La muerte de Néstor Kirchner, hace 8 años, el 27 de octubre de 2010, significó un duro golpe para un proyecto que había sacado a la Argentina de la peor crisis de su historia. En momentos en que otro gobierno está destruyendo nuevamente el país, esta nota repasa con datos duros y algo más el gobierno que condujo desde el 25 de mayo de 2003 hasta el 10 de diciembre de 2007.

El 25 de mayo de 2003, con la débil legitimidad que le otorgaban el 22% de los votos y una segunda vuelta electoral frustrada por la huida de Carlos Menem, Néstor Kirchner convocó, ante la Asamblea Legislativa pero a todo el pueblo argentino, “a inventar el futuro”. Era un presidente casi desconocido, impensado, por ese tiempo mucho menos conocido que su mujer, la senadora. También era el hombre que el senador a cargo de la presidencia Eduardo Duhalde – obligado a retirarse después de los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán – había elegido como candidato para seguir manejando los hilos del poder desde las sombras. Y ni siquiera había ganado la primera vuelta electoral, sino que había quedado segundo, detrás de Menem.

Por entonces, “inventar el futuro” sonaba – en la Argentina hundida en el suelo de la pobreza, el hambre, la desocupación, el endeudamiento y la desesperanza – a tres significantes vacíos metidos en un paquete que les otorgaba una hueca sonoridad. Incluso después de que Kirchner definiera de qué se trataba en el discurso inaugural de su presidencia: “Por mandato popular, por comprensión histórica y por decisión política ésta es la oportunidad de la transformación, del  cambio cultural y moral que demanda la hora. Cambio es el nombre del futuro”.

Fue un discurso de menos de seis mil palabras donde el nuevo presidente desgranó – para un pueblo que se debatía entre el escepticismo y la ilusión de una esperanza – un diagnóstico de situación y los lineamientos gruesos de lo que, decía, sería su gobierno. Néstor Kirchner le hablaba a un país que había sido sometido a la invisible dictadura de los mercados, a una Argentina en la cual la institución presidencial había sido reducida al sillón gerencial desde donde quien apoyaba el culo ejecutaba sin anestesia las políticas del capitalismo financiero globalizado. “Se intentó reducir la política a la sola obtención de resultados electorales; el gobierno, a la mera administración de las decisiones de los núcleos de poder económico con amplio eco mediático, al punto que algunas fuerzas políticas en 1999 se plantearon el cambio en términos de una gestión más prolija pero siempre en sintonía con aquellos mismos intereses. El resultado no podía ser otro que el incremento del desprestigio de la política y el derrumbe del país”, decía entonces el nuevo Presidente. Y proponía: “En nuestro proyecto ubicamos en un lugar central la idea de reconstruir un capitalismo nacional que genere las alternativas que permitan reinstalar la movilidad social ascendente (…) Para eso es preciso promover políticas activas que permitan el desarrollo y el crecimiento económico del país, la generación de nuevos puestos de trabajo y una mejor y más justa distribución del ingreso. Como se comprenderá el Estado cobra en eso un papel principal, es que la presencia o la ausencia del Estado constituye toda una actitud política”.

Esas definiciones – como muchas otras que poblaban el discurso – eran claras y en su mayoría novedosas luego de más de una década en la que el neoliberalismo había logrado demonizar al Estado para poder destruirlo. Sin embargo, la pregunta del momento era si se podía creer en ellas. Si se le podía creer a un Néstor Kirchner que, además, decía de dónde venía y prometía que iba a ser fiel a esos orígenes: “Formo parte de una generación diezmada. Castigada con dolorosas ausencias. Me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a los que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada. No creo en el axioma de que cuando se gobierna se cambia convicción por pragmatismo. Eso constituye en verdad un ejercicio de hipocresía y cinismo. Soñé toda mi vida que éste, nuestro país, se podía cambiar para bien”.  Y que antes de atravesar, por primera vez como presidente, la puerta de la Casa de Gobierno se zambullía en la Plaza para darse un abrazo con el pueblo.

La perspectiva que da el tiempo le permite al cronista responderse esa pregunta de la mejor manera posible: con la enumeración de los hechos de Néstor Kirchner, con la fuerza de la realidad de sus cuatro años de gobierno. Ahí van algunos de los concretados entre 2003 y 2007:

  • Renovó de manera clara y transparente la Corte Suprema de Justicia, que había sido transformada por el menemismo en un apéndice de la Casa de Gobierno.
  • Logró la anulación de las leyes de impunidad, lo que permitió volver a juzgar a los responsables del genocidio cometido por la dictadura cívico militar.
  • Comenzó a transformar las Fuerzas Armadas para ponerlas al servicio de la democracia, desplazando a los nostálgicos de la dictadura y derogando el Código de Justicia Militar.
  • Tomó las decisiones políticas y económicas necesarias para que la Argentina creciera, durante esos cuatro años, a una tasa promedio del 8.5% anual. Era, hasta ese momento, el período más largo de crecimiento de los últimos 100 años.
  • Llevó las casi inexistentes reservas del Banco Central de 11.048 millones a 46.176 millones de dólares.
  • Con una negociación firme e imaginativa redujo sensiblemente la deuda externa: de 192.000 millones a 145.000 millones de dólares.
  • Pagó los 9.810 millones de dólares de la deuda que el país mantenía con el Fondo Monetario Internacional y así le quitó la injerencia casi dictatorial que ese organismo financiero tenía sobre la economía argentina.
  • Redujo la tasa de pobreza del 54% al 26,6%.
  • Redujo el índice de indigencia del 27,7% al 9%.
  • Bajó el desempleo del 17,8% a 8.5%.
  • Incrementó el salario real en un 103%. Su participación del PIB pasó del 34.3% en 2003 al 41.3% en 2007. La suba en el salario real fue más fuerte (entre 150% y 300%) en la construcción (313%), material de transporte (186%), explotación de minas y canteras (158%), producción de metales (154%) y hoteles y restaurantes (150%). El salario mínimo vital y móvil pasó de 200 a 980 pesos.
  • Incrementó la tasa del empleo del 36.3% en 2003 al 42.0% en 2007. Asimismo redujo el índice de subocupación del 17.7 al 8.2% en ese mismo período.
  • Aumentó la jubilación mínima de 220 a 626 pesos.
  • Reactivó la industria. Por ejemplo, la producción de electrodomésticos subió de 750.000 unidades producidas en 2003 a 2.175.000 en 2007.
  • Incrementó las exportaciones de productos agropecuarios. La de maíz  aumentó de 11.648 toneladas a 14.667 toneladas. La de soja aumentó de 8.850 a 12.028 toneladas.
  • Recuperó para el país el Correo Argentino, Tandanor, Yacimientos Carboníferos Río Turbio y Aerolíneas Argentinas.
  • Llevó la inversión en Educación al 6% del PBI.

La lista podría ser mucho más larga. Es apenas un repaso a vuelo de pájaro de cuatro años que cambiaron profundamente la realidad de los argentinos.

En aquel discurso inaugural del 25 de mayo de 2003, ese casi desconocido llamado Néstor Kirchner hizo también otra propuesta: “Vengo a proponerles un sueño. Reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como Nación. Vengo a proponerles un sueño, que es la construcción de la verdad y la justicia. Vengo a proponerles un sueño, el de volver a tener una Argentina con todos y para todos”.

Después de zambullirse en la Plaza para abrazarse con el pueblo,  atravesó las puertas de la Casa Rosada con la mochila de sus convicciones para empezar a hacer realidad ese sueño.

Esta nota fue publicada en Miradas al Sur el 26 de mayo de 2013