Escrito en inglés, fue fundado en 1876 como un diario para la comunidad británica. Durante la última dictadura cívico militar fue casi el único medio que denunció las violaciones de los derechos humanos.  Dejará su ejemplo como exponente de un periodismo digno que escasea cada día más en estos tiempos de blindaje mediático.

Cada vez que un medio despide empleados o directamente cierra, decenas, cientos, miles de trabajadores quedan en la calle. No sólo periodistas, sino fotógrafos, ilustradores, imprenteros, obreros de la preprensa, publicistas, diagramadores y otros profesionales sin los cuales no hubiera salido ni una página.

La lista es larga, pero algunos casos son llamativos. Ocurre que, como Veintirés, muchos diarios y revistas híbridos (salen en papel y a la vez en Internet) de la Argentina y del mundo, si no están ligados al poder económico, mueren dos veces. Primero deciden dejar el papel y salvar la marca como puedan mediante la versión digital y luego desaparecen.

En su despedida, los directivos de The Buenos Aires Herald escribieron el 26 de octubre del año pasado, cuando el diario dejó de salir diariamente, o sea que murió: “Hemos transitado un largo camino desde nuestros humildes orígenes como un periódico de una sola página. Muchas cosas han cambiado en estas décadas y, en los últimos tiempos, el Herald ha atravesado severas dificultades. Si bien fue anunciada la continuidad con periodicidad semanal, sería necio negar que semejante cambio nos duele, a la vez que refleja, en cierta manera, la crisis de la industria de los diarios”.

Robert Cox rumbo al exilio.

La crisis aludida no es nueva ni exclusiva de la Argentina. Los medios pequeños o sin respaldo público caen y los grandes o con respaldo de grupos económicos se expanden. En el siglo XIX, La Nación y La Prensa nacieron gracias al apoyo y el financiamiento del Estado, producto de la masacre contra el Paraguay en la llamada “Guerra de la Triple Alianza” –como bien señalaron Alejandra Ojeda y Julio Moyano en una de sus investigaciones- y subsistieron luego como empresas prósperas. Pasaron crisis sucesivas y La Prensa comenzó su decadencia luego de que durante el peronismo fuera intervenida. Pero no se trató de la calidad del periódico, al menos según dijo José Claudio Escribano en una entrevista que le hiciéramos en la revista Perspectivas en Historia de los Medios. Los responsables de la intervención fueron los dirigentes de la CGT e hicieron “un diario digno” según el periodista que está lejos de ser peronista.

La Prensa cayó porque un diario naciente, encabezado por un empresario pícaro, Roberto Noble, aprovechó la intervención para quedarse con los avisos clasificados, que eran el motor financiero del viejo cotidiano. Clarín se hizo grande y La Prensa comenzó a morir de a poco. Todavía no llegó su último día, pero apenas respira.

Oh, my God!

Junto a La Nación y La Prensa, uno de los diarios más antiguos del país es The Buenos Aires Herald, que nació en 1876, fundado por el inmigrante escocés  William Cathcart. Fue un periódico liberal (al estilo anglosajón) de lectura recomendada por muchos profesores de inglés y una compañía inevitable en las casas de la colectividad británica en la Argentina.

En 1998 cayó en manos de empresarios estadounidenses, que serían sus propietarios hasta que en 2007 hiciera el triste circuito de otros medios argentinos: Szpolski, Amfin (Ámbito Financiero) hasta desbarrancar hacia el comienzo del actual Gobierno.

Uki Goñi con el Herald.

Dejamos un hueco en esta larga historia y lo hicimos con toda la intención: la dictadura militar de raíz cívica (o cívico-militar), durante la cual el diario editado en inglés se convirtió en una de los pocos espacios en los que las víctimas encontraron quienes los escucharan. El periódico por el que pasaran periodistas y columnistas de la talla de Robert Cox, Andrew Graham-Yooll, James Neilson, Dan Newland o, más recientemente, Nicolás Tereschuk y Sebastián Lacunza, sufrió el golpe, literalmente.

Exiliado cuando su vida corría peligro, Robert Cox dijo en 1979 a la revista Medios y Comunicación, citada por Eduardo Blaustein y Martín Zubieta en su libro “Decíamos Ayer”:

“…Sucede que uno se plantea el hecho de que este diario (…) existe desde hace más de un siglo y por lo tanto debe tener una razón para existir, y esa razón es que tiene que ser un diario honesto. Siempre ha sido nuestra decisión –sin pretender ser heroico- de que ante el temor de no poder seguir saliendo, se debían correr los riesgos y publicar lo que correspondía.”

Oh, my God!

La segunda muerte, o la caída final, se anunció ayer 31 de julio, cuando finalmente The Buenos Aires Herald dejó de salir. Los mismos medios que se concentraron durante décadas y hasta más de un siglo, que constituyeron un conglomerado de ideas únicas y pasaron a formar parte de un gobierno, directa o indirectamente, se rasgaron las vestiduras porque “el empresario K” Cristóbal López fue quien dio la pitada final. No dicen cuánto hicieron para ahogar a los medios que no fueran parte del poder –antes, durante y sobre todo después del gobierno kirchnerista. No hablaron de Papel Prensa, de la legitimación de la dictadura, cuando los fusilamientos de desaparecidos o presos eran “muertes en un enfrentamiento con subversivos” o de su participación en los más diversos procesos políticos y sobre todo militares. Menos aún de la posición frente a la pauta oficial, un tema discutible, porque todos los ciudadanos pagamos la pauta privada cuando compramos desde una gaseosa hasta un auto. Nada dijeron sobre cómo la pauta oficial que era su preocupación mayor pasó a sus manos, como la transmisión del fútbol, las telecomunicaciones y otros negocios. Tampoco explicaron cómo logran enormes ganancias mientras despiden a trabajadores, los obligan a jubilarse prematuramente o les ofrecen “retiros voluntarios”.

The Buenos Aires Herald marcó como pudo, en un idioma que no era el del país, una trayectoria y un tipo de periodismo que fue digno, riguroso y respetuoso. No son virtudes que todos puedan exhibir.