La presunción de que los republicanos son mejores que los demócratas en la administración económica es un mito de larga data entre los estadounidenses. El economista que predijo la crisis de las hipotecas subprime, profesor de la Universidad de Nueva York y presidente de la consultora RGE Monitor se encarga de desmentirlo. Lo hace con datos concretos. De paso nos acerca un perfil de las intenciones de Joe Biden.

Desde el inicio de la campaña electoral, Joe Biden mantiene una amplia ventaja en las encuestas sobre Donald Trump. Sin embargo, pese a la desastrosa respuesta de la Casa Blanca ante la pandemia – un fracaso que dejó a la economía mucho más débil de lo que hubiera sido de otra manera – Trump mantiene una ventaja marginal cuando se interroga a los votantes sobre la cuestión de qué candidato sería mejor para la economía estadounidense.

La presunción de que los republicanos son mejores que los demócratas en la administración económica es un mito de larga data que debe ser desmentido. En nuestro libro Los ciclos políticos y la macroeconomía (1997), el fallecido Alberto Alesina y quien escribe demostramos que los gobiernos demócratas tienden a liderar un crecimiento más veloz, a sostener menores niveles de desempleo y a propiciar mercados de capitales más fuertes que los republicanos.

De hecho, las recesiones estadounidenses casi siempre ocurren bajo administraciones republicanas, un patrón que ha persistido desde que apareció el libro. Las de 1970, 1980/82, 1990, 2001, 2008-09, y ahora la de 2020, ocurrieron con un republicano en la Casa Blanca, con la excepción de la recesión de 1980/82, que comenzó bajo el mandato de Jimmy Carter y continuó con Ronald Reagan.

La tendencia no es aleatoria: las políticas regulatorias laxas conducen a crisis financieras y recesiones. Para agravar las cosas, los republicanos persiguen en forma sistemática políticas fiscales imprudentes, gastando tanto como los demócratas, pero negándose a aumentar los impuestos para compensar el déficit presupuestario resultante.

Debido a la mala gestión de George W. Bush, Barack Obama y su vicepresidente Biden heredaron la peor recesión registrada desde la Gran Depresión de la década del ‘30. A principios de 2009, la tasa de desempleo superaba el 10 por ciento, la economía estaba en caída libre, el déficit presupuestario había superado los 1,2 billones de dólares y el mercado bursátil caía casi un 60 por ciento. A principio de 2017, sobre el final del segundo mandato de Obama, el panorama se había revertido. Todos los indicadores habían mejorado enormemente.

De hecho, incluso antes de la recesión ocasionada por el Covid-19, el empleo y el crecimiento del PIB, pero también el desempeño del mercado de valores, eran mejores con Obama que con Trump. No es extraño. Así como Trump heredó millones de su padre solo para despilfarrarlos en fracasos comerciales, también heredó una economía sólida de su predecesor solo para arruinarla en apenas un período presidencial.

El repunte de los precios de las acciones en agosto pasado coincidió con una consolidación del liderazgo de Biden en las encuestas, lo que sugiere que los mercados no están nerviosos con su posible presidencia, o por las perspectivas de una barrida demócrata en el Congreso. La razón es simple: es poco probable que un gobierno de Biden aplique políticas económicas radicales.

Biden puede estar rodeado de asesores progresistas, pero todos están completamente dentro de la corriente política principal. Además, una posible victoria demócrata depositaría en la vicepresidencia a la senadora Kamala Harris, una moderada tan probada como la mayoría de los senadores demócratas que estarían sentados en el nuevo Congreso, todos ellos más centristas que el ala izquierda del partido.

Es cierto que Biden podría aumentar las tasas impositivas marginales que pagan las corporaciones y el uno por ciento de los hogares más ricos, lo que Trump y sus congresistas recortaron simplemente para entregarles a sus donantes y a las grandes corporaciones. Alrededor de 1.5 billones de dólares. Sin embargo, una tasa impositiva más alta tendría un impacto modesto en las ganancias corporativas. Cualquier costo se compensaría con creces cerrando las lagunas que permiten la evasión de impuestos y el traslado al exterior de las ganancias y la producción. La propuesta de Biden “Made in America” es una apuesta para producir más empleos, más ganancias y más producción en el territorio estadounidense.

Trump y sus compañeros republicanos ni siquiera se han molestado en formular una plataforma política para esta elección. Biden por el contrario ha propuesto un conjunto de políticas fiscales diseñadas para impulsar el crecimiento. Si los demócratas toman el control de ambas cámaras del Congreso y de la Casa Blanca podrían impulsar un mayor estímulo fiscal dirigido a los hogares, a los trabajadores y a las pequeñas empresas; además de realizar gastos e inversiones en infraestructura generadora de empleo en la economía verde. Los recortes impositivos apuntarían al sector de la educación, y también a propiciar la reconversión laboral y la innovación productiva para asegurar la competitividad futura. Las empresas privadas ya no serían aterrorizadas por el presidente con rabietas en Twitter.

Los demócratas también propician una suba del salario mínimo para impulsar los ingresos laborales y el consumo, junto con regulaciones más sensatas para reducir las emisiones de dióxido de carbono. Impulsarían políticas para restaurar cierto poder de negociación a los trabajadores y para proteger a los ahorristas de las instituciones financieras depredadoras. Además tendrían un enfoque mucho más sensato en materia de comercio, inmigración y política exterior, reparando las alianzas y asociaciones de Estados Unidos en el marco de una política de cooperación, en lugar de una contención de China, que solo resulta en pérdidas para ambas partes. Todas las propuestas de Biden serían buenas para el empleo, el crecimiento y los mercados.

Aunque Trump se postula como populista, es un aspirante a plutócrata; un pluto-populista. Así ha gobernado. Sus políticas económicas han sido desastrosas en el largo plazo para los trabajadores y la competitividad. Sus medidas en comercio e inmigración, que se anunciaron para fortalecer el empleo, han tenido el efecto contrario. Las “muertes por desesperación” que afligen desproporcionadamente a los trabajadores manuales y precarizados no han disminuido con el gobierno de Trump. Van unas setenta mil muertes por sobredosis de drogas en 2019 y la carnicería continúa.

Si Estados Unidos quiere ocupar los futuros puestos de trabajo de alto valor tendrá que capacitar a su fuerza laboral, y no adoptar el proteccionismo autodestructivo y la xenofobia.

La elección para los votantes que están preocupados por las perspectivas económicas de Estados Unidos no podría ser más clara. Biden es el único candidato presidencial en la historia reciente sin antecedentes de la Ivy League (1). Tiene más posibilidades que nadie de reconstruir la coalición demócrata y recuperar el apoyo de la clase trabajadora descontenta. Para los estadounidenses que se preocupan por su futuro y el de sus hijos, la elección correcta no podría ser más obvia.

(1) El término Ivy League se usa en el terreno de la política para referirse a las ocho universidades de élite con connotaciones de excelencia académica, selectividad en las admisiones y elitismo social.

Nota publicada originalmente en Project Syndicate

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