Adolfo Saracho, tucumano, fue impulsor de las mejores políticas de desarrollo nuclear que tuvo el país. Entre turcos, espías, joda californiana y políticos vencidos, esta nota cuenta una historia que –oh- posiblemente termine con Macri.

[A]dolfo “Chinchín” Saracho, el embajador que casi vende el CAREM (Central Argentina de Elementos Modulares) en Turquía, mochilero, aventurero, paracaidista, viajero, políglota y monógamo serial, aviador y practicante de “bungee jumping”, acaba de dar el salto definitivo, y esta vez sin cuerda.

Este increíble amante de la vida y de su patria ayer perdió una pulseada contra La Huesuda que duró años. Empezó con un ACV que le dejó medio cuerpo muerto. Con su terquedad inmedible, Chinchín peleaba por recuperar cierto control sobre su cuerpo en el gimnasio kinesiológico cinco veces por semana, para recuperar lo que pudiera. Cuando nos reencontramos, en ese trance suyo, me advirtió con la voz que le quedaba: “Ojo, culiadito (era tucumano grave, mi amigo) que estoy más hdp que nunca”.

Usaba esas bravatas para embretarme –otra vez sopa- en alguna de sus Causas. La del caso es la que en 2016 me llevó a pedirle permiso a Abel para escribir sistemáticamente en su blog. La trinchera a tomar esta vez era la dirección general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de Viena. Chinchín la quería para su discípulo Rafael Grossi, en 2016 candidato más que seguro y por derecho propio.

¿Para qué? Para sumar chances de exportar el reactor CAREM. Desde 1986 que con Chinchín hicimos pacto de sangre por esa centralita nuclear 100% argenta, y cada cual vino cumpliendo su parte como pudo.

El mundo académico y el de las empresas de tecnología argentinas se encolumnaron con Grossi, pero le serruchó el piso su propia canciller, Susana Malcorra, quien aspiraba a dirigir la ONU. El presidente Mauricio Macri dio su voto al japonés Yukiya Amano a cambio de una promesa del premier Shinzo Abe de invertir U$ 7500 millones en Argentina, que todavía no pintan. Chinchín, acostumbrado a puñaladas por la espalda, asumió esta derrota con indiferencia y estaba rearmando sus líneas para la siguiente batalla por Grossi, en 2021.

No llegó. La muerte  le dobló la muñeca en enero de este año por una intercurrencia: uno de esos tumores tan intempestivos y sicarios que no dan ni tiempo para despedirse. Hemipléjico y todo, Chinchín le batalló cada milímetro de vida hasta ayer, descontándole casi un año más. Eso lo resume bien. Nunca se llevó con esos dos adjetivos selectos del vocabulario argentino: “imposible” e “inevitable”.

Castigo para el yrigoyenista

Entre sus muchos pecados, Chinchín era radical de esos yrigoyenistas que ya no se fabrican más. Cuando en 1986 me vio salir desde Clarín en defensa de la seguridad radiológica de las centrales de la CNEA, al toque de la catástrofe de Chernobyl, me catalogó como un loco de los suyos y no paró hasta conocerme y enrolarme como uno de los muchos Sancho Panza de sus quijotadas. Pasa que como no tenía un pelo de bobo, algunas quijotadas le salían bien.

Cuando el Proceso le quiso hacer firmar, como a todo el cuerpo diplomático, que en la Argentina estaba todo bien con los derechos humanos, se negó de plano y “la Línea Revlon (Londres, París, Nueva York)” de la Cancillería lo castigó tratando de cubrir de polvo su carrera en el hasta entonces mortecino consulado de New Orleans.

Cuando se cayó el Proceso, el nuevo vicecanciller Jorge Sábato (primo de Jorjón) auditó su trabajo en la cuna del jazz negro y se encontró con que el consulado argento se había vuelto el engranaje principal de la movida cultural de la ciudad, y funcionaba más de noche que de día, que era cuando salía en los diarios. Exposiciones, vernissages, teatro en la calle, música de todo tipo… incluso para los estándares artísticos y fiesteros de esa ciudad, aquella era una casa de locos. Y la ciudad, encantada.

“¿Qué querés”?, le preguntó Sábato, desconcertado de admiración. Chinchín contestó: “Crear una dirección para promover la exportación de tecnología nuclear”. Así nació la DIGAN (Dirección de Asuntos Nucleares y Desarme). Cuando partió de New Orleans para no volver, la Cámara de Negocios de la ciudad le armó una superfiesta y declaró el “Adolfo Saracho’s Day”. Entiendo que sigue en el calendario de celebraciones, aunque probablemente ya no se recuerde bien por qué.

La DIGAN, la nueva Dirección, tenía algo de esa “chutzpah”, solo que encorbatada. Saracho no quería gente con la cabeza quemada por “la Línea Revlon”, de modo que para poblar su dirección, secuestraba de clases a veinteañeros de altísimo promedio académico pero todavía sin título del Instituto de Relaciones Exteriores, y los ponía a trabajar como esclavos. Si eran buenos, ya se las arreglarían para recibirse estudiando a deshoras. Para ser de la banda de Saracho, había que joderse. ¿Vida familiar? Olvídate, cariño.

Inevitablemente, en la DIGAN fundacional reinaba un ambiente mitad de fuerza de élite, mitad de estudiantina jodona. En la oficina se tomaba un café espantoso en cantidades navegables, para remontar el agotamiento de jornadas de trabajo sin horario. Los dignatarios visitantes entraban en aquella dependencia más bien pobretona de la calle Reconquista y veían con asombro excelentes caricaturas del Embajador, afichadas en la pared, en actitud de estrujamiento de testículos de alguno de sus jóvenes acólitos por alguna flaqueza intolerable entre espartanos.

Chinchín sentía un enorme orgullo del desparpajo de “su pendejada”. A esa atmósfera de trabajo la consideraba una “democracia californiana”, porque las Grandes Tareas se votaban en asamblea donde levantaban la mano hasta los choferes de la entonces modesta flota de la Cancillería, una fuerza que en aquellos años podía desbaratar cualquier actividad si se te ponía de culo. En mi opinión, la democracia aquella tenía su cuota de monarquía asiática, con emperador incluido. Pero el resultado es que todo salía con fritas.

Perfumadas boberías

El 98% del trabajo diplomático pasa por poner cara de bobo y decir perfumadas vaguedades en fiestas pobladas al parecer de gente insulsa,  elegantísima y al pedo. El 2% pasa por lo que se dice en tres palabras en los apartes, y suele cambiar la vida de países enteros. En aquellos años en que la DIGAN se estrenaba en lo suyo, la Argentina terminó de construir en Perú el RP-10, el reactor y fábrica de radioisótopos más potente del hemisferio Sur, e INVAP vendió el NUR en Argelia. Turquía, una democracia recién recuperada de una dictadura asesina, como la propia Argentina (pero sin deuda ni guerras perdidas y con un PBI chisporroteante),  empezó a titilar en la impredecible cabeza de ajedrecista de mi amigo.

La CNEA, desfinanciada gravemente por Alfonsín, paralizada y con una pérdida promedio de dos ingenieros o físicos nucleares expertos por mes, se aferraba a Saracho para seguir existiendo a través de INVAP, cuya fuerza de ventas en el exterior pasaba cada vez más por el apoyo de la DIGAN. El canciller Dante Caputo se limitaba a no estorbar, lo que es mucho, y eso sucedía porque el presidente Alfonsín, en la tradición de la diplomacia yrigoyenista, se negaba a firmar el Tratado de No Proliferación, llamado agriamente “El desarme de los desarmados” por el embajador José María Ruda.

Entre tanto, Saracho juntaba países del más variado tipo para hacer antiproliferación en serio, es decir dirigida contra la multiplicación de misiles balísticos nucleares de los EEUU y la URRS, que hacía letra muerta de los sucesivos tratados SALT de desarme relativo. Hablamos de mediados de los ’80, pico de la Guerra Fría, con 21.392 bombas termonucleares yanquis y otras 39.197 soviéticas listas para usarse, momento en que el Homo sapiens fue la especie más amenazada del planeta.

La Embajada de los EEUU no salía de su asombro de ser patoteada aquí y en el OIEA de Viena por un embajador tucumano al frente de una liga de seis países “antiproliferación”, entre ellos una potencia nuclear como la India. Chinchín les daba vuelta su juego, según el cual los proliferadores seríamos nosotros, con cero cabezas nucleares. Cuando Chinchín dejó la DIGAN y eligió su destino siguiente, Turquía, los EEUU ya conocían bien al personaje. Los turcos lo estaban por conocer.

Veni, vidi, vici”, dijo Julio César ante el senado para resumir su conquista de las Galias. Mucho menos fanfarrón, Chinchín llegó a Ánkara, fletó con buen viento al empresario turco que, a cambio de derechos de saqueo sobre la logística, había dirigido la embajada en lugar de sus titulares anteriores (la “Línea Revlon”), se autoimpuso aprender el turco y lo logró en cuatro meses, se trajo a dos “péndex” diganistas con igual obligación, y a los pocos meses sacó de apuros a Materfer de Córdoba: le vendió ciento y pico de vagones a los trenes estatales turcos.

En sus viajes en tren y bondi por el país, que quería conocer a fondo como cualquier nativo, el tucumano había detectado que los rieles turcos estaban descalzados de los durmientes, como en Argentina, y que por lo tanto el material rodante debía ser liviano como el de Materfer, y por iguales causas.  Bingo, venta.

Luego Chinchín encaró al todavía poderoso Ejército Turco, un bastión de laicismo todavía inatacable para el entonces insignificante partido islamista, y les vendió una cifra cercana a 150 “howitzers” Otomelara de 155 mm. construidos por Fabricaciones Militares y probados en Malvinas: son buenos para un país montañoso como Turquía, porque pesan apenas 1,8 toneladas por pieza y se desarman, transportan y rearman con facilidad. Con esa movida sacó a Fabricaciones Militares de apuros por un tiempo.

A todo esto, los turcos lo habían adoptado “por suyo”. Mi amigo salía seguido en la prensa de Ánkara, paraba casi todas las noches en “El Submarino”, el equivalente de Chatham House del diario Hurriyet, algo así como Clarín en Turquía. En ese bar del tercer piso, las reglas de los diplomáticos, empresarios y espías son: “Aquí podés decir de todo, pero si deschavás algo, alpiste y fuiste”. Sus aventuras secretas con la presentadora estrella de la TV turca eran tapa de las revistas cholulas, y los cuatro partidos políticos parlamentarios, las Fuerzas Armadas y los servicios secretos lo custodiaban (y espiaban) 24x7x365.

¿Por qué? Porque el tucumano era la vía a que Turquía pudiera entrar como vendedora de tecnología nuclear argentina, y el artículo que les interesaba era el CAREM. “Es demasiado chico para nuestra demanda eléctrica, que es enorme. Pero en Medio y Lejano Oriente nos vamos a cansar de venderlo. Eso sí, los yanquis y los alemanes nos van a tratar de joder”, me dijeron, más o menos con las mismas palabras y en persona, al menos 15 dirigentes políticos, empresariales, científicos de colores políticos e ideas económicas muy distintas a los que fui entrevistando.

Entre ellos, hubo al menos un representante del espionaje que me puso los pelos de punta: un islamista “harto ya de tanto parlamentarismo inútil”, y que en 1988 prefiguraba la deriva posterior de Turquía hacia el estado policial-teocrático que hoy dirige Tayipp Erdogan, en aquel entonces casi un don Nadie.

Socialdemócratas, liberales laicos, fachos islámicos, civiles, milicos, todos por igual querían el CAREM y asociarse con INVAP. Los expertos de la TAEK, la Agencia Nuclear Turca, se hacían visitantes asiduos de Bariloche, y un día me desayuné con la noticia de que el Parlamento había votado unánimemente alocar U$ 168 millones para construir un prototipo del CAREM en territorio propio. A valor de hoy, equivaldrían a U$ 365 millones. Pero la Argentina debía hacer lo mismo con plata propia y en sitio a fijar.

Como ves, aquí el CAREM está vendido. Sólo falta vendérselo a la Argentina”, me dijo Chinchín, mientras paseábamos por la plaza frente a la modesta embajada argentina. Era un gran departamento en un tercer piso de un edificio de clase media alta. Con la excusa de pasear a su perro Erkek, un Sivas-Kangall que ya de cachorro parecía un oso a minicomponentes, la plaza era el lugar para conferenciar, porque el cinco ambientes tenía micrófonos hasta en los enchufes de los baños, y no creo que todos fueran del espionaje turco. No me habría sorprendido de encontrar micrófonos en el perro.

Menem, Macri, su ruta

No hacía falta que Chinchín me encomendara la tarea de pelear por el CAREM. Como periodista científico yo la había asumido desde 1986, cuando conocí el proyecto en planos y me enamoré de su entonces sensacional simplicidad y seguridad operativa. Desgraciadamente, nunca fui tan bueno en lo mío como Chinchín en lo suyo. La historia nacional posterior, además, nos jugó en contra.

Al presidente Carlos Menem y a “su hombre” en la CNEA, el Dr. Manuel Mondino, les costó al menos tres años de bardear, alpedear, bicicletear y desilusionar a los turcos hasta que, luego de un viaje del presidente de la TAEK para tratar de rescatar el acuerdo “in extremis”, se fueron con un portazo. Jamás volvieron. Pese a que la lista de posibles timbres a tocar,  acordada entre Chinchín y los turcos incluía a los Emiratos, Vietnam, Indonesia, Egipto, Argelia, Marruecos y Polonia.

Desde entonces, el CAREM ha sido copiado con los nombres de NuScale (financiado por Fluor) y de mPower (financiado por Bechtel)  en EEUU. Ambos tienen licenciamiento regulatorio para pasar a obra, y capital de sobra. Corea del Sur avanzó mucho más: tras un intento de adquisición del proyecto en la CNEA (que se negó, por aquello del elefante y la hormiga), la INVAP coreana, que se llama KAERI, hizo su centralita SMART con planos conseguidos vaya a saber adónde, la testeó en casa y en 2015 vendió una primer unidad comercial a Arabia Saudita por U$ 1000 millones (un precio de locos), para desalinizar agua de mar. La construcción se inicia en 2018, y puede haber 18 plantas similares más. Ese mercado debió ser nuestro, pero por no tener listo el CAREM, nos contentamos con que INVAP le venda un reactor “de aprendizaje” de potencia cero a “la Ciudad del Rey Abdullah para la Energía Atómica y Renovable” (KA-CARE).

Aquí el CAREM se construye en prototipo chico, de 25 MW eléctricos desde 2011, desgraciadamente a velocidad CNEA, no a velocidad INVAP (ya estaría poniéndose crítico). Tal vez entre “en línea” en 2020 o vaya a saber. Promete darle guerra al reactor coreano. Pero definitivamente ya no estamos en leading position y desde aquel 1988 en Ánkara, hemos perdido décadas de posible dominio monopólico mundial. Menem lo hizo.

Macri no se sabe qué hará. Hasta ahora, viene respetando los presupuestos de obra del prototipo. Pero en los fríos hechos, su Mejor Ministro de Energía de la Shell estranguló todo el aparato de investigación y desarrollo en termohidráulica, combustibles y materiales de la CNEA, que tiene incumbencia directa sobre las funciones críticas del CAREM plenamente comercial, de potencia media (150 a 200 MW). Y en 2016 el propio presidente fue quien le cortó las patas a quien ya podría ser su mejor vendedor, Rafael Grossi. Si le regalan un circo, vende al elefante por pochoclo.

Estas cosas le amargaron no poco sus últimos días a mi amigo, quien de todos modos, a fuerza de radical, siguió siendo macrista hasta el final. Si habremos tenido peleas…

Amigos, el que se acaba de ir fue a la diplomacia lo que Jorjón Sábato a la tecnología: un patriota, una fuerza de la naturaleza, un transformador, un “lo hicieron y rompieron el molde”, y tomo la pregunta favorita de otro amigo mío nuclear, el Dr. Carlos Aráoz, fue un “Why not?”. Se atrevió a todo y las hizo todas, y en general bien, y por su patria.

Como en 1955, cuando tenía 18 años y fundó un club de paracaidismo en su ciudad natal de Concepción, Tucumán. O como en 1957 cuando compró una mochila de rezago del Ejército y, sin un mango en el sobolyi, salió a conocer la Argentina a dedo porque quería entenderla a fondo (la palabra “mochilero” no existía aún). O como en 1997, cuando descubrió el “bungee-jumping” a los 60 años.

Adolfo Chinchín Saracho vivió hasta su último minuto corriendo el límite de lo posible. De lo posible para él y para su país. Dice Abel, que tiene sus latines, que los romanos resumían las biografías gigantes en una palabra: “Vixit” (vivió).

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