Nadie sabe cuándo se acaba la cuarentena, pero se supone que el fin terminará por decretarse. De algún lugar del futuro llegó este diario, donde el autor cuenta cómo es volver a las viejas costumbres y las secuelas que el virus nos dejó.

Llegué hace una hora de correr, me di una ducha y ahora me voy a la cancha a ver el partido. Voy a aprovechar que la noche está linda para ir caminando. Paso a buscar a Raúl, que vive acá a unas cuadras, nos damos un abrazo y enfilamos para el estadio. Delante de la ventanilla hay un montón de gente apretada para conseguir entradas. Por suerte, tenemos platea.

No fue gran cosa el partido, 1-0 y el arquero nuestro, figura. Pero, bueno, tres puntos son tres puntos. Esperamos un rato para salir, pero igual nos chocamos con unos cuantos. Íbamos caminando y sentimos unos gritos que nos llamaban, eran los muchachos del laburo, hacía mucho que no nos veíamos. Nos dimos flor de abrazo y hasta algún zarpado me tocó el culo. Decidimos ir a la parrilla de Cosme. Estaba hasta las manos, pero igual nos habilitaron una mesa en la calle. Morfamos y chupamos de lo lindo, tanto que ya no daba para volverse caminando. Por suerte, conseguimos un par de tacheros buena onda que aceptaron llevar a cinco. Yo no la pasé tan bien, porque tuve que llevar a upa al Gordo Pastafrola.

 

Al día siguiente, cuando me reponía de la resaca y del dolor de piernas causado por la devoción del Gordo Pastafrola por los ravioles de seso, entra Raquel que venía de tomar mate con la vecina de abajo.

¿Te acordás que tenemos entradas para el Cirque du Soleil para hoy?

Le dije que sí con la cabeza, pero la verdad que me había olvidado por completo. Las habíamos comprado antes del virus. No tenía las más putas ganas de ir porque además del dolor de piernas, a mí dejame con los circos de antes, el domador en la jaula del león, la écuyere sobre el caballo blanco, el redoble de tambores antes del acto de los trapecistas o del equilibrista.

Claro, fuimos. Una multitud que aplaudió todo el tiempo. Yo también pero no tanto, la verdad es que hay cosas que impresionan.

 

Al día siguiente, decidí llevar al pibe a la plaza. El día estaba soleado y daba para que volviera a juntarse con sus amigos. Me senté en un banco a mirar lo que hacían cuando se me acerca uno de los padres, buen tipo aunque un poco imbancable.

-¿Qué hacés?,  me dice, ya no tenés que usar el barbijo, sacátelo

-Ni en pedo –le contesté. Con la polución que hay ahora que calle está llena de autos y bondis.

 

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