“Campo minado”, estrenada en el San Martín, reunió a ex combatientes argentinos e ingleses para que hablen de su experiencia en las Islas. Una mirada sobre la guerra lejos de simplificaciones y maniqueísmos que lleva a repensar lo sucedido en 1982.

La “guerra de Malvinas” es muchas guerras. En el aire, en el mar, en la tierra. En Argentina y en Gran Bretaña, en las islas y en el Continente. En Patagonia y “en el Norte”. En la tele y en las trincheras. En la ficción y en la historia. En 2022 se cumplirán cuarenta años del conflicto; el gobierno de Alberto Fernández tiene el desafío –y la posibilidad- de decir algo diferente sobre una de las marcas más profundas y controversiales en la historia nacional. Pero la fecha redonda tiene más de desafío que de posibilidad, porque si hay algo que se presta tanto a los lugares comunes como a las posiciones irreconciliables es, precisamente, el conflicto por las islas de 1982.

Si una virtud tiene Campo Minado, la obra de Lola Arias, es la de molestar, incomodar, e invitar a cuestionar (nos), al mismo tiempo que recuerda a los espectadores algo tan elemental como que las causas, los símbolos, los límites en los mapas, encarnan en personas de carne y hueso. Pasaron casi cuarenta años de aquellos días grises entre abril y junio, y los “chicos de la guerra” ya son en muchos casos sesentones (como recuerda resoplando uno de los actores al actuar su entrenamiento como “marine”). Argentinos y británicos, cada uno en su idioma, cuentan sus distintas perspectivas sobre los días que vivieron en peligro, sobre la muerte de sus compañeros y las de sus enemigos, sobre la imposibilidad del olvido individual aun cuando una sociedad decida mirar para adelante.

Hay que celebrar, dentro de la tristeza de lo que la obra evoca a través de la melancolía que la atraviesa, que seis veteranos convocados por Lola Arias, tres por cada país, se hayan atrevido a exponer y compartir sus recuerdos para conmover a los espectadores. Campo Minado es una obra sobre la experiencia de guerra, y no sobre el conflicto diplomático. Son seis experiencias posibles entre miles, algunas bien conocidas para quienes nos especializamos en el tema, o son parte del “mundo malvinero”: la historia de la casa de “los soldados del bote” en el Murrell, cuando un grupo de conscriptos argentinos voló en pedazos por ir a robar comida a una casa isleña al pisar una mina argentina; Lou, el inglés que hasta el día de hoy se lamenta de que el argentino que murió en sus brazos le haya hablado en su propio idioma.

Son fragmentos de memorias unidos por momentos comunes a todos los que vivieron la guerra: la movilización, la experiencia de combate, la muerte, la posguerra. Cuentan una historia y obligar a los espectadores a preguntarse acerca de sus propias convicciones; las de entonces, las de ahora. No se trata de si las Malvinas son o no argentinas, si los británicos tenían derecho a atacar una vez producido el desembarco argentino. La obra es esencial porque habla de la vida y la muerte, de los medios y los fines.

La experiencia de guerra no agota la cuestión sobre el colonialismo o sobre el territorio en disputa ni mucho menos, que es la crítica más fácil que se le podría hacer a la obra. De hecho, uno de los personajes, un antiguo soldado gurkha, muestra con su propia historia la realidad de las tropas “coloniales” en el mundo imperial. Queda dicho: Campo Minado nos habla de la guerra y de sus consecuencias, y no de una disputa diplomática. Pero hay que hacer un esfuerzo, el que la obra invita a realizar, para dejar de ver aquellos meses, y, más ampliamente, el “tema Malvinas”, a través de esas anteojeras.

En todo caso, la situación colonial, la dictadura en la Argentina y el gobierno conservador en Gran Bretaña, son el marco histórico que produjo que muchas vidas (las seis que conocemos en la obra, por ejemplo) fueran atravesadas por una experiencia límite. Claramente, no son experiencias equiparables, como no lo son en ningún caso ni en ningún análisis. Pero son seis historias de vida acerca de la guerra y sus consecuencias.

Seguramente la obra no será del gusto de paladares muy nacionalistas o poco dispuestos a discutir. Pero es imprescindible para pensar los supuestos de los que partimos, no solo al “pensar Malvinas” (como titulamos en su momento un libro en el Ministerio de Educación) sino las formas en las que construimos comunidad. La canción del final, tocada y cantada por los seis veteranos – actores no solo pregunta a los espectadores si alguna vez estuvieron en la guerra, o si alguien murió en sus brazos. Pregunta, por ejemplo, por qué estarían dispuestos a matar. La vieja pregunta sobre medios y fines traducida a la revelación de quiénes son los que  pagan las consecuencias de lo que gritamos en una plaza, cantamos en una cancha, aprendemos en la escuela. Por eso Campo Minado es fundamental.

Entendí, ni bien tuve la oportunidad de pisar las islas (cosa que hice tres veces ya) la insoslayable obligación de no cerrarse intelectualmente a reconocer que hay distintos niveles y aproximaciones al conflicto. Supe que una experiencia no da legitimidad ni verdad ni exclusividad, pero que a la vez una causa no debe cerrarle la boca a nadie. Y en una sociedad que se ha acostumbrado a ser binaria, alguien, algunos, algunes que se atreven a llamar la atención sobre nuestras contradicciones y la complejidad de las simplificaciones merecen mi aplauso, mi respeto, y mi acompañamiento, pues así van: caminan por un campo minado del que no hay planos.

Desde mi perspectiva, después de haber estudiado durante años la guerra y la posguerra, creo que Campo Minado trae al presente, durante su puesta, el clima desolador, el ambiente hostil, la absoluta soledad, más allá de los compañeros, los que volvieron y los que no, que afrontaron y afrontan quienes fueron a la guerra en nombre de su pueblo, soldados profesionales o no. Hay una escena particularmente perturbadora: aquella en la que, frente a frente, argentinos y británicos se arrojan, como en un pingpong, los lugares comunes y los prejuicios que cada bando tenía sobre el otro, y como se tradujeron en el frente (“ustedes hundieron el Belgrano fuera de la zona de exclusión”; “ustedes pusieron cañones entre las casas de los civiles”).

Campo Minado no diluye la política en la experiencia; pone en acto aquello de que lo personal es político, encarnado en estos seis corajudos veteranos que han superado sus propios fantasmas, miedos y experiencias. Más que “igualar” a partir de lo vivido (todos sufrieron, todos mataron, algunos murieron) demanda una respuesta acerca de qué hacer con Malvinas, esa herida sangrante y corrosiva, que como la sangre de San Genaro, se vuelve a licuar en cada aniversario para mantener el ritual y el milagro y que nada se mueva un ápice.

 

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