Sobre lecturas nostálgicas y descolgadas sobre la guerra cuando se trata de un mundo en el que las disputas centrales obedecen a pujas inter capitalistas, sin que exista modelo económico, social, político y militar alguno que cuestione o se proponga subvertir el orden de carácter imperial.

Quien lea la Historia con un mínimo enfoque crítico acaso podrá creer que la Rusia de Vladimir Putin es una reencarnación del poder soviético y no una emanación del panrusismo imperial redivivo gracias a las burocracias de los últimos tiempos de la URSS y del ultraísmo reaccionario de la iglesia ortodoxa rusa, entre otras causas que exceden al tema de este texto?

¿Acaso podrá pensar que el ejército de Moscú es el Rojo triunfante contra el nazismo en la II Guerra Mundial y que con sus ataques a Ucrania intenta repetir aquella gesta que culminó con la caída del III Reich?

Para aproximarse a esas y otras falacias falacias del líder ruso bastarían quizás unas pocas observaciones; a saber.

Las propias definiciones de Putin, cuando en un video que circula a los cuatros vientos sostiene que Ucrania es una creación de la Revolución de Octubre y del propio Lenin. Claro que sin tener en cuenta ni por error el contexto en el que el máximo dirigente de los bolcheviques concibió sus Notas críticas sobre la cuestión nacional (1913), y sus posteriores decisiones políticas al respecto.

Y qué decir respecto de la influencia que sobre el actual líder ruso tiene Alexander Dugin, quien ya en la pasada década del ’80 comenzó a construir el entramado “filosófico” de su panrusismo imperial, en el cual no están ausentes ciertas lecturas “académicas” sobre ocultismo, fundamentalismo cristiano ortodoxo, nazismo y mesianismo a lo Charles Mason.

En muchos de sus textos, entre ellos The Foundations of Geopolitics: Russia’s Geopolitical Future (1997), Dugin postula la creación de un imperio euroasiático desde Portugal hasta Vladivostok. Rusia sería el eje principal por ser el enemigo de la hegemonía liberal occidental.

Sólo le faltaría a todo ese mejunje de dislates un toque de bravatas contra la “sinarquía internacional”, tal lo desarrollara aquella revista Cabildo que en los ’70 de Argentina funcionó como órgano de la ultraderecha y la Triple A de José López Rega.

El tal Dugin, reconocido admirador de Donald Trump, estuvo en 2019 en Argentina. Aplaudido por sectores del peronismo que aún hoy vivan a la ex presidenta Isabel Martínez de Perón, pronunció encendidas conferencias, una de ellas en la propia CGT, con motivo del ‘70 aniversario del Congreso de Filosofía organizado durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón.

En aquella ocasión y en declaraciones a la prensa dijo: La guerra es posible, pero no de Rusia contra otros países, sino como una forma de esta transformación general, donde Rusia representaría la multipolaridad y los globalistas representarían la unipolaridad.

Ser o no ser

No se trata de abordar el todo del tema sino de dar cuenta de la zozobra que provocan desde el mismo 24 de febrero los efluvios pro Moscú de ciertos sectores del autoproclamado campo de la izquierda, de las fuerzas progresistas, nacionales y populares o como fuere que quieran denominarse o ser denominadas.

Aunque ese maremágnum confusionista puede obedecer a diversas causas, este texto apenas si aspira a ensayar algunas ideas, pocas y en forma sintética, desde una firme convicción paradigmática: la denominada izquierda, en su amplio abanico o gama de matices y divergencias, adolece de un mal para el cual hasta ahora no encontró antídoto: La orfandad de teorías y prácticas revolucionarias.

Por eso, algunos de sus sectores vernáculos y de otras latitudes del globo se ahogan en una suerte de espacio simbólico en el que nada de lo que es parece y nada de los que parece es.

Tras la debacle de la vieja URSS y el llamado Sistema Socialista, que tuvo  sus encomios y catástrofes (evitables), pero proponía un contexto favorable a los procesos de liberación y revolucionarios del Tercer Mundo, en el planeta se impuso un orden capitalista/imperialista único y global, en el que sus potencias – Estados Unidos, China y en una escala menor Rusia – y sobre todo las corporaciones económicas y financieras de acción global y presentes en cada uno de esos territorios y Estados, pasaron o ocupar la centralidad del poder.

Centralidad del poder que mi libro Bush & Ben Laden SA (Norma; Buenos Aires; 2001) caracteriza como Imperio Global Privatizado (IGP): un momento histórico de nuevas formulaciones políticas y bélicas, en las que se destacan la sumisión casi absoluta de los agentes políticos a la trama corporativa privada y mixta, y conceptos como guerra preventiva y daños colaterales (el eufemismo que explica la destrucción selectiva de ciudad y la matanza de civiles).

Todo es capitalismo-imperialismo

Aunque aquellas nociones sobre la guerra son casi tan antiguas como Sun Tzu y Tucídides, fue George W. Bush quien las reactualizó. Para ello requirió del 11/09/01 y del mundo que entonces emergió.

He ahí la guerra actual: Estados Unidos sobre el orbe entero, Israel sobre Palestina y Medio Oriente y ahora Rusia sobre un nudo energético de valor estratégico para toda la Europa occidental. En tanto, China observa prudente y acumula activos financieros y económicos globales.

Se trata de un mundo en el que las disputas centrales obedecen a pujas inter capitalistas, sin que exista modelo económico, social, político y militar alguno que cuestione o se proponga subvertir el orden de carácter imperial.

Podría añadirse que los ataques de Rusia a Ucrania siguen siendo efectos de la caída de la URSS y como tales se suman a una guerra también europea y reciente sobre la cual casi nadie quiere hacer memoria: la de los Balcanes (ex Yugoslavia), que durante el período 1991-2001 tuvo lugar entre los distintos actores que habían convivido en la República Federal Socialista de Yugoslavia (1963-1992), concebida por Tito, animadora del Movimiento de Países No Alineados (MNOAL) e integrada por Bosnia-Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Serbia, como así también por las provincias autónomas Kosovo y Voivodina.

Al fin de cuentas y sin entrar en los meandros temporales que enseña el maestro Fernand Braudel, apenas un muy breve tiempo – casi irrelevante pese a las ensoñaciones de vértigo que provocan las nuevas tecnologías en comunicación – transcurrió entre la caída de la URSS y el Sistema Socialista y nuestros días.

Observaciones y hasta recuerdos

Pleno Carnaval 2022 en Buenos Aires. Gracias a Internet, el domingo último conversé con un viejo colega cubano, que lleva una colección de guerras y conflictos internacionales en “su mochila y memoria” de periodista.

Comunista “de la Revolución” sin pliegues, me dijo y no lo cito porque no me autorizó a hacerlo: la situación es dramática. Jamás podría estar yo con la OTAN ni con Estados Unidos, e indignante es el doble rasero de quienes se muestran enfurecidos con los ataques rusos a Ucrania pero mudos estuvieron y están frente a los desmanes bélicos constantes y en todo el mundo cometidos por Washington y sus aliados. De todas formas el regreso a la paz es imprescindible y debe entenderse que este escenario desgarrador que vivimos es consecuencia de cómo el mundo quedó delineado tras la caída de la URSS. A principios de la pasada década del ’90 comenzó a dibujarse el mapa actual. Es imposible y triste ser pro soviético si la Unión Soviética no existe.

1992, quizás 1993. Alemania. Cerca de la frontera con los Países Bajos. Al salir a la cancha las selecciones nacionales de fútbol de ambos países para disputar un partido amistoso y de “buenos vecinos”, en la tribuna visitante aparecieron innumerables carteles que decían “por favor devuélvannos las bicicletas de nuestros abuelos”. Durante la ocupación nazi, los holandeses fueron privados de sus bicicletas porque la SS entendió que era el medio de trasporte de las Resistencia.

Meses después, en Ginebra. Las negociaciones de paz encaminadas por la ONU para detener la feroz guerra que en el 1992 había estallado en Bosnia y Herzogovina, tras la disolución de la Yugoeslavia socialista y en la cual compatriotas de origen serbio, croata y bosnios musulmanes se mataron unos a otros con una crueldad que Europa no registraba en territorio propio desde la II Guerra Mundial.

En ese marco y como parte de las negociaciones de paz funcionó la Operación ONU para el Restablecimiento de la Confianza (UNCRO). En aquél entonces, diplomáticos a cargo de esa misión comentaban ante periodistas allí acreditados su sorpresa e incredulidad cuando emisarios de las partes en conflicto se recriminaban episodios bélicos y humanitarios registrados entre 1463 y 1482, cuando los reinos de Bosnia y Herzogovina cayeron en manos otomanas.

A fines de los ’90, fuentes bien informadas sobre los procesos de conflictividad global desatados como consecuencia del desmembramiento de la URSS vaticinaban episodios políticos y bélicos de múltiples complejidades, casi siempre vinculados a la puja por el control de las cuencas con recursos vitales: minerales de primer orden estratégico; energía en sus diversas variantes; conocimiento e información tecnológica indispensables para la nueva era digital, tanto para la industria y el comercio global como para las nuevas modalidades bélicas; biodiversidad; investigaciones científicas de punta; áreas centrales para la producción alimentaria y de aguas dulces, entre otras.

Las confrontaciones político y o bélicas del presente siglo – de baja intensidad en América Latina; de ocupaciones corporativas en África; e invasiones militares como las registradas en Irak, en Medio Oriente en su conjunto y ahora en Ucrania – expresan en mundo en disputa en el que los pueblos son las víctimas: desde una unipolaridad que tan así no fue tras la caída del URSS hasta la cacareada multipolaridad que no es otra cosa que la puja inter imperial con focos de poder por ahora concentrados en Estados Unidos- Europa occidental, China y Rusia.

A título breve de conclusión

O la Historia como redes. Hace dos años, y a raíz del brote pandémico que comenzaba, escribí y publiqué lo siguiente en la página digital de Perfil, acerca de los “espejismos de un mundo mejor”: En el libro Las redes humanas: una historia global de mundo (Crítica, Barcelona; 2010), lo profesores de Cambridge y Georgetown respectivamente, William H. y John R. McNeill, la explican la Historia como un plexo de redes humanas complejas en las que sus miembros básicamente comunican informaciones, ideas, técnicas; amistades y conflictos; mercancías y guerras; hasta enfermedades y terapias.

Y entre las conclusiones que constan en ese mismo texto se señala: Vivimos en la cresta de una ola que está a punto de romper. La buena suerte, la inteligencia y una tolerancia difícil de alcanzar tal vez impidan que la red se haga pedazos (…). Tenemos en nuestras manos la evolución biológica, además de la cultural. Mucho dependerá de a quién pertenezcan esas manos”.

Tal cual trabajo la idea en mis clases de Historia del Siglo XX en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, el concepto de Historia como un sistema de redes, entonces como trama comunicacional compleja en permanente y dialéctico proceso global de urdimbre, es de utilidad para comprenderla en su desafiante totalidad.

Lo es para entender una pandemia, también para analizar una guerra y sobre todo para visualizar la actual etapa de lo que denomino Imperio Global Privatizado (IGP), según mencioné en algún párrafo anterior.

Como puntualizan los McNeill, tenemos en nuestras manos la evolución biológica, además de la cultural. Mucho dependerá de a quién pertenezcan esas manos.

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