Notable actor, protagonista central de la movida under de los 80 y original poeta. En esta entrevista, Alejandro Urdapilleta habla de su relación con la escritura, de la vida en el Parakultural y de su odio a la tele.

La vida de Alejandro Urdapilleta se equilibra entre dos movimientos: la exposición y la introspección. Actor y escritor. Mientras por la noche conmueve a los espectadores sobre las tablas, en las mañanas escribe en cuadernos, a mano y sin pausa. Luego oculta u olvida esos cuadernos en baúles. Tiene decenas de ellos. Uno más fascinante que el otro. Ya ha publicado Vagones transportan humo (2000), elegido por Página/12 entre los mejores libros de ese año, y Legión Re-ligión. Las 13 Oraciones (2007), un pequeño cuaderno con monólogos, poemas, relatos y dibujos editado en forma facsimilar. Ahora es el turno de La poseída, su tercer volumen. Aunque él dice que no es escritor ni hace literatura.

Urdapilleta nació en Montevideo en 1954, durante el exilio de sus padres argentinos en Uruguay. Se formó como actor con Martín Adjemián y Augusto Fernándes. Fue figura sobresaliente del nuevo teatro de la postdictadura, en espectáculos inolvidables junto a Batato Barea y Humberto Tortonese.

¿Cómo nació tu vínculo con la escritura?

–Se fue dando con el tiempo. Empecé a escribir de muy chico, con la señora de Núñez, mi maestra de tercer grado. Hacía composiciones que a ella le encantaban y me las hacía leer delante de la gente. Yo leí desde muy chico. Mi viejo notó que me gustaba leer y empezó a comprarme libros. Me regaló una enciclopedia de doce volúmenes –todavía los tengo – con cuentos sufíes, leyendas de la Biblia, mitología, con dibujos maravillosos. Desde muy chico supe quiénes eran David y Goliat, Prometeo, los personajes bíblicos. De ahí pasé a la colección Robin Hood. Me recuerdo de regreso de un viaje, en el coche, terminando La cabaña del Tío Tom. La lectura siempre me acompañó. A lo mejor por soledad. Escribo para conocerme, porque soy solitario. Escribir es un vicio.

¿No una virtud?

–Es vicio. No escribo jamás para que se lea después. Escribo para mí. Necesito escribir para conocerme a mí. Me miro en lo que escribo. Parece una frase hecha, pero es verdad. Cuando me pongo a escribir cuentos pienso que alguno lo va a leer, pero me lo saco de la cabeza, porque quiero ser libre. No quiero escribir para alguien. Mis escritos siempre tienen algo de mí. No hago ficción pura. El punto de partida suele ser algo que me está pasando en el momento.

Escribís en cuadernos. A mano.

–Odio las máquinas de escribir, me parecen unos aparatos siniestros, me dan sensación de oficina. A las computadoras, las detesto. Tuve computadora, pero modificaba mi escritura, me molestó mucho, no me sirvió. Escribo en cuadernos Rivadavia, únicamente. Odio los anillados, los detesto, nunca escribí nada bueno en un anillado. Me gustan los Rivadavia más grandes, de 194 hojas rayadas, tapa dura. Cuando no encuentro compro más chicos, pero sé que en ésos no puedo escribir cosas buenas…

El cuaderno de Legión Re-ligión es chiquito.

–Es otra cosa: me lo regalaron. Es un cuaderno con forma de libro diminuto. Antes había muchas casas que vendían ese tipo de cuadernos artesanales.

¿Actor que escribe, escritor que actúa?

–No. Me da vergüenza la palabra literatura. O la considero muy alta, o me considero muy poco. No me creo esa historia, y me parece bien, porque tengo más libertad así. En Legión re-ligión me propuse escribir sin tachar. Después taché, pero muy poco. Con dibujitos.

No se parece a Vagones transportan humo.

–Es un libro de niño, desde un niño. No para niños, sino desde un niño. Es poesía simple, la forma más fácil de escribir, la más sincera, desde el niño, sin tachar, lo que se me iba ocurriendo. Recordé mucho Tandil, donde viví, marcó mucho mi vida. Aparecieron muchos paisajes infantiles, míos, propios, vividos. Nunca pensé en publicar. Es bueno que la gente lo sepa.

Llenás los cuadernos y los abandonás. Qué bueno que otro los rescate.

–Los abandono. Por ahí vuelvo y los leo, pero no me gusta. No te creas que me obsesiono mucho. Por lo general me decepciono, porque me encuentro a mí. O me repito mucho, o me veo todo el tiempo diciendo lo mismo. La escritura me sirve como un psicoanálisis. No es psicoanálisis, lo odio, pero me sirve como una visión de mí mismo. Para verme. Escribo siempre muy lúcido, a la mañana, o cuando me despierto, tomo mucho café y escribo. Siempre. Lo tengo como disciplina, pero no me pesa, necesito hacerlo. Necesito escribir, aunque hay épocas en las que no escribo.

¿La actuación está presente en la escritura, tu voz de actor? Tus textos resuenan como dichos por vos en escena.

–No. No lo siento así. Mis escritos tienen que ver con el viaje mental.

La palabra interna.

–El viaje interno, mi mundo fantasioso, mi locura, la poesía, lo que sale solo porque debe salir, lo no dicho, lo que no puedo decir. Lo que no puedo hablar, lo incorrecto, lo que no se debe decir, lo largo ahí. Por ahí es una larga puteada contra una persona que detesto y que no se lo puedo decir…

Y el pasaje de la escritura privada al libro, ¿cómo lo sentís?

–Por un lado, me da terror, vergüenza… Vagones transportan humo me dio mucha vergüenza. Ahora decidí que no me importa nada. Voy a largar todo… ¿Para qué tengo apilados setenta cuadernos Rivadavia?

Tantos… ¿Dónde los tenés?

–La gran mayoría están en la baulera del departamento donde se mudaron mis padres, que como se inunda deben estar todos mojados, podridos…

Te fue muy bien con el primer libro. Además, las obras de Vagones… se han escenificado hasta el cansancio.

–Hasta el cansancio. Ya no doy más derechos a nadie. Me harté. No quiero que ése sea el teatro que ve la gente del interior. Me da vergüenza. Una cosa es que lo haga yo, otra que lo haga un grupo. Les pido que busquen por otro lado. No quiero que ese tipo de teatro se propague. Quiero que se apague.

El interés demuestra que son textos singulares.

–No me considero autor teatral ni autor de nada. Quiero ser libre. Trato de no ser nada, de no ser. No quiero tener un título, ni siquiera de actor. Prefiero ser una persona común y silvestre, que escribe, pero no me siento escritor, sinceramente, lo digo con todo el corazón… Como tampoco me siento actor.

Eso no lo puedo entender.

–Los espectadores me vienen a saludar, como la chica que me saludó recién, y me da vergüenza. No soy actor: no quiero recibir premios, no quiero que me conozcan, no quiero que me vean. Ando invisible por la calle, me convenzo de que no me conoce nadie. Veo de pronto una cara de una persona que me mira, me sonríe y me agarra como una paranoia y me digo: de qué carajo se ríe ésa… Odio la fama, es un mal actual. Hay mucha gente que quiere ser actor para ser famoso. Y la fama no sirve de nada. El teatro es un arte. Soy actor solamente arriba del escenario; abajo soy una persona como cualquier otra. Y quiero serlo. No me sale, pero quiero.

¿Hay relación entre leer y escribir?

–No, leer es otra cosa. Sé que en algún lugar algo de lo que leo entra en mi escritura, pero escribir es algo más… No tengo un escritor preferido, no imito a nada ni a nadie, ni saco frases, ni sé quién es el mejor. Me gustan muchísimos escritores, completamente diferentes: Dostoievski, Marcel Schwob, Kafka, Sarmiento… Cada uno es totalmente diferente. El placer de la lectura es una cosa. El placer de la escritura es más íntimo, mi voz hacia dentro, es escucharme a mí. Un espejo. No hago literatura, no busco la palabra adecuada para que quede más bonito. Nunca escribo pensando que se va a publicar. Es mío, no es para otro.

¿Tu escritura se parece a la de otros escritores?

–No, no, no… No sé quién se parece a mí. Es más: odiaría a quien se pareciera a mí. Si tuviese un hermano mellizo lo mataría.

¿Leés tus cuadernos a alguien?

–¡Noooo! ¡Nunca! Nadie, nadie, jamás, porque me da vergüenza. Pongo cosas muy personales, a no ser que me vaya por la ficción, que me encanta. Me gusta mucho inventar historias, pero siempre son caminitos míos, por donde ando yo, no sabría decir cuáles. Una especie de infiernillo, o un cielillo, o un limbito. Ahora prohibieron el limbo (ríe). Fue la mejor noticia del año. Nos sacaron el limbo: como estaba tan lleno el infierno, convirtieron las instalaciones del limbo en dependencia del infierno. Qué manga de pelotudos… Odio a la Iglesia.

La poséida es muy diferente a Legión re-ligión.

–Muy diferente. Legión re-ligión está hecho con el corazón de niño, para regalárselo a alguien. Lo hice con una finalidad. Es la escritura más sincera y la más simple posible. No me importa cómo quedaba qué escribía. En cambio La poséida es ficción. En Legión re-ligión hay religión, son trece verdaderas oraciones. Busco allí una parte mía, la religión.

¿Sos religioso?

–A mi manera. No soy dogmático ni eclesiástico, no creo ni en el Infierno ni en el Cielo, creo nada más en Dios. Hay un dicho sufí que dice: “No hay Dios, sino Dios”. “Y toda la gloria y el poder son del Señor”. No podés dividir; si dividís, no creés. Una búsqueda mía. Nadie que sea sufí te va a decir que es sufí, porque no es ser algo, sino justamente todo lo contrario. Es no ser. Por eso soy religioso, porque creo que la vida es para algo, que tiene un sentido, posiblemente sea dar. Posiblemente, no sé, tengo grandes dudas, sufro de dudas. Pero soy religioso por naturaleza, porque además la naturaleza me dio la religión. Viví mucho en el campo. Los bosques, las hiedras, los pájaros, los atardeceres… eso me habló de Dios, yo lo escuché. Tengo un buen oído.

 

-¿Y dónde te sentís más cómodo? ¿Escribiendo, haciendo cine, televisión?

En el cine, porque es más organizado. El teatro lo hacés y se acabó. El cine lo hacés y te lo sacás de encima pero no se termina. El teatro es una energía muy grande que tenés que poner todas las noches.

-¿Qué es lo que te gusta de actuar?

Mirá, la verdad: actuar me gusta cada vez menos.

¿Qué fuiste perdiendo?

Esa cosa de mostrarse ya no me importa nada. La gente ya no me divierte. Ahora hay una onda muy de marketing, de teatro comercial, que no me gusta. Es como un negocio. Es distinto a como era antes. Hay presiones, contratos, prensa, todo eso no me interesa más.

¿Y por qué te hiciste actor?

No sé, cuando era chico me gustaba jugar al teatro. Pero en el momento no había terminado la secundaria, y me decían “algo tenés que estudiar”. Sabía que me gustaba el teatro, me interesaba, y también me gustaba mucho el cine. Pero no pensando en “voy a ser actor de cine”. Y no, tampoco de teatro. Después fui descubriendo que era un trabajo genial. En otras épocas había una cosa artesanal que me gustaba.

¿En qué épocas, decís?

-Cuando yo era joven, joven. No sé, en los setenta, en los ochenta. Era otra la onda.

¿Y por qué creés que quedaste tan impregnado en el imaginario de los ochenta?

Por la energía que emané. No quedé impregnado yo, quedaron las cosas que hicimos. Hacía muchas cosas: Hamlet, de Ricardo Bartís, en el San Martín; en el C.C. Rojas hacía La carancha con Batato Barea y Humberto Tortonese; y después me iba al Parakultural hasta las seis de la mañana a hacer números. Y si había una fiesta privada luego, me iba a ganar el mango, también. Así viví muchos años: haciendo teatro, emanando energía.

 

¿Qué te quedó de esa época?

-Nada, no me importa mucho. Y esa gente tampoco. Hoy están todos pensando en quién tiene la pileta más grande. Se han aburguesado. En realidad, está bien, que hagan lo que quieran. Ya no me interesa esa gente. Y la cosa así recordatoria, tampoco. Había un sentimiento de diversión, todo eso quedó en el imaginario. Cuando hacíamos poemas fuertísimos, te encontrabas con caras asustadas. Te encontrabas con artistas que se horrorizaban, incluso personas con un nivel intelectual alto. No es que lo hacíamos en un salón de actos oficiales de la policía. Lo hacíamos en el Museo Municipal de Recoleta, pero siempre llegaba la policía y nos rajaba. Siempre había alguna vieja pedorra que llamaba a la policía.

 

-¿Había mucha vieja pedorra que llamaba a la policía? ¿Los cagaban a patadas?

-No nos cagaban a patadas, pero sí cerraban los lugares, clausuraban eventos. Incluso algunos que estaban llenos de gente. El mundo era distinto, hacíamos muñecos gigantes con porongas de goma. No es como ahora. Había todo un grupo de gente que tenía otra visión de las cosas. Y no es que eran ni drogadictos, ni malditos, ni locos. La gran mayoría tenía historias muy tremendas detrás.

-¿Ves un legado de todo eso?

Tengo entendido que los estudiantes de teatro recuperaron algunos textos míos de aquellas épocas, pero creo que se va diluyendo, por suerte. Es que tampoco era una forma, era más bien un espíritu. Las formas teatrales han variado. Por ahí en los noventa había una cosa más intelectual, más de ascéticos, y era un plomazo. Ahora son toos como comerciantes. Es lo que tiene que pasar.

-¿Creés que tiene que pasar eso?

-Yo creo que es la evolución, no pensándola como algo mejor, sino que es lo que tiene que suceder. Tiene que ver con estos días, con esta sociedad. No digo que tenga que pasar, pero pasa. No podés negarte a la historia. Sucedió eso. No voy a pensar “¡qué cagada!”. No, qué le voy a hacer…

¿Por eso no te gusta dar notas en televisión?

-Sí, porque no me gusta la televisión ni la publicidad ni la plata. Me parece que esas cosas son enemigas de la humanidad. Odio a ese monstruo tira caca que es la televisión, no quiero estar, no me gusta pertenecer a ese mundo. Ese que fagocita y escupe. Es un alimento malísimo. He hecho cosas para televisión, sí, pero no me gusta eso de dar reportajes. Me da vergüenza la televisión. Primero, soy vago, me gusta estar en mi casa cagándome de la risa. Y segundo, no tengo ni ropa para ponerme. Tampoco tengo los dientes blancos. No sé, no me gusta ir a contestar preguntas pedorras para llenarle el programa a Susana Giménez.