Las convocatorias a una imprecisa “unidad” de la oposición frente a las políticas de ajuste salvaje del gobierno y con vistas a las elecciones presidenciales del año próximo parecen más una estrategia de acumulación de factores dispersos que una propuesta seria de construcción política con un programa de gobierno.

Tarde, muy tarde, buena parte de los sectores que se ubican en el llamado “arco opositor” empiezan a ver que solos no pueden. Que de a uno, aun en este contexto de precarización económica y pérdida de derechos que sufre la mayor parte de la sociedad, el macrismo se los come fácil, como a peces chicos.

La palabra “unidad”, que deliberadamente nadie define con precisión, suena aquí y allá, casi como una revelación de que ese es el camino para acabar con la inocultable destrucción de la Argentina que perpetra el gobierno de Cambiemos.

Sin embargo, la entrada en escena de la unidad cual prima donna no es producto de una un salto cualitativo en la conciencia de parte de la dirigencia política sino el resultado de un simple cálculo: queda un año para las elecciones y mucho menos para las PASO, los tiempos se acortan y hay que sumar fuerzas para seguir prendidos en el juego de la democracia representativa.

No se trata tanto de desalojar al macrismo de la Casa Rosada porque está haciendo un daño enorme sino de recuperar poder que brinda el manejo del aparato del Estado, aunque nadie tampoco diga con precisión para qué más allá de la fórmula discursiva de devolverle el bienestar a los compatriotas que tan mal la están pasando.

Para decirlo claro: hasta ahora la vocación de “unidad del peronismo” parecer ser una nueva etapa del juego de saltimbanquis que tan bien sabe jugar en beneficio propio la mayoría de los dirigentes políticos argentinos. Dicen – con unas u otras palabras – que la unidad es una exigencia de la hora, un reclamo que se escucha cada vez más en la calle y que se consolida en las luchas y movilizaciones, pero buscan soluciones en reuniones y acuerdos que nunca trasponen las puertas del palacio.

Entonces Hugo Moyano -el hombre que puso parte del aparato sindical al servicio de la victoria electoral de Macri – le dice a Cristina Fernández de Kirchner que tenía razón con lo del impuesto a las ganancias y la expresidenta sonríe sin reprocharle nada; entonces Felipe Solá rompe el Frente Renovador y arma un nuevo bloque más proclive a negociar con el kirchnerismo no sólo la oposición en el Congreso sino lugares que se transformen en candidaturas.

Aunque, claro, todos simulen jugar el juego del desprendimiento personal y aseguren que, con lo mal que lo está pasando la gente, no es momento de hablar de candidaturas. Que las candidaturas son lo de menos, que se resolverán en las PASO o con acuerdos generosos, que lo que importa es la fucking unidad.

Las palabras que se eligen son reveladoras. Se habla de “unidad” y no de “frente”, una propuesta organizativa que CFK puso en discurso en su anterior campaña electoral y que cayó en un poco inocente olvido.

Conviene detenerse en estas palabras. Más allá de la definición de uno y otro término, sus resonancias políticas y las prácticas que conllevan son bien diferentes.

Hasta ahora, en su deliberada imprecisión, la tan mentada “unidad” suena a arreglos superestructurales, a roscas entre dirigentes, a reparto de lugares, a una acumulación que pone en suspenso su heterogeneidad pero que una vez logrado el fin buscado, ganar una elección, sus partes se desprenden como piedras que ruedan de una montaña que nunca fue sólida. Y de nuevo cada cual atiende su juego.

La palabra olvidada, el “frente”, exige otro tipo de participación, la discusión y la elaboración de un programa que implique un compromiso a cumplir y cuyos términos y objetivos estén claramente definidos ante la sociedad. Un frente programático compromete a mucho más que ganarle una elección al oficialismo y sacarlo de la Casa Rosada, implica un programa de gobierno que se deberá ejecutar.

Este programa debería clarificar, por ejemplo, qué se hará con la deuda externa, cuál será la política monetaria, cómo se renovará la Justicia, de qué manera se recuperarán la producción y el trabajo, cuál será la política previsional, qué recursos de destinarán a educación, salud, ciencia y tecnología, seguridad, etcétera.

No se trata, entonces, de constituir una unidad definida solo por su posición antigubernamental – o simplemente “resistente” al ajuste salvaje que está perpetrando Cambiemos – sino de un espacio de construcción política para llevar adelante una “contraofensiva” que vaya más allá de la coyuntura electoral y que comprometa a sus dirigentes con la sociedad.

También requiere un armado más amplio que la mera “unidad del peronismo” y los pequeños satélites políticos que orbitan alrededor del kirchnerismo.

La experiencia reciente ha demostrado que los dirigentes suelen incumplir sus promesas y compromisos. El desbande de los integrantes de las listas del Frente para la Victoria en 2015 es un ejemplo contundente. En ese sentido, quedan claros los errores de conducción política y de armado de listas cometidos por la expresidenta. Pero la falla básica no se encuentra en esos errores personales sino en las características mismas de la construcción.

Por eso es impensable la construcción de un frente programático sin mecanismos democráticos más horizontales. El debate y la acción para promover la construcción de nuevos sujetos políticos en la base, conscientes de sus derechos y de su poder, capaces de constituirse en dirigentes -o, en el menor de los casos, de exigir activamente una representación real de sus intereses por parte de sus dirigentes – resulta insoslayable si no se quieren repetir fracasos y frustraciones.