico (deportiva), Pinap (antecesora de Pelo, musical), Lupín (historieta) y AnteojitoLocuras de Isidoro y Billiken (infantiles). Las clases medias educadas buscaban saciar su sed de ilustración por los temas que abordaban diarios, radios y TV en semanarios como Gente Siete Días, ambas caracterizadas por sus crónicas coloridas sobre temas de actualidad y el despliegue fotográfico estilo Life Paris Match.

El extraordinario caso del Sr. Otero fue publicado en la edición de Siete Días de la semana del 18 al 24 de agosto de 1969. Era el número 119 de su tercer año y su precio de tapa era de $ 150. Tirada declarada: 192 mil ejemplares. Sí, eso, más o menos, vendía una revista en la Argentina, aquellos tiempos. Junto al auge del Instituto Di Tella, la cultura explotaba con nombres que hoy son bronces: Julio Cortázar, María Elena Walsh, Marta Minujín, Jorge Romero Brest, Alberto Ginastera, Héctor Germán Oesterheld… También fue el año de la dictadura de Juan Carlos Onganía, las marchas obreras y estudiantiles que terminaron en El Córdobazo e hitos gloriosos del cine: La fiaca (Fernando Ayala), Don Segundo Sombra (Manuel Antin), Invasión (Hugo Santiago), películas de Favio, Bó, Calcagno y Carreras, y documentales, más apropiados en este contexto, como De la tierra a la luna (Misión Apolo), dirigido por Guillermo Fernández Jurado –el mismo que filmó en 1965 la película de culto Taita Cristo, cuyo guion coescribió con el enigmático Alejandro Vignati–, o El ambiente social. Argentina, mayo de 1969: Los caminos de la liberación, un manifiesto que marcaba un flanco relevante de la situación política del país.

La noticia del Siglo, la epopeya de la Apolo 11 del 20/21 de julio, seguía capturando la atención del mundo. Para ocuparse de las siguientes fases de la Misión Apolo había que esperar hasta noviembre de 1969, cuando iba a ser lanzada la sexta misión tripulada del programa.

En ese contexto de escasez informativa, Siete Días Ilustrados, dirigida por Norberto Firpo (1931-2017), continuaba publicando las crónicas que enviaba desde Centro Espacial Houston, en Texas, el periodista (y luego laureado escritor y poeta) Jorge Ariel Madrazo (1931-2016).

En el sumario de la página 3, el director resumía los temas centrales de la edición y especificaba que Madrazo había visitado la NASA “con la consigna de obtener y seleccionar las imágenes más notables del paseo lunar”. Son todas estupendas, escribió en un télex el redactor, junto al envío de tres rollos —un centenar de fotos—, que eran “los que a gusto de los astronautas Armstrong y Aldrin registran con mayor precisión las tonalidades de la Luna”.

Por cuarta edición consecutiva, la Luna era tapa en Siete Días. “Una persistencia que el lector justificará no bien acceda a las páginas centrales de esta edición: desde el punto de vista técnico, ningún otro órgano de prensa del país puede ofrecer un espectáculo tan deslumbrante; desde el punto de vista estrictamente periodístico, no sólo se trata de excelentes fotos: son las mejores.” En un informe ubicado entre las páginas 53/57, Madrazo presentó “un informe referido a los resultados del vuelo de la Apolo 11, al cabo de la cuarentena de sus tripulantes, y de las perspectivas que se abren en el futuro inmediato”.

“Pero eso no es todo —continúa la revista—: entre las páginas 6 y 11 se ofrece un documento único, la certificación de que los lunautas operaron con varias cámaras de televisión y de que hubo por lo menos una trasmisión directa para la NASA, diferente a la que se propagó a todo el mundo vía satélite. Esas imágenes, registradas en la ciudad de Avellaneda (provincia de Buenos Aires) por el radiotécnico Norberto Otero, muestran con lujo de detalle la tarea desplegada por Armstrong y Aldrin. SIETE DIAS está en condiciones de ratificar la autenticidad de ese testimonio, auscultado por media docena de expertos en electrotecnia. La embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires remitió un juego de copias de las fotos de Otero (que obtuvo frente a un televisor no convencional, la noche del 20 de julio; arriba) a Washington, con el propósito de arrimar alguna explicación al sensacional hallazgo: oficialmente, como se sabe, los astronautas operaron con una sola cámara televisora «versión ingenua —advierte uno de los técnicos consultados—, ya que en tal caso la NASA debía resignarse a desconocer la actividad de Armstrong y Aldrin cada vez que salían de escena. Hubiera sido un inadmisible error de organización».

“SIETE DIAS —termina el prólogo— presenta estas fotos en exclusividad absoluta”.

Primicia mundial

“Estas imágenes de Armstrong y Aldrin en la Luna no corresponden a la transmisión por TV difundida en todo el mundo el veinte del mes de julio. Pertenecen a una televisación secreta, en circuito directo con la NASA. Fueron captadas (y fotografiadas) por Norberto Otero, un radiotécnico radicado en Avellaneda, provincia de Buenos Aires”, rezaba la volanta.

Cerca de la medianoche del 20 de Julio de 1969, Norberto Otero trataba de arreglar un televisor Admiral de 19 pulgadas que le había dejado un amigo “para que lo adaptara a los transmisores argentinas”. Como el equipo fabricado en EE.UU. poseía un sintonizador para los canales 2 al 13 y otro más (de frecuencia ultrafina llamado UHF), “que permite captar emisiones desde el canal 14 al 83”, se entretuvo pasando uno por uno los canales del UHF. “Sorpresivamente, cuando detuve un momento el sintonizador en el canal 54, comenzaron a esbozarse en la pantalla unas barras horizontales que delataban la presencia inequívoca de una señal”, recordó. “Sin demorar un segundo —prosiguió Otero— trepé a la terraza y moví la antena parabólica que tengo en el techo, apuntándola a la Luna. De repente, en la pantalla aparecieron los dos astronautas caminando por el satélite”, publica el redactor del artículo, que aparece sin firmar (como muchas otras notas publicadas en Siete Días, dicho sea de paso).

Así explicó el radiotécnico cómo logró su proeza: “Fue sencillo. Regulé un poquito el sintonizador, ajusté otro poco la antena parabólica y logré imágenes perfectas. Cuando en algún momento se producían distorsiones yo mezclaba las señales, batía las frecuencias y nuevamente estabilizaba la transmisión”, detalló el radiotécnico, quien “para redondear el sueldo” reparaba en sus ratos libres los equipos de comunicaciones de los bomberos de Avellaneda, Isla Maciel y Dock Sur.

Lo que a Otero le sorprendió, dice la revista, fue comparar las imágenes captadas por el Admiral y las que se recogían en los televisores convencionales. “Eran completamente distintas; tanto por el ángulo de las tomas como por la nitidez”.

“Mientras en el televisor argentino —que Otero tenía sintonizado en Canal 13— se mostraba a un Armstrong saltando alegremente sobre la superficie lunar, el Admiral exhibía a un Aldrin entusiasmado en cavar el suelo con una pala”. No sólo provenían de ángulos distintos, sino que eran de mayor nitidez que la transmisión oficial. “La prueba documental del insólito show espacial con que Otero se regocijó en Avellaneda —escribe el redactor de Siete Días— se refleja en estas excelentes fotografías” que el radiotécnico aseguró haber tomado directamente sobre la pantalla del televisor “con una maquinita de cajón, sin trípode y utilizando una película que no era la adecuada”.

Miente con alegría Otero

Seguimos con la transcripción: “La fórmula para construir la antena parabólica, un curioso artilugio diseñado por Otero y con el cual pudo tener acceso a la transmisión, es el producto de complicadas ecuaciones matemáticas y del uso del ojímetro —como graciosamente denomina el técnico sus cualidades de pálpito—, una medida que los argentinos están acostumbrados a emplear en la mayoría de sus especulaciones. ‘Es bastante sencillo —miente con alegría Otero—: divido la frecuencia de la transmisión por la velocidad de propagación y obtengo la frecuencia de onda”, continúa la revista, no sin chispazos de sinceridad brutal. “Una vez hecho eso, me trepo a la azotea o bajo la antenita que sobresale de la parabólica –un esperpento también fabricado por él–, apunto a ojo y bajo a ver la pantalla del televisor. Con dos o tres viajes al techo puedo lograr tomas muy buenas’”.

La crónica cierra con la respuesta que dieron a Siete Días anónimos voceros de la embajada de los EEUU en Buenos Aires: “para las tomas captadas por el señor Otero no hay ninguna explicación técnica”, ya que “la NASA había realizado una sola transmisión”. Supuestamente, el dossier fotográfico fue recibido por un grupo de técnicos de la Embajada y embarcado a la NASA. Pero ya nadie volvió a hablar del asunto. 

Últimas noticias de “El Loco Otero”

En el blog del radioaficionado Federico Tomasczik aparece el último rastro de Otero sobre la Tierra. Un tal Héctor, en un mensaje al blogger del pasado 17 de julio de 2019, defendía a su amigo en los siguientes términos:

“Estimados, las fotos no son falsas. He sido amigo de Norberto Otero. Falleció el 20 de abril de 1999, está enterrado en el cementerio de Avellaneda y he sido yo, junto a un amigo, una amiga y mi hermano, quienes lo hemos asistido. Lo interné tres días antes del lamentable desenlace.” Y agrega: “La revista Siete Días le dio $500 de la época (por las fotos) y (Sábados Circulares de) Pipo Mancera le abonó $30.000 por (su participación en) dos programas”.

Héctor (quien por desgracia nunca contestó mi mensaje, publicado en el mismo blog) no rechaza en bloque el artículo crítico: “Lo relatado en ésta página responde con un alto grado de certeza, salvo que no subía y bajaba de la terraza, sino que puso un espejo grande de manera que observaba desde la misma el TV”.

Según Tomasczik, “todo parecía ser una farsa armada por la revista más que ‘la más extraña e inexplicable hazaña pergeñada por la televisión argentina’, basándose en el hecho —cierto más allá de toda duda— de que hoy contamos con series completas de imágenes en alta resolución de la misión Apolo 11 donde, por las notables diferencias entre las fotos oficiales y las obtenidas por Otero, corresponde buscar otras explicaciones.

Más que “una farsa armada por la revista”, como sostiene Tomasczik, el principio de benevolencia recomienda intuir que Otero ofreció un material que la revista consideró irresistible —si no la damos nosotros la dará otro, pudieron razonar—, aunque los controles de calidad, en términos de legado histórico, fallaron en toda la línea: (1) el (anónimo) redactor presume de la “autenticidad del testimonio”, (2) el cual habría sido “auscultado por media docena de expertos en electrotecnia” y (3) por “técnicos de la embajada de los EEUU”. Ninguna fuente es identificada, dificultando, a 50 años vista, toda posibilidad de verificación, y la cobertura tampoco tuvo continuidad.

“Aun dándole crédito a las fotografías ¿pudo realmente Norberto captar imágenes transmitidas desde la Luna?”, se pregunta Tomasczik. “Lo que seguro no sabía Otero y mucho menos el periodista, responde el blogger, es que las comunicaciones entre la Tierra y la Luna utilizaban un sistema desarrollado especialmente para el programa Apolo por la NASA y el Jet Propulsion Laboratory (JPL) llamado Unified S-Band (USB). Como su nombre lo indica, trabajaba en la banda S, es decir en frecuencias del orden de las microondas las cuales eran muy superiores a las de los canales de UHF.

“El sistema Unified S-band (USB) permitía enviar en forma conjunta (de allí la denominación «unifying») las comunicaciones de voz, telemetría, tracking, signos vitales de los astronautas y las señales de televisión. Al utilizar un sistema único para las comunicaciones se simplificaba la operatoria como también el equipamiento de transmisión y recepción.

“El Módulo Lunar transmitía hacia la Tierra en 2101.802083 MHz y recibía desde la Tierra en 2282.5 MHz. El canal 54 sobre el cual Otero sintonizó las supuestas transmisiones inéditas desde la Luna recibía video en 705.25 MHz y el audio en 709.75 MHz. Estas frecuencias están muy por debajo de las usadas en la misión. Incluso el canal 83, el más alto de UHF, se acerca a esas frecuencias (885.25 MHz para video y 889.75 MHz para audio).

“Aún si resulta poco contundente lo anterior, las señales de televisión se transmitían a las estaciones terrenas desde el Módulo Lunar en Televisión de Barrido Lento o Slow-Scan Television (SSTV) a una tasa de 10 imágenes por segundo y 320 líneas por imagen. Este modo es totalmente incompatible con la televisión comercial, con lo cual el Admiral de Otero tampoco hubiese podido decodificar las imágenes.

“De hecho, para la transmisión en vivo desde la Luna las estaciones terrenas (dos en Australia y una en California) recibían en SSTV en banda S y la reconvertían al formato de TV convencional. Esas señales eran transmitidas a Houston, vía satélite o por enlaces terrestres, en donde se tomaba la de mejor calidad para la retransmisión a todo el mundo”.

En su réplica, Héctor, el amigo de Otero, asegura: “No fue casualidad que captó la imagen en el canal 54, puesto que sabía que con esta frecuencia la NASA iba a recibir otra señal; esto salió en una revista de EE.UU. que él recibía en forma mensual, por estar suscrito a ella. El recibió por parte de la NASA una nota donde certificaba que las imágenes eran ciertas, pero que no contenían un rigor estratégico. Es lamentable que opinen sin saber, queriendo adivinar los hechos. Les cuento además que era un autodidacta, (recibió) educación primaria, vivía solo, los amigos le decíamos el loco Otero y siempre estaba listo para solucionarnos los inconvenientes de nuestros aparatos electrónicos.”

La respuesta de Tomasczik fue escueta pero lapidaria. “Nadie duda de los conocimientos técnicos de Norberto Otero. Sin embargo, hoy hay muchísima información de cómo se transmitían imágenes desde el módulo lunar, incluyendo sus frecuencias, y es imposible que la hayan recibido con una (antena) yagui y un Admiral”.

El bulo argentino

 Como para terciar en la controversia consulté al Ingeniero Pablo de León, avezado conocedor de la tecnología astronáutica y estudioso de la historia del proyecto Apolo –quien, por otra parte, ya me había ayudado a desenmascarar el engañoso documental Alunizar (2013).

De León califica el caso de “el loco Otero”, la intervención de Siete Días y la famosa “antena budinera”, como “un bulo lunar, al decir de los españoles”.

De León acuerda con Tomasczik: “Primero, todas las transmisiones de Apolo se hacían en bandas diferentes al UHF que un receptor de televisión convencional podría captar. Las fotos que muestra el artículo son sacadas de pruebas previas de un film de 16 mm que hizo la NASA y posiblemente fue distribuido por el United States Information Agency previo al alunizaje. Esta persona sacó las fotos de un telefilme o algo similar”. Identificar el film específico requeriría un trabajo medio detectivesco, aclara. De León estima que las fotos se remontan a 1968 “por las visibles diferencias en el instrumental que muestra las imágenes de Otero”.

De León, uno de los mayores especialista en diseño de trajes espaciales, observó que los equipos que aparecen en las “fotos no oficiales” son anteriores a los usadas durante la misión del Apolo 11 porque “la NASA después achicó el tamaño de algunos instrumentos. O sea: nada. Imposible”.

Por si fuera poco, como le recordó a De León el periodista especializado en astronáutica y autor del flamante Huellas en la Luna Diego Córdova, no había “line of sight” (línea de visión) entre la Argentina y la Luna en ese momento. “En tal caso, no hay ninguna chance de que hubiera podido recibir esas imágenes. La transmisión directa fue desde la estación de seguimiento de Carnarvon, Australia, y por cable submarino salió a California, Houston, y de ahí al mundo. Así que, en resumen, lo de la budinera fue un cuento, y o bien el periodista no sabía y lo engañaron, o bien sí sabía.”

Según su amigo Héctor, Otero estaba enterado de las novedades de la NASA a través de una revista que recibía desde los EE.UU. El detalle se une con la acotación de otro lector del blog de Tomasczik, Martin Costanzo: “Creo que recortó (las fotos) de una revista de la época donde los astronautas entrenan en las Apollo 11 Prelaunch Press Conference EVA Training (1969)”. Buen punto. En tal caso, las fotos no eran falsas ni la revista había urdido un fraude. Todo se trataría de una falsificación del señor OteroExiste un tramo en línea de esos entrenamientos que abonan las consideraciones de Costanzo y De León. Ahora, ¿fotografió recortes de una revista? En tal caso, ¿cómo los insertó en la pantalla? Bien: falta un testimonio clave para terminar de encajar las piezas del rompecabezas.

Gracias al sitio Mágicas Ruinas accedí rápidamente al staff completo de Siete Días en julio de 1969. Los protagonistas principales habían fallecido: el director, Norberto Firpo, y los dos cronistas enviados a los EE.UU., Jorge Madrazo y Germán Rozenmacher (1936-1971). Quedaba pendiente contactar a Alberto Agostinelli(prosecretario de Redacción), Sergio Morero (asesor de Dirección) y los redactores Alberto Figueroa y Pablo Ananía. Agostinelli (un tío lejano con quien compartí, para su desconsuelo, una temporada en Editorial Perfil), no recordaba nada. Morero, testigo privilegiado de la famosa Noche de Los Bastones Largos, tampoco. También pude intercambiar impresiones con un entonces joven redactor, quien durante el alunizaje había sido enviado a cubrir una nota en el exterior. El me pidió, por motivos atendibles, no figurar en este texto. Si bien no recordaba “el caso Otero”, por una foto que aparece en la nota identificó al cronista que lo entrevistó: Roberto Vacca (1943-2016), bien conocido por haber sido uno de los realizadores de “Historias de la Argentina secreta” junto a Otelo Borroni. Vacca, a quien muchos colegas de aquellos años recuerdan con afecto, fue uno de los periodistas a quien el gobierno de Mauricio Macri echó de la TV Pública no bien asumió, estando enfermo, después de treinta años de trabajo. Nuestro redactor sin nombre descartó que el periodista o la redacción de Siete Días montaran un fraude. “Me resulta inconcebible”, opinó. Y no lo dijo porque hubiese alguien capaz de concebirlo: no es el objetivo de esta nota alentar la sospecha de que la revista pergeñó un fraude. Sería sobrestimar el contexto. Cierta sobredosis de entusiasmo y el apuro del cierre pueden llevar a tomar decisiones equivocadas. Las primicias son tentadoras: un modesto técnico argentino parecía rasguñar la Gran Historia del Siglo XX. Cualquiera se puede comer un engaño ajeno y nadie es experto en todo.

Ahora bien, ¿la revista nunca había recibido quejas de los especialistas de la época, o de alguien que advirtiese un posible engaño? Si eventualmente fue así, o nunca llegaron «novedades de la Embajada», ¿por qué el «caso Otero» pasó sin pena, sin gloria, ni rectificaciones?

“Era una crónica y la noticia estaba sujeta a confirmación, en todo caso. La Historia la escriben otros”, como me dijo Sergio Morero -quién, refresquemos, no recordaba el más mínimo detalle de aquella crónica. Me quedo con su observación a modo de preámbulo del capítulo que sigue.

¿De qué planeta viniste, palangana cósmica?

Gracias a la sugerencia de De León me comuniqué con Diego Córdova. El colega conservaba un intercambio precioso que mantuvo con Roberto Solans, ex periodista de La Nación, especialista en temas aeroespaciales y fundador del sitio Espacial.com. Córdova, por su doble condición de amigo de Solans y moderador de los foros del sitio (junto al extrañado Fernando Caldeiro, segundo astronauta de la NASA argentino después del mono Juan), tuvo acceso a esa información privilegiada.

A pedido de Córdova, en agosto de 2017, Solans contestó por “el caso Otero”  a Armengol Torres, un catalán hoy consultor en telecomunicaciones, analista de proyectos aeroespaciales y coordinador de la World Space Week fundada por Naciones Unidas, que había vivido en la Argentina entre 1960 y 1980.

En la memoria de Armengol había quedado grabado el artículo de Siete Días. A sus 12 años, explicó, “fotografié en la pantalla del TV familiar unas imágenes similares a las de Otero”.

Solans no solo había leído lo publicado por Siete Días, a los 20 años de edad y a cuatro de entrar en la redacción de La Nación. También había llegado a ver por TV un documental en el que los astronautas entrenaban para la primera caminata lunar. Y comprendió que aquella escena, y la fotografiada por Otero, eran una misma cosa. En una larga carta que le envió al director de la revista, Norberto Firpo expuso los motivos por los cuales consideraba que “aquello era un fraude”.

En el texto de Solans vibra la perdurabilidad de su ofuscación. “Siete Días –escribió– jamás publicó una rectificación ni mi carta. Veinte años más tarde, Norberto Firpo ingresó en La Nación y aproveché para reprocharle aquel silencio.”

–No recuerdo nada, fue su respuesta.

Aquel podría haber sido el punto final. Pero me parece valioso publicar, sobre todo porque Solans me lo ha permitido, el texto completo de su carta, que además aporta observaciones y explicaciones que terminan de arrojar luz sobre el asunto.

Estimado Armengol:

Me complace conocerte por este medio. Ya nuestro amigo común Diego Córdova me comentó hace un tiempo de tu interés sobre ese tema y le relaté todo lo que recuerdo de aquellos días. No tengo inconvenientes en reiterártelo en forma directa, siempre basado en mi memoria porque no he guardado recortes ni otra documentación.

En julio de 1969 yo tenía 20 años, terminaba de cumplir el servicio militar y era estudiante inicial de periodismo. Poco después ingresé en el diario La Nación, donde desarrollé íntegramente mi labor profesional a lo largo de 30 años de crecientes responsabilidades, desde cronista a editor de sección, pasando por corresponsal internacional. Me retiré hace más de 15 años y desde entonces no he vuelto a la práctica profesional.

Desde pequeño me interesó todo lo relacionado con el aire y el espacio (tenía 8 años cuando los rusos pusieron en órbita el Sputnik I) y a medida que la carrera espacial entre la URSS y EE.UU. progresaba, me devoraba cuanto material llegaba a mis manos. Mayormente diarios nacionales, revistas nacionales y extranjeras y material de divulgación enviado por correo por la NASA.

En vísperas del primer alunizaje, uno de los canales de TV de Buenos Aires puso en el aire un documental de alrededor de una hora que mostraba cómo se entrenaban los astronautas para la primera caminata. Las escenas estaban tomadas inequívocamente en estudio, algo que evidenciaban tres o cuatro sombras proyectadas en el piso por cada astronauta, y frecuentes cambios de encuadre, señal de varias cámaras en uso.

Recuerdo que los dos astronautas, vestidos con trajes abultados blancos similares a los de actividad extravehicular, portaban las mochilas de entrenamiento, que tenían una forma diferente de las que usarían en la Luna.

No existía el videotape de uso doméstico por entonces, por lo que a los entusiastas nos quedaba apenas la posibilidad de capturar la pantalla del televisor con fotografías o película de 8 mm o Súper 8. No lo hice aquella vez porque reservaba varios rollos de uno y otro tipo para la transmisión de la caminata real, que ocurriría muy pocos días después.

Pasado el 20 de julio y el gran suceso del primer alunizaje, la revista Siete Días publicó una entrevista a un señor cuyo nombre no recuerdo, probablemente sea el Otero que mencionás,  que decía ser radioaficionado y vivir en Avellaneda y relataba que la noche de la caminata, mientras todos veíamos la transmisión oficial, él, con medios muy precarios, había captado otra transmisión y acompañaba unas fotos que claramente habían sido capturadas de la pantalla cuando se proyectó aquel documental del entrenamiento. Aparecían las siluetas con tres o cuatro sombras, las mochilas de ejercicio y ángulos cambiantes.

Me provocó una enorme indignación: este supuesto radioaficionado, o la revista, o ambos conjurados, estaban, con falsedades, tendiendo un manto de dudas sobre un hecho histórico.

Y digo falsedades porque este caballero aducía haber recibido las señales desde su terraza con una “antena parabólica” improvisada por él a partir de una palangana, y la mostraba. Resulta que la NASA se valía para las comunicaciones Luna-Tierra de antenas de 30 metros de diámetro, pero a este astuto argentino le sobraban los 60 centímetros de diámetro de una vulgar palangana.

Las comunicaciones Luna-Tierra, incluida la televisación, se hacían en UHF (Ultra Alta Frecuencia), señales que son extremadamente direccionales y requieren que ambas antenas, transmisora y receptora, estén “a la vista” (en línea visual) entre sí (yo también he sido radioaficionado). De ahí que la primera caminata fue íntegramente recibida y enviada al mundo por  la estación receptora de la NASA de Honeysuckle Creek, en Canberra, Australia, que tenía la Luna a la vista y alta sobre el horizonte.

Mal podía un vecino de Avellaneda, aun con los mismos equipos que la NASA, recibir una señal radioeléctrica desde la Luna a la hora del comienzo de la caminata, las 22:56 hora argentina (GMT-4 en esos días), cuando la Luna se había puesto esa noche para un observador de Buenos Aires a las 22.38 hora argentina (GMT-4).

Y mucho menos con una palangana como antena.

Recuerdo que la publicación me indignó tanto que inmediatamente le escribí al director, el periodista Norberto Firpo, una larga carta con ocho puntos fundamentados que intentaban demostrar por qué se trataba de un fraude. De esos ocho puntos recuerdo muy bien los que mencioné (coincidencia de iluminación y mochilas con el documental previo), y había otras puntualizaciones sobre detalles que no concordaban con los reales, como aspectos del módulo lunar que se veía en los alrededores y probablemente herramientas, tuberías, etc.

Siete Días jamás publicó una rectificación ni mi carta. Veinte años más tarde, Norberto Firpo ingresó en La Nación y aproveché para reprocharle aquel silencio. “No recuerdo nada”, fue su respuesta.

Para mí la historia termina allí. No me quedó recuerdo de que este individuo haya sido entrevistado en TV ni por otros medios gráficos, y no volví a oír de él hasta que Diego me mencionó tu inquietud.

Quedo a tu disposición por si pudiera proporcionarte datos adicionales. Sería un placer encontrarte en persona, aunque vivo lejos del ruido de Buenos Aires, en Villa La Angostura, a 80 km de Bariloche, y rara vez voy por la capital.

Cordial abrazo,

Roberto Solans

Lunes 21 de agosto de 2017

AGRADECIMIENTOS. El autor es deudor de la ayuda prestada por Juan Pablo Csipka, Pablo De León, Diego Igal, Diego Córdova, Roberto Solans y, muy especialmente, Heriberto Janosch, quien me dio las primeras noticias del artículo publicado en Siete Días, íntegramente publicado por Espacial. Com.

 

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