Entendió muy pronto de qué se trataba el rock y que la música era solo una parte del asunto. Jim Morrison fue también imagen, actitud, el odio a la quietud y no pocos toques de poesía. Murió joven, como casi no podía ser de otra manera.

Un mediodía de 1964 Morrison caminó hacia la rambla de Venice con un poema en el bolsillo trasero de su pantalón. Lo había escrito en la terraza del edificio sobre la calle Westminster, a dos cuadras del mar (hoy llamado Morrison Apartments en su honor), un edificio de dos plantas, con mayoría de monoambientes, bastante precario, adonde pasó la mayor parte de ese verano. Aquel día, por casualidad, se reencontró con Ray Manzarek, antiguo compañero de la UCLA, en donde cursaron la carrera de cine y cambiaron la historia de la música norteamericana.

Venice entonces era un barrio reservado, marginal, adonde iba a parar todo lo que no encajaba en una ciudad en expansión como era Los Ángeles, una ciudad extensa y plana, algo más libertina que el resto de EEUU, adonde todos pasan alguna vez pero nadie nunca termina de afincarse. Venice es como una gran vidriera que pone al descubierto todo lo disfuncional y ahí estaba Morrison, con su halo espectral, innato, esperando a ser descubierto. Su cuerpo era una atracción inevitable, cuando aún cursaba sus primeros estudios en Florida ya había sido seleccionado para publicitar el colegio ante las cámaras.

 

Posiblemente sea eso lo que vio Manzarek, al rock no se le pide tanto virtuosismo como actitud y a Morrison le sobraba. The Doors sale a escena justo cuando el género está sufriendo una transición y de los bares y pequeñas salas de concierto salta a los grandes escenarios, así es que el mismo Jagger viaja a visitarlo para pedirle consejos sobre cómo manejarse con grandes públicos y tienen aquella reunión en la habitación de ese pequeño motel sobre el bulevar La Ciénaga que Morrison había hecho su casa. Jagger se pone insistente sobre Brian Jones, quién estaba en las montañas en Marruecos, grabando la música en una tribu por recomendación de Burroughs. Posiblemente Morrison se sintiera identificado con éste a causa de esa inestabilidad de quién sólo sabe llevar las cosas hasta el final, actitud que llevaría a ambos al consumo y a muertes idénticas; uno en el fondo de una pileta y el otro de una bañera. Jones, un maestro en el manejo instrumental y Morrison en lo performático. Ambos jugando al límite y abusando de todo lo que tienen alrededor.

Morrison era lector de Nietzsche y su mejor discípulo, nadie representa mejor al superhombre. “Cuando todos ustedes se van a sus casas, cómodos, con sus familias, yo sigo con Los Doors”, le reprochó al resto de la banda alguna vez. Lo suyo era veinticuatro horas. Llevaba la psicodelia de los sesenta encima y estaba en el lugar indicado, una ciudad que luchaba cabeza a cabeza con Londres en la fundación del rock.

Let´s swim to the moon,

let´s climb to the tide,

penetrate de evening

that the city sleeps to hide.

No resultan extrañas las menciones a la noche, ni a las mareas, siendo que escribía desde aquella terraza del Morrison Apartments con vista al mar. Moonlight Drive. Estas mismas palabras podrían sonar algo cursis de no ser por la personalidad de quien las respaldaba. Más adelante, la evocación del océano y el No time to decide, el vértigo del viaje que es demasiado corto y no tiene retorno.

Aquel -casi un blues- se transformaría en el primer tema de la banda. A los de la costa Este -vinculados a Nueva York- les gusta tildar a los californianos de ingenuos, sin embargo, la música de Morrison es oscura y se encuentra habitada por el deseo constante de escapar y un conflicto existencial irresoluble: la vida es breve y a la vez insoportable. La temática no cambia, el desierto y la ruta, algo que atraviesa su vida, la síntesis entre un William Blake reapropiado por Huxley -de donde toman su nombre- y la filosofía nietzscheana.

Morrison y Manzarek son lectores de Ginsberg, Kerouac y Burroughs. La “epistemología de la música” los asocia con la generación Beat, tomando el lugar del Bebop de Parker y Gillespie, sin embargo, me suenan algo lejanos. Pero es en estas lecturas que se conectan, y quizá sea el viaje lo que los reúne a todos.

En términos formales no sabía mucho de música pero tenía muy claro adonde quería ir; el rock se puede tocar con tres acordes y eso no lo hace menos. Lo importante es cómo combinarlos y la libertad que brinden, no tiene una estructura formal. Los sesenta en adelante van a transformarse en la era de la imagen, y posiblemente sea eso lo que cautiva a Morrison y lo lleva a estudiar cine y a grabar su propia película en el 69: HWY: an american pastoral. El guión es casi inexistente, más bien está basado en una pequeña idea, un hombre que viaja por el desierto haciendo dedo se transforma en un asesino, temática que no resulta extraña a quién se encuentra hastiado de la existencia -afortunadamente, si hubo algún crimen en su vida no fue más que contra sí mismo-. El resultado final es un conjunto de imágenes inconexas cuyo principal atractivo es su figura y la recurrente referencia al desierto y la ruta. Morrison no sabía estar quieto en ninguna parte y el desierto le servía para pensar. A la primera -y única- presentación no pudo asistir por problemas legales: estaba preso, acusado de exhibicionismo. Luego se perdió para ser rescatada cuarenta años más tarde.

 

Fue en el desierto que se le atravesó aquella imagen, cuando era chico y viajaba con su familia de una costa a la otra –su padre era militar- y vio aquel camión (o dice que lo vio ya         que -según su hermana- solo pasaron frente a una reserva india) volcado, adonde una familia de nativos americanos agonizaba, llena de sangre, y el espíritu de uno de éstos se prendió a su alma. Este hecho marcó su vida para siempre, conectándolo con sus antepasados, y cobra presencia explícitamente en Peace Frog, de Morrison Hotel o Dawn´s Highway y Ghost song, del disco póstumo An American Prayer. Sin embargo, es posible intuirlo en la mayoría de sus canciones.

Su vida apagó rápido, un 3 de Julio de 1971, a los veintisiete, acorde a los inicios del rock y al vértigo de una generación que priorizaba la intensidad a la permanencia. Si fue una sobredosis o un suicidio da lo mismo, no hay autopsia ni investigación póstuma, y en EEUU su muerte no es dada a conocer, ya eran varias las figuras del rock que se iban jóvenes y al gobierno norteamericano no le interesaba esa publicidad. Cincuenta años después Morrison no deja de sonar y lleva vendidas más de cien millones de copias. Como diríamos acá, cada vez canta mejor.

La mañana es clara y la rambla se encuentra poblada. La playa de Venice es ancha -con un mar que en invierno se pone frío y revuelto- y se extiende hacia el norte, perdiéndose en los límites de Santa Mónica para morir en los acantilados de Malibu. Manzarek le cuenta que tiene una banda con sus hermanos, Rick and the ravens, en alusión a Poe, pero Morrison quiere gente nueva. Es entonces que despliega el poema, hincha su pecho frente al mar, sus pelos al viento, y se pone a recitar. Ray le pide que lo cante y o hace. Pero no es su voz, ni siquiera el sonido de sus palabras lo que lo cautiva, sino su ser, su ontología. Morrison es la síntesis del rock, como lo fue Hendrix o Charly en Argentina. Representa el pacto con el diablo -lo envuelve esa pureza-, a diferencia de Jagger, por ejemplo, quien también se atrevió a hacerlo pero cruzando los dedos. Es la idea que permanece oculta, lo que viene después son las sombras proyectadas sobre la pared.

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