El Nordelta no es solo territorio de millonarios asediados por carpinchos sino un enclave que altera la meteorología de la zona, generando inundaciones y desbordes de ríos. La desigualdad social se ríe de la ecología.

Lo primero del “boom” de carpinchos en Nordelta, o al menos de la visibilización de sus conflictos con algunos de los humanos que ahora viven ahí, es preguntar por qué sucede este año en particular.

Dos hipótesis independientes podrían ser ciertas, cada una por mérito propio:

  • El Paraná está muy bajo. Este segundo año de sequía extrema viene expulsando al carpinchaje de sus totorales y riachos interiores de las islas de la Primera Sección del Delta. Allí las lagunas escondidas en esas islas con forma y relieve de medialuna este año desaparecieron. También los arroyitos del ancho de un kayak entre isla e isla.

En esta hipótesis, ese 17% de carpinchos extra que algunos nordeltenses consideran invasores, aunque las cosas son al revés, resultan más bien refugiados climáticos.

  • La otra hipótesis es que el conflicto existió desde la urbanización de Nordelta, pero en 2021 se visibiliza porque este año es electoral.

Los pocos y paupérrimos tigrenses expulsados por la movida inmobiliaria de este municipio sobre los carrizales costeros tenían perros, tantos o más que la gente rica de Nordelta, aunque más feos. Del mismo modo también tienen perros los isleros más inaccesibles de la Primera y Segunda secciones, todavía a salvo de desalojo municipal con fines de emprendimiento paquete.

Si estos pichichos fuleros a veces se comen crías de carpincho, y si algún Hydrochoerus hydrochaeris adulto y de 60 u 80 kilos, sea madre, padre, tutor o encargado, les hace frente con sus enormes incisivos, no hay ricos clamando por descarpinchización, ni es tema de las redes sociales contestatarias. Son carpinchos y perros poco politizables.

Creo que en 2021 el conflicto entre capibaras y tilingos, por llamarlos en guaraní y lunfa, se agudizó por la suma de sequía y elecciones. El choque de intereses territoriales se volvió peor, pero, además, se ve peor.

De todos modos, la reyerta entre Nordelta y la pequebusía progre argenta recién empieza. El cambio climático y la escasa vocación del estado de ceñirse a códigos y leyes de bien común garantizan otros conflictos futuros. Y sucederán entre humanos, y por el manejo de fondos públicos, y tendrán un definido olor a pobrerío perjudicado.

Menem not dead (in Nordelta)

Nordelta, con sus 29 barrios y su altura promedio actual de 7 metros sobre el nivel del Plata, existe en los papeles desde 1992, cuando el correspondiente “Masterplan” con que lo imaginó Eduardo Constantini recibió el agua bendita del decreto 1736/92 de la Provincia de Buenos Aires y de la ordenanza 1297/92 de la municipalidad de Tigre.

La ola de rellenamiento costero fue un movimiento de tierra digno de la construcción de Yacyretá, y la limpieza de pobres y su reemplazo por ricos fue de las que no se veían desde la Comuna de París. Pero todo culminó el 17 de junio en 2003. Ese día el Honorable Concejo Deliberante de Tigre le puso nombre al barrio.

Aquel año la Internet ya existía, pero pasaba por computadoras de escritorio: el ancho de banda todavía no daba para videos y memes entre celulares. Así las cosas, del verdadero acontecimiento fundacional (la expulsión de vecinos inmemoriales) no se enteró casi nadie. Hubiera sido muy difícil en otra década que la de los ‘90.

El desalojo puede haber sido pacífico y todo. Centenares de operarios con uniforme y casco, más una flota de topadoras, retroexcavadoras, dragas, bombas de refulado y oficiales de justicia y Policía Bonaerense pueden ser persuasivos, si se trata de hacerte abandonar esa choza de tablones sobre zancos de madera al borde de un totoral donde malviviste siempre sin joder a nadie, pero cero luz, servicios o papeles.

Como movida comercial, Nordelta tuvo genialidad: los almirantes de las cuevas y bancos de inversión de la City accedieron por primera vez a un “country club” sobre el río, y con triple comunicación terrestre con sus lugares de trabajo: por Libertador, Centenario o la Panamericana (que se apresuró a llenarse de peajes).

Pero pintaron alternativas de transporte antes impensables: lanchas-combi entre Nordelta y el otro naciente barrio de ricos, Puerto Madero. Aquellos con guardería en ambas puntas podían hacer el trayecto en sus propias embarcaciones, y en caso de apuro, un ida y vuelta por aire: un helipuerto privado no se le niega a nadie.

Esto empezaba a ser un emirato. La nueva plata financiera alcanzó un despliegue como no se veía desde aquella generación de los estancieros, la de los ochocientosochenta. Aunque en comparación, aquella fue más culta y recatada.

Nordelta quedó en un lugar particular de la costa, de la arquitectura, de la economía, de la cultura y de la política. Lo habita una autoridad que en la Argentina sólo alcanzaron dos enclaves, pero extraterritoriales: el Dade County de Miami, Florida, EEUU, y la mucho más “propia” (es un decir, yoruguas) Punta del Este, Maldonado, República Oriental.

Esos son dos lugares en el mundo a los que el intendente tigrense emblemático, Sergio Massa, intentó enérgicamente que Nordelta se pareciera un poco.

Lo hizo a fuerza de reformatear la línea de la costa con millones de toneladas de sedimento fluvial aspirado por bombeo del lecho del río. A ese paisaje artificial lo tropicalizó con palmeras Phoenix canariensis (de talante hirsuto, provenientes de las Islas Canarias) amén de nuestras más criollas y resistentes Pindó, Syagrus romanzofianum, así como las Butia yatay, es decir las petisas y robustas, con cuyos frutos nuestras bisabuelas dueñas de jardincito y gallinero hacían maravillosas mermeladas ácidas.

Amén del palmeraje, hoy contribuyen a una mayor imitación de Florida la repetición de shoppings colosales perdidos en sus playas de estacionamiento y la reiteración de “drive-ins” y estaciones de servicio. Aquí sin ruedas sos un lisiado.

La cuadrícula urbana española habitual en la Pampa Húmeda, inherentemente ordenada y caminable, no se contempló siquiera. Se implantó en cambio una perpleja maraña de avenidas curvas, con contracurvas, bulevares y rotondas pero sin veredas u otros gestos que atraigan a peatones, salvo por los ínfimos e inevitables vigiladores y mucamas. El conjunto se navega mejor con GPS. Es un lugar para propios y con auto, y te lo hace saber.

Este paisaje parece un decorado porque es un implante. No creció. Se fabricó: muchas de las palmeras, nacidas en otros pagos, medían ya 10 metros cuando las trajeron hacia aquí. No todas ellas soportaron la deportación o la pasan bien.

La obstinada sobrevida de las que siguen verdes está flanqueada, hacia el lado del río, por los dobles cercados olímpicos coronados de alambrado concertina. Ese encierro sella, feroz, los 29 barrios privados, con sus muchas casillas de vigilancia, sus cámaras de seguridad y sus barreras. El resultado anda entre Disneylandia y Büchenwald.

Cuando Carlos Menem objetó la represa de Yacyretá, dijo que era un monumento a la corrupción. Si en realidad aspiraba a un monumento propio, hoy lo tiene en Tigre. Ahí sigue vivo.

Crimen hidráulico

La hidrología de Nordelta es criminal, pero de un modo incesante. El paisaje original era selva marginal paranaense, desaparecida hace mucho, y luego un ancho cinturón costero de pajonales inundados y playa lodosa, con un débil sustrato de tosca arcillosa cuartaria.

¿Por qué nos tocó esta costa? Por sus fondos, hoy a la vista, el Paraná arrastra médanos subacuáticos de arena dorada, la Serra Geral brasileña prolijamente triturada por la erosión. Pero esta arena decanta en la orilla Norte del Plata, donde la corriente es suficientemente veloz como para transportar sedimentos más gruesos y pesados. Los yoruguas se quedaron con las playas.

Aquí en la banda Sur sólo se sedimenta “el fino”, es decir la arcilla colorada socavada de Bolivia por el río Bermejo. Éste río rojo es el que le da su tinte de puma al Paraná, y éste se lo presta al Plata.

Para elevar a 7 metros promedio la inminente urbanización sobre el río se construyeron polders de cascajo y tierra compactada. Esos casetones se rellenaron de refulado, es decir de barro líquido del lecho del río aspirado con dragas. En cuanto el escurrimiento y la evaporación le dieron a ese piso el mínimo necesario de solidez, se procedió a edificar cada barrio.

A diferencia de otros rellenamientos costeros en el AMBA, como el que dio origen involuntario a la actual Reserva Ecológica de Costanera Sur, el de Nordelta se caracterizó por la eliminación de toda frontera recta con el Plata.

La costa artificial de los barrios suele tener el dibujo arriñonado de una mitocondria: la idea es generar lagunas internas con la mayor extensión de costa en la menor superficie de terreno. Y es que los compradores quieren acceso directo al agua, o al menos vista poco interrumpida de la misma. En esa búsqueda algunos vecinos viven en islas artificiales, conectadas al resto del barrio por algún puente interrumpible. Nordelta es otro mundo.

El crimen hidrológico número uno fue el alargamiento de la lerda trama de arroyos que drenan esta parte de la llanura bonaerense. Es una región casi sin pendiente y por ende naturalmente inundable. Con tanto rellenado de costas, las nuevas desembocaduras quedaron kilómetros más lejos y la escorrentía es más lenta.

Eso, cuando el cauce no está directamente obstruido, como el del arroyo Las Tunas, hoy vuelto una laguna que apesta a mierda cruda. Apurada por los vecinos, Nordelta SA dice que solucionará el problema entubando el arroyo, y cuando le pinte hacerlo. Lo último es indudable.

La interrupción de drenajes naturales de suyo problemáticos transformó al Tigre peri-nordeltino en un charco semipermanente, un húmedo infiernito que la revista Infojus, especializada en derecho, describe como “Countries secos y barrios inundados: el paredón que divide”.

Los barrios de Nordelta están organizados por status: hay de bloques de departamentos, hay de casas unifamiliares de 200 m2, hay de mansiones de 2500 m2, hundida cada cual en su propio océano de césped impecable. Hay barrios policlasistas, con un poco de todo entre los U$ 500.000 y los U$ 10 millones por propiedad.

En las 1600 hectáreas que suman los 29 barrios hay una parroquia, un shil judío, escuelas y colegios como el Cardenal Pironio, el Michael Ham, el Saint Luke’s, el nuevo pero viejo Northlands, el Northfield y el Northville. Como para que no queden dudas que esto es el North.

Algo al Oeste, en Benavídez, queda el alma mater del ex presidente Mauricio Macri y de su mesa chica: el cardenal Newman, colegio en cuyas praderas podrían aterrizar aviones. Poca gente allí que haya caído en la educación pública.

En Nordelta la densidad poblacional no es baja: 708 habitantes/km2. Hay casi 42.000 residentes unidos quizás más por el espanto aporafóbico que por el amor a la naturaleza, especialmente la fauna.

Los nombres de calles en los barrios pueden ser de lo más zoológicos y nativos (del Pecarí, del Ocelote, del Yaguareté, del Tapir, de la Chinchilla, de la Vicuña), pero entre los humanos hay “control freaks” ganosos de exterminar a las gallaretas, los patos, los coipos, los gatos, las zarigüeyas, las tortugas pintadas, los ocasionales lagartos overos; en fin, todo lo que sea originario pero no minúsculo y ose moverse, o hacer ruido, o caca.

Los carpinchos ya estaban hace rato en la lista de indeseables grandotes. Eso quizás explica algunas balas perdidas, las muchas armas de caza y de guerra de uso y/o portación legal, las no tan legales, y las no pocas ventanas con vidrio laminado doble.

El doble anillo de seguridad de Nordelta no evita los robos tipo comando. Esto sucede también en otros barrios cerrados, pero Nordelta en particular obliga a los chorros a alardes de organización y equipamiento. La tentación cuenta: a nombre de algunos de los habitantes de esta casi república, (tiene bandera propia y todo), está depositada casi toda la “serious dough” de la Argentina, y no poca de otro país interesante por sus exportaciones (Colombia). Las casas rodeadas de lagos artificiales dieron lugar a robos protagonizados por equipos de buzos (ver aquí). Nordelta no es para cualquier pichi.

Volviendo entonces a los carpinchos, aunque gocen de la simpatía de los clasemedieros excluídos de tanto privilegio, esos roedores gigantescos y más bien mansos no tienen la vida asegurada. Además de suscitar odios de dueños de perros, el cuero de carpincho es carísimo por suave, por impermeable, por escaso y por ser fácil de reconocer visualmente debido a su relieve.

Una campera de carpincho vale hasta 48.000 pesos, que hoy son menos de U$ 270. Lo peor que le pudo pasar a los carpinchos es la construcción de Nordelta, los dos años de sequía en la cuenca del Plata, volverse bandera de antimacristas, y de yapa la inflación. Ahora que animan las redes sociales y la TV combatiendo al capital, carpincho que se duerme es cartera.

En cuanto al crimen hidrológico que supone Nordelta y lo cara que le resulta esa ciudad-estado a sus vecinos, todavía no han visto nada, oh, bonaerenses. El recalentamiento del Atlántico Sur potenció el anticiclón subtropical oceánico y lo llevó de su ubicación anterior frente a Río Negro hasta la actual, cuadradamente frente a la desembocadura del Plata.

Esto ha hecho que pasáramos de 2,5 sudestadas severas/año en los años ’70 a casi 10/año en esta década, y contando. Pero además desde aquella época a la actual, el Atlántico, que regula la altura de la salida del Plata, está 21 centímetros más alto en promedio, y disparándose para arriba a 3,1 mm/año en las dos últimas décadas, en parte por fusión de hielos continentales. Tras 6000 años de relativa estabilidad, a fines de este siglo el Plata podría estar un metro arriba de su cota actual, o mucho más, según los escenarios menos benignos bosquejados por las Naciones Unidas en el último informe de su Panel Internacional para el Cambio Climático (IPCC). No hay indicios de que esta suba vaya a frenarse.

Sobre esa siempre redibujada cota media, las nuevas y mayores sudestadas llegan al fondo del Plata como mareas de tormenta y al frenar el drenaje de los distintos escurrimientos del Paraná y de los arroyos bonaerenses (el de Paraná de las Palmas, el Guazú, el Miní, el río Reconquista, el Luján), están complicando varias cosas a la vez.

Por una parte, llenan de agua los valles de inundación que recorren la megalópolis hacia el Norte y el Este (el del Riachuelo, el del Reconquista, el del Maldonado, el del Vega, el del White). Con mareas de tormenta, estos cursos fluyen en reversa, se vuelven vías de ingreso del Plata, y las ingresiones, cada vez peores y más frecuentes, generan inundaciones cada vez más duraderas.

Por otra parte, las lluvias en la Pampa Ondulada, la que corre junto al Paraná, han cambiado en cantidad y modo. Midiendo la evolución desde los ’70, se pasó de casi 1000 mm/año a 1200: llueve más pero en menos días, y sobre una superficie urbana crecientemente impermeable.

Según tu altimetría en el mapa provincial y quiénes son y qué hacen tus vecinos, te podés mojar. Sea por lluvia o marejada, el AMBA se inunda más, y cuando es con sudestada y luna llena con viento, marejada y diluvio, 3 fuerzas naturales tirando en la misma dirección, la inundación es de lujo.

Según el Banco Mundial, hoy bastan 3 inundaciones registradas para que un inmueble pierda el 100% de su valor. Esto para la costa tigrense significa que durante las próximas décadas Nordelta, blindada por fuera como un paraguas, inundará más las zonas aledañas. Muchos vecinos perderán sus casas.

Sin embargo, Nordelta no es invulnerable al ataque del agua desde adentro. En primer lugar, por el incremento del pelo de agua del Luján, que rige el de las lagunas internas de la urbanización y la de su napa freática. Esta ciudad-estado se construyó sobre polders rellenados de barro líquido: no es piedra sobre la cual construir una iglesia que dure dos mil años.

El suelo tendrá subsidencias y reacomodamientos, las plantas bajas, los sótanos y los garajes conocerán el agua, habrá problemas estructurales de edificación, pavimentos cuarteados, caños rotos, “nuisance floods” (inundaciones con sol), y Nordelta necesitará de bombeo activo frecuente, con gasto de energía, de personal y de motores, para mantenerse seca. Y habrá una bella factura a pagar por toda la sociedad para que esas 16 hectáreas de lujo no pierdan su valor.

Por ley, normativa o decreto, la capacidad de los poderosos de usar activos públicos, municipales y provinciales en su provecho explica la génesis de Nordelta, pero también anuncia su futuro: le empezará a encarecer la vida a los bonaerenses. A esta altura del cambio climático, comprarles salvavidas a ricos emperrados en rodearse de agua te va a volver más pobre, oh bonaerense de a pie.

 

No de otro modo, Puerto Madero terminará siendo mantenida joya nunca taxi por centenares de miles de laburantes porteños que se mojan seguido en los cauces de inundación del Riachuelo, el Maldonado, el Vega y el White. Y que terminarán poniendo de su ABL (Alumbrado, Barrido y Limpieza) para que las cloacas de tanta nueva torre costera no entren en reflujo con cada sudestada.

“Simili modo”, los futuros habitantes de Costa Urbana, el barrio de 45 pisos que la inmobiliaria IRSA y el intendente Rodríguez Larreta piensan hacer en las 70 hectáreas de espacio costero público verde de la vieja Ciudad Deportiva de Boca Juniors, terminará tragando impuestos de los ciudadanos inundables para salvar esa apuesta inmobiliaria.

Olvídese de los carpinchos: con la costa librada a ricos y bobos, los jodidos somos los ratones.

 

Fuente: Agendar.web