El casi flamante director de la Biblioteca Nacional suele pasar sus veranos en Reta, donde es casi parte del paisaje. Pero este año no está y todos lo buscan.
Dónde estará Juan Sasturain?”
Lo pregunta Daniel, un guardavidas de Reta que en los días sin playa ya leyó “Cien años de Soledad” y “1984”, hojeó un Dostoyevsky de 1922 (“Los precoces”) y ahora devora con merecido entusiasmo “Bombo”, de Mario Santucho, que le presté para disfrutar de las insuperables crónicas de Gay Talese.
Juan es uno de los huéspedes de mayor renombre por estos lares: lo saben la mayoría de los casi 800 habitantes permanentes del lugar y muy pocos de los visitantes que arriban cada temporada.
La última vez que lo vi, hace dos años, tomamos unos mates antes de que empezara su charla en la avenida principal, frente a una decena de puestos de artesanías, en el mismo sitio donde en las noches estaciona el tren de la Alegría. Compartía con el público -entre otros textos- el cuento “El Faquir Doliente” de Roberto Fontanarrosa, para disfrute general y antes que nadie de él mismo, que se reía como si abordara por primera vez la obra.
“¿Vendrá Sasturain?” pregunto en la biblioteca local, un verdadero paraíso. Allí no saben. Y lo extrañan.
Esta localidad no tiene ni una calle de asfalto, ni cajero automático ni estación de servicio. Para encontrar las tres cosas juntas hay que hacer un puñado de kilómetros por una ruta rodeada de girasoles hasta un pequeño pueblo donde en una esquina se cruzan los nombres de Armada Argentina y Pedro Eugenio Aramburu. En media hora más de auto hacia Buenos Aires están los sesenta trabajadores de una importante cerealera que llevan 16 meses sin cobran su salario. La planta cerró en 2018, los ex empleados custodian el lugar desde entonces. Quieren volver a producir en forma de una cooperativa.

Una ausencia notable en las playas de Reta.
“¿Lo vieron a Sasturain?” buscan saber los madrugadores, acostumbrados a cruzarse con el escritor en sus caminatas por la orilla. La rutina tiene un escenario imponente. Hay médanos altísimos, un horizonte imposible de mirar de una sola vez y los restos de un barco hundido. Cuando baja la marea asoma una embarcación encallada, victima de dos naufragios: el de un desastre marítimo a principios del siglo XX y el del olvido. No hay registro cierto de la nave, no se conoce su nombre, su carga ni el destino de los tripulantes.
“¿Habrá leído a Sasturain?” me digo mientras veo a Morena, una joven de unos 18 años que carga una canasta de mimbre con churros y torta fritas a lo largo de unas treinta cuadras de arena, ida y vuelta. La piba comparte el mismo peinado con una de las mozas de la pizzería. Se parecen, tanto que supuse que eran hermanas. Pero no. La otra, acaso unos años mayor, nos atendió en una cena: sonreía, llevaba y traía platos y se tomaba tiempo para amamantar a su pequeña bebé. En el mostrador del negocio hay una lata de duraznos transformada en alcancía con un cartel que dice “Deje propina, no le haga caso a Lilita”.
A lo mejor nadie me cree que vi cómo una rana lisiada, sin su pata delantera derecha, se desplazaba con medios saltos por el ripio sin mayores trastornos. Pero hay testigos del fortísimo temporal que a principios de enero arrasó con una construcción gigante en forma de iglú que hacía de parador del alojamiento más elegante -y caro- de la zona. Cayo también un balneario entero, del que pocos días después no quedaron ni rastros. Cuando se despejó el cielo, Sasturain no estaba allí.
Aquí la furia de las tormentas del verano hace más daño que la calma de los estériles meses del invierno. Si hasta el viejo Hotel inaugurado en los años ’30, con servicios de primera línea, teléfono, criadero de pollos y una incubadora eléctrica para las gallinas ponedoras, quedó sepultado por la acción del viento, el avance de las dunas y la desidia tres lustros después de abierto. Estos parajes desolados cobijaron el mito de uno de los más célebres bandidos rurales, el “Tigre de Quequén”. Un tal Felipe Pascual Pacheco hacía de las suyas por la zona y sus biógrafos aún no saben si recordarlo como un gaucho (sic) ladino, pendenciero y mal entretenido o como el “Robin Hood” local. En uno de los brazos del río Quequén Salado puede contemplarse la “Cueva del Tigre”, donde se refugiaba el susodicho hasta que la policía lo descubrió y mató en 1898. El sitio es una atractiva opción para el turismo familiar en las jornadas donde el clima no ayuda o, peor, aún, cuando chicos y grandes sufren la desaparición del WiFi.
“¿Vendrá Sasturain?”
Debe estar más que atareado el flamante director de la Biblioteca Nacional. Tiene una casa aquí y yo sospecho que los relatos de uno de sus personajes más queridos, el Dudoso Noriega, guardián de las costas marplatenses, tienen mucho de otro guardavidas, Cecilio, “el Negro Ronda”, que durante tres décadas se colgó silbato y salvavidas (“la rosca”) con idéntico dominio de las olas y -cuentan sus contemporáneos- de las no menos oscilantes tácticas para hechizar con las historias.
“Che, ¿ese no es Sasturain?”
Tiene que ser él. Aquí lo espera ese sol que despierta y se va a dormir sobre el mar, con la belleza impar de la mejor literatura. “¡Shhhhhhhhh!”, me reprendió Juan cuando hace tiempo le conté que me iba a venir por acá a descansar. Mantengamos el secreto mientras dure. No creo que dure mucho.
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