De pronto, volver a casa se vuelve imposible y el tiempo es una mezcla de sorpresas, incertidumbres y  esperas. Un viaje desde Bolivia rumbo a San Salvador de Jujuy se transforma en deslizamiento lento y por momentos auspicioso por un periplo que parece interminable.

 

                                                                Apagón de Ledesma
la patota de sombras
y la vida incendiada.
J.B. Ronda de la sola

Sé cómo es: a veces las cosas pasan porque sí, y a la vez terminan conteniendo un sentido: el que nosotros le damos.
Trato de contarlo. No sabés, digo, lo que le pasó a mi amiga volviendo a Buenos Aires desde Bolivia. Una historia de cómo un viaje de rutina sufrió un cambio de ruta imprevisto y termina siendo un momento vital, un gesto de abrir los ojos, una iniciación.
Por cosas del viaje, el camino o el destino fue a parar a Jujuy, más precisamente a la tierra del ingenio Ledesma, y se dio cuenta de algo sobre aquella vez del Apagón.

Ella, que se la pasó viajando por todos los lugares que podía, no por turista, no por activista, no por mujer de negocios sino por todo eso junto y más, alguna cosa que la obligaba a estar siempre en la ruta, algo que le vino de siempre o de antes de nacer, no sé; pero ella, conociendo tan bien las eventualidades de los caminos que cruzan y enlazan Bolivia y Argentina, se largó a la ruta desde Cochabamba con su valija y sin demasiado apuro.
Algo pasó en la frontera boliviana, ese lugar mágico en donde la ley sagrada es que nada, o casi nada, funcione como funcionan los relojes o los aparatos o las costumbres europeas. Con esto quiero decir que si vos vas de viaje a Bolivia y tenés un pasaje y pensás que las ecuaciones de la lógica equivalen a que las cosas son previsibles y habituales, te equivocaste. Y el que se enoja o resiste, en vez de dejarse llevar por la magia de una situación, digamos, anticapitalista, o previa a la utopía del estado de bienestar está cocinado, te juro, porque en Bolivia nada parece funcionar con la lógica del mundo organizado según los dictados del imperio.

Mi amiga sabía eso a la perfección, por eso no se enojó cuando le cancelaron el viaje; había un paro o no había ninguna coincidencia entre el pasaje comprado al salir de Cochabamba y el transporte desde aquella terminal. Ante la imposibilidad de torcer el destino, lo más tranquila (que es la única manera de entender las cosas en la Puna), empezó a averiguar cómo podía volver a Argentina.
Por algún motivo de los habituales en Bolivia parecía imposible llegar a Villazón, el punto por donde acostumbraba cruzar. Como pasa siempre en estos casos, la alternativa es sencilla: o quedarse los días que hiciera falta, en posición inmóvil, esperando que se solucione el impedimento para seguir por la ruta planeada, o probar con ir por otro lado.

Mi amiga hizo las preguntas necesarias; le dijeron que quizás le convenía moverse en dirección al sureste y probar la ruta de Orán. El plan no le pareció mal: seguía en movimiento (cosa que ella prefería a la inacción y el sedentarismo) y, de paso, hacía un nuevo recorrido.

Creo que fue en micro hasta la frontera; sí estoy segura de que se encontraba ante el río Bermejo y se decidió a viajar en una lancha. Estaba preocupada. Empezaba a sentir deseos de estar en su país y un poco más cerca de Buenos Aires. Me dio detalles de aquel viaje con el que dejó atrás Bolivia, por agua, arriba de la lancha, apenas se puso el sol; de su presunción de estar cambiando de país de manera irregular, rodeada por desconocidos, de los que la mitad le parecían mulas de coca o ropa contrabandeada. La urgencia por llegar a su país la apuraba más que el cansancio. Los horarios, además, se desdibujaban como la pasada luz diurna; lo ideal seguía siendo moverse, más que buscar un improbable hotelito de frontera y dormir. Por más que estuviera cansada, comprendía que estaba pisando territorio desconocido y ese era un buen motivo para apurarse.
Ya estaba en la Argentina, aunque las fronteras son borrosas. No es que se pasa de un país a otro y la realidad se modifica. La línea que separa Argentina de Bolivia no divide arbitrariamente la realidad. Muy por el contrario, hay toda una franja en donde las costumbres y la idiosincrasia se entremezclan. La frontera argentino-boliviana es desorganizada, puneña, tranquila, pobre y misteriosa. Ahí puede pasar de todo. Como en todas partes: pero ahí un poco más.
Entendió que no había avanzado mucho apenas pisó suelo argentino. Estaba del otro lado de la frontera pero en un poblado sin horarios de micros, mal iluminado, desértico. Las horas pasaban. No era un buen lugar para pasar la noche.

Se puso a averiguar; recién oscurecía y la oficina de los micros abriría, con suerte, a las diez de la mañana. De quedarse, tenía doce largas horas por delante.
– Hay una alternativa, le dijeron. A veces la gente que está apurada se junta en el bar de la estación y pagan entre varios un remís.
– Hasta dónde, preguntó mi amiga.
– Bueno, depende.
– Necesito llegar a San Salvador de Jujuy lo antes posible, dijo.
– Ah… Eso no creo. Porque es un remís sin permiso, sabe, no se arriesga con la caminera. Pero si lo conversa, capaz la acercan hasta Libertador General San Martín y de ahí está cerca, y consigue quién la lleve.

El episodio central de este relato es mínimo; mi amiga viajó en remís durante varias horas con dos desconocidos hasta San Martín. Ese remís la dejó en la puerta de un hotelito céntrico que tenía todas las luces prendidas y la puerta abierta, sonora, amigable, por la que pudo entrar. El encargado salió de inmediato y aceptó alojarla. Mi amiga no lo podía creer.

-Lo que sí, señora, me lo paga en pesos y por adelantado, dijo el hombre.

Serían las tres de la mañana de un día cualquiera, en un pueblo con menos de cincuenta mil habitantes.

Mi amiga no tenía pesos argentinos. Hasta ese momento le habían aceptado la plata boliviana y los dólares de manera alternativa. Pero el encargado no aflojaba.

-Pregunte cerca de la plaza, dijo. Parecía no importar que fuera de madrugada.

Así que tuvo que salir.
Lo que más la impactó es que, efectivamente, encontró a alguien que tomó los dólares. Pero eso viene después. Me relató con precisión angustiosa, como quien describe una visión, los detalles de esos minutos. Lo esencial, lo enorme: no pasó nada excepcional.
En esta historia (o en ese momento de la Historia) no hubo tiros, ni delincuentes, ni detalles siniestros, ni momentos discordantes. Fue hasta la plaza, vio un bar, se acercó, preguntó, un parroquiano le dijo que la acompañaba; caminaron un par de cuadras, doblaron alguna esquina y tocaron el timbre en una casa, los atendieron de inmediato (como si fueran las seis de la tarde, entendés Laura, esa gente no duerme, es insomne, ninguna noche, me decía a cada rato, intercalado en el relato). Una señora del pueblo abrió la puerta, escuchó, le preguntó cuánto quería y fue adentro, agarró una bolsita del cajón de una cómoda y le cambió los dólares, no sin mirarlos, por pesos. El ocasional baqueano de mi amiga se despidió de la mujer, la acompañó esas cuadras en silencio hasta el bar, en donde le rechazó una propina. Se despidieron. Mi amiga se cruzó hasta el hotel en donde el encargado la esperaba dormitando acodado en el mostrador, detrás del cual había guardado los bolsos de ella. Pagó, subió a su cuarto y se fue a dormir, extenuada, como si hiciese media vida que no se estiraba sobre un colchón.

Esas pocas cuadras que caminó por el pueblo la hicieron pensar en una historia de aparecidos. Un lugar en donde parece que la gente vive de noche, en una vigilia más o menos relajada.
-No sé cuándo duermen, te juro. Tampoco me animé a preguntarles.
Quizás mi amiga tuvo la capacidad de percibir cosas que los demás no vieron. Incluso podría pensarse que fue una especie de médium. Algo de eso debe haber pasado porque ella, radicada desde hace años en Bolivia, que venía de paso, empezó a sentir la urgencia de volver a su país natal y escribir sobre Ledesma, el pueblo que todavía no apaga las luces de su casa para dormir en oscuridad.

María Laura Prelooker es docente y escritora. Entre sus libros, Book 33, Ninguna tierra es firme y Las viudas de la shegua / She was .

 

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