En ella se cruzan muchas maneras de comprender la política: como ejercicio del poder, como creación de relatos, como espacio atravesado por la sexualidad, como una idea de justicia. Eva Perón fue y sigue siendo objeto de interpretaciones que la muestran como enseña pero también como emblema de una pasión malsana.

Allá por la década de 1920, el escritor conservador Manuel Gálvez pronosticó el poco éxito futuro en la Argentina del maximalismo (como se llamaba por entonces a la aleación de marxistas, anarquistas y sindicalistas combativos) a diferencia de lo que había ocurrido en Rusia. Mientras que los eslavos eran seguidores de Cristo -el fulgor y la furia-, en este lado del mundo se era devoto de la Virgen María. Cristo era, en la interpretación de Gálvez, el afán de poder, María la intermediación; por un lado,  la escena pública, por el otro el hogar. Hay un punto, sostenía esta tesis, en que la piedad argentina se impone sobre toda forma de violencia. El planteo, astuto por provenir de quien buscaba una síntesis entre república liberal, catolicismo y esencialismo nacionalista, puede leerse como una cultura del poder y los roles de la mujer y el hombre en ese esquema.

Releer La razón de mi vida después de tanto tiempo de haber sido escrito permite encontrar parte de esa forma de intermediación que marcó un estilo de conducción y una concepción de la política con los que el peronismo enfrentó la idea de representación democrática. Más allá del uso del libro como material escolar destinado a difusión doctrinaria del peronismo clásico, hay en él una teoría sobre el ejercicio del poder.

“En todas las familias los pedidos y las exigencias varían mucho: los mayores quieren cosas de importancia, los menores piden juguetes. En la familia grande que es la Patria también los pedidos que se presentan al Presidente, que es el padre común, son infinitos (…). También atender todo esto –lo grande y lo pequeño– era necesario para que el pueblo no dejase de ver en Perón a su conductor. Yo elegí la humilde tarea de atender los pequeños pedidos”.

El párrafo dice más de lo que parece en su supuesta sencillez. Por de pronto, la concepción de la pareja como empresa política, algo que Perón intentó repetir con Isabel, pero que ya no se pensaba como una división del trabajo sino como una suplencia. Por otra parte, los “pequeños pedidos” implican el contacto con la población, eso que termina consolidando la Fundación Eva Perón. Habría que pensar en este contexto el famoso episodio del renunciamiento histórico. El paso de Evita a la vicepresidencia implicaba mucho más que un cambio de funciones. Había que redefinir el esquema político y no es casual que esto haya sucedido en el mismo momento en que el peronismo debía enfrentarse a las ceremonias de la formalidad democrática. Pero también lo que había en juego era el cambio de esposa a madre del poder político. Allí hacía falta un hijo/a que tomara la posta de la esposa política convertida en madre. ¿Primer fracaso del peronismo? Ni Perón podía ser Cristo ni Evita la Virgen María. Y si la vida del país fuera una novela, podría decirse que la protagonista femenina muere simplemente por incapacidad tanto de cambiar de lugar como de procrear (proveer continuidad) y no de cáncer (aunque sea de útero). Aunque en esta segunda falta, la mitología ha ido convirtiendo a Perón en el principal culpable.

La devoción por las reliquias. La idea de poder postulada durante el peronismo clásico es una construcción original y está, probablemente, en la base del atractivo internacional de la figura de Evita que ha dado origen a películas y óperas. Para decirlo de otra manera, detrás de la persistencia del peronismo hay una trama donde se mezclan una reescritura de lo religioso y lo político. Algo que percibe astutamente Tomás Eloy Martínez en el título de su Santa Evita, un texto que no sólo cierra el ciclo peronista de su autor, sino que se propone como la versión definitiva de la lectura histórica de Eva Perón.

A pesar de la presencia de Sinnead O’Connor en una alusión al pasar de Santa Evita, el universo construido por Martínez no puede incluir ese futuro del mito Evita que será tal vez lo que se desate a partir de Madonna. En cierto sentido, la novela es un libro viejo o, si se quiere, un libro moderno en los tiempos del posmodernismo. Es el texto de un contemporáneo de Evita, más que el de un sucesor, escrito mientras Evita era simplemente santa. Allí residen sus límites y sus posibilidades. La posibilidad es espacio de la investigación, el límite viene desde la literatura. Martínez parece quedar atrapado en esa reliquia sagrada que es el cuerpo de Eva, cuyo traslado y manoseo, junto con los episodios de necrofilia, pertenecen para él al ámbito de la profanación y no de la política. Al convertir el cadáver de Evita en cifra del destino argentino, la novela despolitiza y desdomestiza a esa mujer, separándola de Perón. La historia argentina son dos tomos separados, Perón, por un lado, Eva del otro.

Algo que comparte la película de De Sanzo-Feinmann: hay una separación esencial entre Perón y Evita que en la película se refleja en el hecho de que Evita dice siempre la verdad, no tiene contradicciones, no miente, mientras que el General se mantiene al margen, vacilante, contradiciéndose, oscilando entre recibirse definitivamente de Maquiavelo o cumplir su rol histórico de Primer Trabajador leal a sus obreros.

Evita protege al niño peronista- Daniel Santoro

Pero hay un punto que los enfrenta violentamente que es el tema del cuerpo de Evita. La película se permite algunas audacias: la escena de la espalda desnuda, por ejemplo –uno de los pocos momentos en que la corpulencia de Esther Goris se separa fuertemente de su heroína, algo que también ocurre cuando De Sanzo toma la figura de Eva desde abajo en el acto del 22 de agosto agrandándola justo cuando el cuerpo de Evita se va achicando. Pero siempre todo es pudoroso, y Eva, discurseando y discutiendo siempre, amenaza con  ser un fantasma compuesto de voces, de discursos. Pero el fantasma de Martínez está callado. Lo que fascina es la transparencia de la piel del cadáver que permite entrever los dibujos del cáncer. Destino fatal de Evita en el cuerpo y las palabras: nunca logra ser opaca, ni aún en la muerte. Y ni siquiera en “Esa mujer”, el magnífico cuento de Rodolfo Walsh. O, dicho de otra manera, nunca logra figurarse como un cuerpo ahuecado, con sombras y no esta insoportable transparencia.

La muerte del sexo

Saltemos un poco en el tiempo y las clases sociales para detenernos en las biografías de Borges. La escrita por el argentino residente en España, Marcos Ricardo Barnatán, y sobre todo Esplendor y derrota de María Esther Vázquez tratan de reponer una dimensión considerada siempre como ausente: la sexualidad borgeana. Se puede resumir fácilmente el libro de la Vázquez: a pesar de tanto esplendor literario, Borges fue un amante derrotado, un perpetuo enamorado que no llegaba a realizarse. La tesis es una variante light de una discusión (si así puede llamársela) dentro del campo literario. Alguna vez se le ocurrió a Silvina Bullrich hacer circular la especie de que Borges era impotente. Alguien se ocupó de propagar el rumor de que tenía pene infantil, mientras que Jorge Asís mentaba una supuesta anécdota de su alter ego, el potente Rodolfo, que llevaba a Borges a mear a un baño, según un episodio de Flores robadas en los jardines de Quilmes. Pareciera que el órgano sexual de Borges y su fisiología importaran más de la cuenta. Delatar sus fallas, refutar los cargos de impotencia o defectos, o asimilarlo al género humano forma parte de un ejercicio en el que la biografÍa parece sentirse cómoda. El retrato del hombre (o la mujer) completos. A semejante exceso de literatura pública, Borges respondía con tanta ausencia privada.

El otro gran viejo sin hijos de la Argentina, Juan Perón (también Yrigoyen como confirmación de ciertas maldiciones), ha tenido la fortuna de mantener su sexualidad resguardada. A los rumores de impotencia respondían mitologías menos elaboradas que las de la señora Vázquez. Los apodos: el Macho, el Potro. Alguna pintada como aquella del 73, “Solano Lima, Perón serrucha”, cantitos como “Sin corpiño y sin calzón, las mujeres con Perón”, o especies como la de las niñas de la UES llevadas a pasear en motoneta. Todas confrontan la esterilidad o la inercia sexual de Perón.

Pero Evita queda indemne a semejantes refutaciones. Es Santa, una y otra vez, pero lo es de manera esencial y nunca profesional. No tiene cuerpo de puta para los gorilas, sino que tiene alma de puta. Es puta como sólo un ángel puede serlo.

Sólo hay dos escritores que han podido figurar a Evita como un cuerpo: Néstor Perlongher con su cuento “Evita vive en cada hotel de inquilinato” –publicado en El Porteño y que fuera condenado por el Concejo Deliberante — y Copi con su obra de teatro Eva Perón, puesta en escena en París  en 1970, con un travesti en el papel de Evita y que tuvo que ser levantada luego de que fuera puesta una bomba en el teatro. En ambos, el papel activo de Evita no se limitaba a la política. Es más, su relación con los humildes en el caso del relato de Perlongher era una intensa y variada erotización de la dimensión política. Leónidas Lamborghini en Eva Perón en la hoguera, desde otra perspectiva, ha podido hacerla hablar sin que sonara a fecha patria. La diferencia entre estas representaciones de Eva Perón y las que pueden leerse en Walsh, Martínez y Feinmann-De Sanzo contienen algunas de las claves del fenómeno.

Copi y Perlongher encuentran  los huecos de un cuerpo de mujer. Para decirlo de otro modo, no creen en la coartada del poder, se ríen de él. De allí el violento rechazo que producen, que no es el mismo que suscita Madonna y menos aún la ópera de Rice y Weber que ha filmado Alan Parker.

El balcón de la Sierra Maestra

Llama la atención que el escándalo por la filmación de la ópera se haya ido apagando junto al nacimiento de la hija de Madonna, resultado de una entente semimatrimonial. Ser madre ha logrado suavizar las aristas más intensas de las postuladas diferencias entre Evita y su intérprete. Pero poco se ha hablado de la ópera en sí, que es, a todas vistas, un deliberado disparate histórico. El narrador de esa historia es otro argentino célebre: el Che Guevara. Al margen de que, para no ser menos, algún memorioso local ha imaginado la presencia del Che en la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945, los dos mitos transcurren vías diferentes a pesar de que la coyuntura de los 70 los hayan unido momentáneamente.

Parecería hoy impensable, como ha sucedido con el Che, imaginar remeras y posters de Evita, más allá de ciertas ceremonias partidistas. El Che es la contraseña privada de una relación con el mundo, una figura disponible para la apropiación personal o de un pequeño grupo (como se ve en las canchas de fútbol o en los recitales de rock) que con su imagen logra decir su rebeldía y su oposición a un sistema. A esa relación privada contribuye el hecho de que la leyenda del Che ha nacido de ciertos elementos reales o fácilmente deducibles de su historia: lo del Che nunca fue el poder y su trascendencia se logró no desde su lugar en el Ministerio de la Industria cubano sino en la guerrilla en la Sierra Maestra o en Bolivia. Evita siempre fue una mujer pública, y su leyenda nace y muere en el poder. Evita no murió sola como el Che, sino que su cuerpo fue velado durante catorce días en un espacio público como la sede de la CGT. A manera de hipótesis, podía postularse que fue la forma de su muerte (el cuerpo eterno, la exhibición permanente) el elemento básico del escamoteo de su cuerpo por casi dieciocho años. Había que sacar a Evita de la imagen pública.

También ese es uno de los puntos que hace insoportable la presencia de Evita en la piel de Madonna y no en la de Esther Goris, ni en la de Andrea del Boca o Susana Giménez, quienes jugaron con la idea de ser Evitas. En el caso de la abanderada telefónica parece triunfar una idea de cuál sería hoy el papel social de Evita por sobre cualquier physique du rol inexistente, a pesar de que el 26 de julio se presentara de traje sastre y rodete a conducir su programa. En Madonna, la dimensión del cuerpo es demasiado brutal y juega con las fronteras de lo público y lo privado.

Coartadas

El episodio del renunciamiento histórico tiene la capacidad de poner en evidencia esa mezcla de lo religioso, lo político y lo hogareño. La historia del peronismo posterior a ese episodio es la ruptura de la unidad de estos elementos, y la aparición de Madonna (otro triplete: pop, religión y sexo) pareció para algunos ser el punto final de una de las escrituras del mito. Al menos hasta que la película de De Sanzo-Feinmann fue a buscar otra vez a la historia y reestablecer otra vez la unidad religión-política-hogar, aunque la religiosidad sólo quede en dos zonas de la película: lo Épico (la entrada de Evita a la Fundación) y en los rezos de los humildes. Pero se la reafirma en las palabras del cura que cataloga a Evita de milagro. Para compensar esa zona del mito, que no podía contarse sino tras su muerte, como sí lo hace MartÍnez, se acentuó el aspecto de lo familiar.

Las coincidencias son el motor del argumento, como bien saben los autores de novelas policiales. Cuando Evita puede llegar a ser el nombre de una película de Madonna (otra vez la virgen aunque esta vez en clave deliberadamente irónica), aparece una supuesta hija de Perón. La sospecha –otra vez– es por qué  se ha esperado tanto tiempo para hacer la revelación, pues la señora Holgado era en ese momento lo que se dice una señora mayor. Tal vez pasó algo, por un momento, se hizo posible creer en la potencia sexual y la no esterilidad de Perón. Y el punto al que derivó la discusión sobre los efectos reproductivos de un accidente sufrido por Perón durante su carrera militar, antes de la entrada a la política. Perón habría llegado marcado al poder, un señalado de Dios, que se junta con una actriz, la redime y la convierte en su instrumento como le dice Perón a Tomás Eloy MartÍnez: “Eva Perón es un producto mío. Yo la preparé para que hiciera lo que hizo. La necesitaba en el sector social de mi conducción. Y su labor allí fue extraordinaria”.

El elogio final no mitiga el efecto del gesto creador. Para reforzar esto, Perón cuenta cómo la conoció y el primer diálogo: “¿Qué hace usted, hija?”. Padre e hija. Falta el espíritu santo. Para eso estuvieron los Montoneros que crearon lo que se conoció como el “evitismo”.

A fines de agosto de 1973, cuando la conducción montonera se debatía en sus intentos por entender la movida de Perón al desplazar a Cámpora y dar su visto bueno a los hechos de Ezeiza, la revista de la organización El descamisado (un mes después de un suplemento especial sin texto propio solo de citas de la propia Eva y fotos) publica un relato del renunciamiento histórico del 22 de agosto de 1951 y un análisis del papel de Evita: “La relación indirecta con las masas es a través de Evita, cuyo papel es ser el nexo que le permite a Perón emitir y recibir con la absoluta garantía de lealtad y autenticidad. A partir de la muerte de Evita, Perón sólo cuenta con el diálogo directo de Él frente al pueblo y con la intermediación de los funcionarios, muchas veces más atentos a sus conveniencias personales que a los intereses del conjunto del Movimiento”.

A esta concepción deberían unirse algunas de las citas rescatadas de Evita: la dudosa históricamente “Volveré y seré millones” (que algunos atribuyen en realidad al inesperado León Trotsky) y “Yo sé que tomarán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”. Apoyada en la célebre consigna “Si Evita viviera, sería Montonera”, la estrategia era doble: por un lado,  plantear una lealtad a Perón a pesar de Perón y, por otro lado, sostener una continuidad histórica. En esta lectura, se va construyendo el trípode histórico del peronismo leído desde adentro: Evita es lo permanente, Perón el hombre de la política coyuntural, finalmente Isabel, la caída definitiva. Estrategia, táctica y derrota. En el esquema de poder imaginado por Montoneros, los papeles cambiaban. Perón pasaba a ser Evita, cuyo lugar sería ocupado por las formaciones especiales para evitar cualquier brujería de Isabelita. ¿Suena confuso, no es cierto? Tal vez no valga la pena tratar de pasarlo en limpio, o sino empezar a admitir que lo que estaba en juego era la dirección del movimiento, y que Evita era allí una coartada que proveía la intransigencia, la lealtad absoluta y la pureza.

Con la apelación constante en los escritos del 73 a las vanguardias descamisadas –aparecidas en un discurso de Eva– y la transposición del significado de la palabra “revolución” omnipresente en La razón de mi vida a los nuevos tiempos, Evita, en la versión montonera y fusil en mano, pasó a ser un reproche desde el fondo de la historia a la política de Perón en el gobierno.

Esta ha sido la historia de Evita después de la muerte, un tiempo en que ha empezado a ganar espacio cuando el propio Perón, su supuesto “inventor”, se ha ido desdibujando para pasar a ser una cita en las solicitadas de los gremios y cada vez menos. Evita ha logrado sobrevivir a las miserias del peronismo y a las miserias históricas de la Argentina que se empeña en no olvidarla, aunque no sepa del todo cómo decirla y no esté muy dispuesta a admitir que se la diga desde afuera. Eso que descubrían Copi y Perlongher, clave de una fascinación que ha recorrido, con altas y bajas, más de medio siglo, que tiene incluso un sentido para quienes no han tenido experiencia alguna del peronismo. Cuerpo muerto, cuerpo bastardeado, sexualidad en ciernes, poder omnipresente y omnipresencia del sexo. Tal vez Evita haya sido la figuración de esa tensión entre la imagen de la virgen María, la intermediación y la fantasía del poder absoluto. En definitiva, una imagen andrógina del poder, plurisexual y temible. La política en traje sastre y joyas de un millón de dólares, maternal y violadora, joven y eterna, prostituta, madre y mártir.