Seguramente Marx podría hablar, muchas veces con humor,  de Lenin, del feminismo, de Fukuyama, de Clinton y hasta de la psicodelia. Un historiador inglés de origen egipcio trajo al fantasma a la vida por un rato y el resultado fue una demostración más de que sus ideas siguen siendo estimulantes pese a tantas veces que las dieron por muertas. (Ilustración: Sanyú)

Donald Sassoon : Bueno, doctor Marx, se ha quedado usted muy pasado de moda, ¿no es así? Quince años atrás sus teorías dominaban medio mundo. ¿Qué queda de ello ahora? ¿Cuba? ¿Corea del Norte?
-Karl Marx: Mis “teorías”, como dice usted, nunca “dominaron”. He tenido seguidores que ni escogí ni busqué, y de los cuales no tengo más responsabilidad de la que podría tener Jesucristo de Torquemada o Mahoma de Osama bin Laden. Estos autodenominados seguidores son el precio del éxito. Ya querrían la mayoría de mis contemporáneos estar tan pasados de moda como usted me considera a mí. Yo dije que la cuestión no era explicar el mundo, sino cambiarlo. ¿Cuántas eminencias victorianas han hecho esto?

-¿Qué me dice de John Stuart Mill?

– Mill era un plagiador bienintencionado y en cierto modo conmovedor en sus esfuerzos por conciliar lo inconciliable, y todavía tiene sus lectores entre los cerebros de segunda fila de Oxford o de Yale; pero, ¿es que alguien ha oído hablar de él en Peoria o Ilinois, por no hablar de Pyongyang? Acuérdese de William Jevons, el fundador de la teoría de la utilidad marginal. En mis tiempos se consideraba uno de los grandes. Sin embargo, ¿cuándo fue la última vez que se topó con un seguidor suyo? Y de Comte, el padre de la sociología (una disciplina ridícula donde las haya), ¿siguen publicándose todavía sus obras? Y no me pregunte, se lo ruego, por Herbert Spencer, cuya abandonada tumba yace a la sombra de mi monumento en el cementerio de Highgate. La idea de colocar a Marx frente a Spencer debió de ser una broma del enterrador, sin duda.

– ¿Es que no hay grandes pensadores burgueses?
– Por supuesto que sí. Y yo les mostré mis respetos escrupulosamente. Pero en la actualidad pocos de mis enemigos se molestan en leer a Adam Smith o a David Ricardo. Y grandes escritores como Chernishevski han quedado olvidados.

– ¿Qué me dice de Jeremy Bentham?
– ¡Uy, qué provocación! Bentham, ese insípido, pedante, tedioso oráculo de la inteligencia burguesa común. Un fenómeno puramente inglés, que solo se podría haber manufacturado en Inglaterra. Es inaudita la satisfacción con que ese hombre paseaba su simplona vulgaridad.

– ¿Qué me dice de los pensadores más recientes? 
– Los defensores de las clases acaudaladas, que siguen la moda, intentan una y otra vez encontrar a un rival adecuado para mí. La idea de no contar con un genio reconocido les parece insoportable. De manera que un verano resucitan a Hayek y, en la primavera siguiente, todos se visten de Popper (y ese sí que era, desde luego, un hombre con una sola idea en la cabeza, y ¡vaya si la promovió hasta la muerte y de qué manera irrefutable!). Los más perezosos se adhieren a Isaiah Berlin, tan fácil de comprender, tan maravillosamente desprovisto de originalidad, tan devastadoramente tautológico. De mis contemporáneos solo Darwin hizo una gran aportación, y yo me di cuenta enseguida. Friedrich me convenció de que le dedicara Das Kapital, pero él, cobarde hasta el final, me rechazó. Ahora pienso que probablemente hizo lo que debía. Si hubiera aceptado, la selección natural se hubiera considerado una conspiración marxista más.

– De acuerdo. Nadie infravalora su fama, pero debe reconocer que el marxismo ya no es lo que era…
-En realidad, mi trabajo nunca ha sido tan importante como ahora. En los últimos cuarenta años, más o menos, ha conquistado el mundo académico de los países más avanzados del mundo. Los historiadores, los economistas, los expertos de las ciencias sociales e incluso, para mi sorpresa, algunos críticos literarios, han abrazado la concepción materialista. Y todos fingen haberme leído, señal inequívoca de éxito. Ahora, incluso los historiadores diplomáticos (o al menos los mejores entre ellos; se trata de un grupo pequeño, ciertamente) examinan la base económica de los grandes poderes. Por supuesto, buena parte de este trabajo no es más que tosco determinismo económico. Sin embargo, con el marxismo “ordinario” se puede llegar muy lejos. Mire, si no, el éxito de las teorías simplistas según las cuales los imperios se desmoronan por un gasto excesivo. En fin, al menos se vuelve a hablar de economía. La historia social, la historia de los hombres y las mujeres comunes, ha sustituido la obsesión idiota por los grandes hombres. No cabe duda de que en muchos aspectos se ha avanzado. Gracias a Dios. Nunca me ha gustado la inmovilidad. Das Kapital permaneció inacabado, y no fue solamente porque me morí demasiado pronto, sino también porque, en un sentido muy real, no podía terminarse. El capitalismo avanza siempre y los análisis siguen su estela.

-Usted estaba obsesionado con la economía…
-Y con mucha razón. Todos ustedes están obsesionados con la economía, y en el futuro más inmediato lo seguirán estando. A los lectores del Financial Times, el Wall Street Journal y el Economist no hace falta que les explique esto, ni tampoco a los políticos que prometen el cielo en la tierra y después dicen que “no es posible oponerse al mercado” y que la globalización (que es el eufemismo moderno para el capitalismo mundial) es imparable. ¿Quién es que está obsesionado? ¿Se acuerda de ese político insignificante de Arkansas que se convirtió en presidente de los EEUU y se dedicó a tontear con la becaria? ¿Cómo se llama?

-Clinton. 
– Exacto. “¡Es la economía, estúpido!” Sí, hijo mío, pero yo lo dije primero.

DS: Con unas cuantas palabras más…
KM: Desde luego, Das Kapital no es una obra breve y de eslogan fácil, pero cuando hizo falta también yo aporté mi colección de buenas frases. “Trabajadores del mundo, uníos, no tenéis nada que perder salvo vuestras cadenas”. Esto es mejor que cualquier cosa que los minicerebros con supersalario de las relaciones públicas en Downing Street podrían sacarse de la manga.

-Pero la idea de que los trabajadores de nuestros días no tienen nada que perder es absurda.
– Tiene razón. A día de hoy, los trabajadores de Europa y Estados Unidos tienen mucho que perder. En mis tiempos, por supuesto, todavía los trataban de una forma abominable. Incluso veinte años después del Manifiesto, a pesar de que Inglaterra era más rica que otros países, las cosas no habían mejorado mucho. El afán de beneficios se cobraba más y más víctimas, y no solo entre los trabajadores. En 1866 yo me hacía eco de los artículos sensacionalistas sobre accidentes ferroviarios. Por aquel entonces, cuando Inglaterra dominaba los mares, el conductor de una locomotora trabajaba durante treinta horas sin interrupción, con consecuencias desastrosas. Aquellas catástrofes, en mi época, se denominaban “actos de Dios”. Yo los llamé actos del capitalismo. (Por supuesto, las cosas ahora son completamente distintas, ¿no es cierto?) Consideremos también la noticia que apareció en los periódicos londinenses de junio de 1863 bajo el titular “Muerte por puro agotamiento”. Hablaba de la muerte de Mary Anne Walkley, una sombrerera de veinte años, empleada en un establecimiento respetable. Esta chica trabajaba, de media, más de dieciséis horas sin descanso. Era el momento de más demanda del año, y se tenía que confeccionar a toda prisa la espléndida indumentaria para las damas nobles que habían sido invitadas a un baile en honor a la princesa de Gales. Walkley había trabajado sin interrupción durante más de veintiséis horas, en una pequeña habitación con otras treinta chicas. Todo esto lo encontrará en Kapital. Si se tomara la molestia de leerlo, hijo mío, se daría cuenta de que no se trata solamente de un árido tratado de economía. Está lleno de rabia e indignación.

-Pero hechos así eran excepciones incluso en aquellos tiempos, es por eso que fueron noticia. Estas cosas ya no suceden. Ahora los maquinistas tienen casas bonitas, se van de vacaciones al extranjero…
– Sí, sí, y la razón principal es que los míos, mi partido, los socialistas, los sindicalistas, los reformistas a los que yo apoyé y alenté, pusieron unos límites a la explotación capitalista. O, si utilizamos la terrible jerga de esos escritorzuelos tan pagados de sí mismos de la prensa burguesa, establecieron rigideces en el mercado laboral. Sin embargo, en el resto del mundo, en las antiguas colonias, donde no hay democracia, ni sindicatos, ni partidos socialistas, la degradación de los que no tienen nada que vender salvo su fuerza de trabajo es perfectamente comparable a la esclavización laboral de mis días. Piense en Bangladesh… E incluso en los países occidentales, allí donde los trabajadores no se han organizado, las cosas solo son un poco mejor. ¿Por qué no se dedican, esos prestigiosos medios de comunicación suyos, a exponer la realidad de su mundo en vez de contemplar nerviosamente el ombligo de los burgueses y mantener a sus lectores cómodos y protegidos? Todo lo que yo denuncié sucede todavía. En el lugar más emblemático del capitalismo, los Estados Unidos de América, la pérdida de cualificación de los trabajadores y los salarios reducidos se dan en un amplio espectro de sectores industriales, de los más modernos a los más atrasados. Hay nuevos casos de explotación laboral en talleres y hogares que han saboteado la labor de los sindicatos en áreas de alta tecnología como California. Por eso, cuando oigo las estupideces farisaicas sobre derechos humanos y libertad que pronuncian los representantes del orden burgués, los Bush y los Blair y tutti quanti, me llevo las manos a mi venerable cabeza, desconsolado. ¿Es que esta gente va alguna vez a la guerra para imponer unos límites a la explotación laboral? ¿Es que acaso luchan alguna vez por la libertad de los trabajadores de afiliarse a los sindicatos? Lo único que hacen es sustituir gobiernos “enemigos” por gobiernos “amigos”, amigos de la acumulación de capital.

– Pero en Occidente, los trabajadores utilizaron las libertades que usted menciona para mejorar sus condiciones de vida bajo los estados nacionales capitalistas, no para abolirlos. Reconózcalo: la clase trabajadora le ha decepcionado.
– Es cierto que el estado nacional, que parecía el mayor opresor de los trabajadores, se convirtió en los cien años siguientes en su fuente principal de lealtad. La clase media, y los intelectuales en especial, demostraron ser mucho más internacionalistas que el proletariado. Sobre esto tuvimos una premonición. Me acuerdo de las primeras elecciones bajo los auspicios de la Ley de Reforma de 1867. En Manchester (¡Manchester!) salieron tres tories frente a dos liberales. Engels estaba disgustado, y escribió que “el proletariado ha caído en un descrédito espantoso”.

– ¿Cómo lo explica?
– La lucha socialista presenta una contradicción inevitable. Debemos luchar para conseguir reformas, pero cada logro debilita el ímpetu revolucionario de los trabajadores. Los más fuertes consiguen mejoras reales, los débiles se mueren de hambre. Supongo que no creerá que la burguesía concedió la jornada de ocho horas, las vacaciones pagadas, las pensiones para la vejez, un servicio de sanidad gratuito, educación para todos y un sistema de seguridad social nacional en un ataque de filantropía, ¿verdad? Para conseguir estas cosas fue necesario golpear no al corazón de los capitalistas, sino a sus beneficios. Y usted no se imagina que el capital se desplaza a Tailandia, Taiwan, Bangladesh o Brasil con la esperanza de encontrar trabajadores bien organizados, conscientes de sus derechos y capaces de exigir unos salarios elevados, ¿no es cierto? Las condiciones de vida que han conseguido los trabajadores occidentales no se pueden reproducir a gran escala en todo el planeta. El capitalismo puede ser global, tal y como dije hace mucho tiempo, cuando el capital solo era un destello en una vasta ciénaga dominada por la pequeña producción de mercancías y los campesinos. Pero ¿es que todo lo demás se puede globalizar del mismo modo? ¿Una socialdemocracia a la sueca? ¿O el estilo de vida conseguido por muchos trabajadores estadounidenses? Incluso los católicos saben que no todo el mundo puede ser Papa. ¿Es que algún día los 1.500 millones de chinos y los 1.000 millones de indios se irán a trabajar cada uno en su propio coche lleno de gasolina barata? ¿Y después regresarán a sus casas con aire acondicionado? ¿Y por la mañana se rociarán con desodorante las axilas (¡5.000 millones de personas!) sin sentir el ruido ensordecedor de la capa de ozono al romperse? ¿Es que no hay límites para el crecimiento?

-De manera que también usted, ahora, recurre a Malthus para advertir que el futuro puede ser catastrófico. ¿Puedo recordarle, doctor Marx, que usted fue un victoriano optimista, un hijo de la Ilustración? En el Manifiesto, usted…
-¡El Manifiesto, el Scheisse-manifiesto! Permítame que lo ponga en contexto. Escribí ese maldito texto en febrero de 1848, cuando aún no tenía treinta años. Buena parte de mi trabajo científico estaba por venir. El Manifiesto lo hice por el encargo de un grupo izquierdista insignificante, y lo escribí a toda prisa para entregarlo en la fecha estipulada. Cuando hizo su aparición en las librerías (y esto es una manera grandilocuente de decirlo, porque en 1848 no creo que se vendieran más de mil ejemplares), Europa estaba inmersa en la revolución: Francia, Alemania, Hungría, Polonia, Italia. En todas partes, las masas clamaban por una constitución, por la libertad, por la democracia. El Manifiesto reflejaba el optimismo de aquellos tiempos emocionantes. Creíamos que todo era posible. La imaginación había tomado las riendas.

-¿Y después?

-Después se asentó la contrarrevolución. Se consiguieron algunas victorias aquí y allá, pero en conjunto los míos perdieron. En Francia, donde habíamos puesto nuestras más grandes esperanzas, se hizo con el poder un pequeño arribista de nombre pomposo, Luis Napoleón. Fue el primer dictador electo de la historia moderna. Entonces escribí un instant book sobre ello (utilizo su terminología solo para demostrar que la mayoría de las cosas que reivindican como propias ya se habían inventado en mi época). Al contrario de lo que dicen todos los filisteos neoliberales que me acusan de ser un determinista económico (¡justo esos zoquetes que van por ahí clamando que los mercados son la base de la libertad!), yo expliqué que cuando la burguesía se siente amenazada estará dispuesta a ceder su poder al primer sinvergüenza que encuentre. ¿A quién le importan los derechos civiles, las elecciones y la libertad de prensa si el poder del capital está amenazado? La burguesía se dio cuenta de que su poder político era incompatible con su supervivencia y destruyó su propio régimen, denigrando su propio parlamento e invitando a Napoleón a gobernar. Entregó su poder a un bribón, al líder de un partido de corruptos libertinos, estafadores, charlatanes, jugadores, académicos no numerarios y mendigos. Después de salir victoriosos en un referéndum popular, esta gentuza creó el segundo imperio. Yo analicé todo esto, yo lo deconstruí (sí, me mantengo al día respecto a los charlatanes modernos). El resultado fue la primera teoría del fascismo. O sea que no me diga que me he engañado alguna vez con respecto al pueblo, porque soy capaz de contemplar la realidad más dura con serenidad. Me di cuenta de que habíamos perdido, como lo han hecho ahora sus amigos socialistas. Y lo que hice fue reunir fuerzas y ponerme a trabajar. Me pasaba los días en la sala de lectura del British Museum, solitario y orgulloso; con el alma colmada de rabia y el culo lleno de forúnculos, pero con la cabeza fría y haciendo mi trabajo, el trabajo de los intelectuales: enfrentándome a la realidad.

-Nadie duda de su integridad, lo que es cuestionable es su análisis. Si los gobiernos democráticos pueden ser una amenaza para la burguesía, entonces tiene que ser erróneo decir, como decía usted en el Manifiesto, que el “ejecutivo del estado moderno no es más que un comité para gestionar los asuntos cotidianos del conjunto de la burguesía”.
KM: Y ¿es que no me acerqué bastante a la verdad? ¿Es que no es cierto que todos los gobiernos están limitados por las estructuras del propio capitalismo? ¿No es cierto que, a fin de cuentas, se ven forzados a hacer todo lo posible para asegurar que el capitalismo sea rentable, para entrenar a la masa de trabajadores necesaria, reparar los fallos del sistema y eliminar los residuos que genera por el camino? Y todos lo hacen: todos ellos son esclavos de las exigencias del capitalismo: la izquierda, la derecha y el centro, los socialistas y los fascistas y los liberales y los ecologistas. Cuando llegan al poder tienen que mantener el espectáculo en la cartelera. Si la función tiene éxito, entonces recaudan impuestos, gastan y redistribuyen esto y aquello y ayudan a los pobres y a los enfermos, tal como se hacía en la época victoriana. Mientras los beneficios abundan, los gobiernos se regodean en la moral y la ética. Cuando los beneficios se reducen y la economía entra en uno de los ciclos que yo predije, la filantropía se abandona como si de una amante envejecida se tratase. Entonces, los buenos burgueses descubren que no se puede recaudar impuestos ni gastar dinero público, que los desempleados son parásitos, que la medicina pública es demasiado costosa, que las madres solteras son irresponsables. La conciencia de la burguesía está estrechamente vinculada a las vicisitudes de la bolsa de valores.

– ¿Y qué me dice de los intelectuales?
– Pensadores de segunda fila; en realidad son los lacayos a sueldo de los ricos. Lo que pasa con los escritorzuelos burgueses es que siempre se ponen a filosofar después de los acontecimientos. Recogen basura intelectual, la pulen un poco, la llaman teoría y la presentan como ciencia. Cuando la rebelión contra la modernidad capitalista toma la forma del fanatismo religioso lo llaman “choque de civilizaciones”. El comunismo se viene abajo y anuncian que estamos ante “el fin de la historia”. ¡Oh! ¿Qué diría el pobre Hegel? ¿Antes un gran pensador, después la farsa de Fukuyama?

-¿Qué me dice de sus primeros escritos sobre la alienación? Los manuscritos de 1844 fueron populares en los años sesenta. La gente los consideró relevantes para el mundo moderno.
KM: Tonterías. La razón por la que no publiqué todo aquello es porque se trataba de estupideces sin importancia. Era esperable que los intelectuales desafectos de la pequeña burguesía las aceptaran con entusiasmo. No puedo perder el tiempo con ellos.

– Entonces no cree que su relación con Hegel…
-Hegel Schmegel. Le contaré un secreto: en realidad nunca me leí, excepto de la manera más superficial, ni su Fenomenología del espíritu, ni la Ciencia de la lógica. La vida es demasiado corta.

-Esto va a causar bastante asombro en ciertos sectores.
-La gente debería leer a los grandes economistas ingleses, a Adam Smith y a David Ricardo. Bueno, en realidad ingleses no lo eran: uno era escocés, y el otro un judío sefardí; gente inteligente, de buena estirpe, que conoce el valor del dinero. Los alemanes como Hegel transforman los sombreros en ideas. Yo prefiero a los ingleses, que transforman las ideas en sombreros.

-¿Qué le parece el socialismo actual?
KM: Ha estado moribundo durante mucho tiempo. Su tarea está cumplida: civilizar al capitalismo en su tierra de origen. No se le podía pedir más. Ahora se está esfumando silenciosamente. También el comunismo se ha venido abajo, ahora que su función, la construcción del capitalismo, ha terminado. Esto lo saben muy bien en China, que será el escenario de los acontecimientos en el próximo siglo. En Rusia, donde estamos viendo la transición del comunismo lumpen al capitalismo lumpen, se trata de otra cosa. Pero ¿cómo se puede construir nada con los rusos? Uno debería leer sus novelas, escuchar su música; sin embargo, cuando se trata de una economía viable…

– ¿Y el feminismo?
-Ya escribí que los grandes cambios sociales son imposibles sin el fermento femenino. Pero hay mucho camino por recorrer. La mayoría de los trabajadores del mundo son ahora mujeres, pero la inmensa mayoría de feministas no son de clase trabajadora. Lo que quieren muchas de las feministas occidentales es compartir el poder con el hombre occidental. Y ¿por qué no? ¿Quién querría ser la mujercita de un idiota cualquiera? Pero esto no cambia nada para el ejército de trabajadoras.

– ¿Qué hay de los Estados Unidos?
– Siempre me han gustado los yanquis: nada de feudalismo, nada de tradiciones sagradas, aunque por supuesto hay mucha palabrería y mucha religión. Pero, de alguna manera, se las arreglan para salir más y más fuertes de cada crisis capitalista. El sistema de gobierno es maravilloso. La democracia es falsa y las elecciones también, igual que el sistema político, rodeado de patrañas y de abogados codiciosos. Esto permite que los empresarios sigan dedicados a sus asuntos, comprando candidatos, un soborno aquí, un soborno allá. La gente no se deja engañar. La mitad de la población no se molesta en ir a votar, y para la otra mitad la política es un entretenimiento inofensivo, como mirar ¿Quién quiere ser millonario? Si trasladé la sede de la Primera Internacional de Trabajadores a Nueva York no fue solamente para controlarla mejor, sino también porque Estados Unidos se estaba convirtiendo en el país de los trabajadores por excelencia. En realidad, se trata del único país de clase trabajadora del mundo. Sus juegos, su cultura, sus maneras, su comida; todo lo que tiene que ver con ellos es de clase trabajadora. La vieja Europa sigue tratando a esta nación con cierto desdén, por supuesto. Es un premio de consolación por la supremacía perdida.

-Finalmente, ¿qué me dice de la guerra contra el terrorismo?
KM: En fin, a la larga cada cual escoge a sus enemigos. Es absurdo pensar que un mundo capitalista no va a encontrar ninguna forma de resistencia. Los comunistas y los socialistas ofrecían una oposición racional, moderna, sensata. Compartían muchos de los valores de sus oponentes liberales: unos derechos básicos, la idea de la democracia popular, la emancipación de las mujeres, la aversión por la religión organizada. Pero una vez se ha eliminado a los comunistas y a los socialistas, ¿qué se puede esperar? ¿El triunfo del pensamiento racional? Por supuesto que no. El vacío político lo llenaron los fundamentalistas fanáticos, los intolerantes religiosos, los mulás enloquecidos. Si se liquida a los comunistas en Irán, aparece el Ayatolá. Si se hace lo mismo en Iraq, sale Saddam Hussein. Cae la URSS y emerge Osama bin Laden.

– ¿Y usted? ¿Cómo pasa el tiempo?
KM: ¡Oh! La paso muy bien. Friedrich y yo jugamos en Internet. ¿Sabía usted que “Karl Marx” produce 4 millones de   entradas en Google?

Fuente: http://www.elviejotopo.com/articulo/entrevista-imaginaria-a-karl-marx/