Un cuento de Miguel Angel Molfino para Socompa. Ha publicado: Versiones y per versiones (aguafuertes); El mismo viejo ruido (cuentos); Prosas escogidas; Un libro raro (relatos); La mágica aldea del crepúsculo (haikús); Monstruos perfectos (novela); La Polio (novela; Y colorín, colorado, tu vida se ha terminado (nouvelle); Pampa del infierno (novela). Ilustración: Sanyú.

El Teorema de los Caballos Muertos en el Camino

 

Cada vez que mamá me anunciaba que viajaríamos al día siguiente, la noche previa era fatal: me subía la fiebre y me sentía muy enfermo, tenía pesadillas (normalmente soñaba que Superman se multiplicaba en decenas de Superman y se convertían en postes telefónicos), y mamá me acompañaba hasta que me dormía.

Pero esta vez papá y mamá decidieron viajar toda la noche. Lucy, mi hermanita, hacía poco que había cumplido cinco años y siempre tenía miedo. Es cierto, era muy miedosa y la aterraban los gatos, bah, los animales en general. A los tres años estuvo por tirarse de una ventana cuando vio que un gato se había colado a la casa por la ventana de la cocina.

Yo no tuve tiempo ni oportunidad de descomponerme como era habitual, la novedad de viajar bajo las estrellas me sonaba como una gran aventura.

Hacía un frío tremendo, el vidrio de la ventanilla estaba helado al tacto pero nos habían abrigado como para ir al Polo Norte.

Aquella noche atravesamos la oscuridad de unas arboledas que parecían cuchillos grises. No había luna, tampoco se veían luces lejanas, todo indicaba que nadie vivía por allí. El olor a nafta, de a poco, me empezó a parecer insufrible pero si papá lo soportaba yo no podía hacer menos. Mamá cantaba en voz baja, era como un lamento muy suave y agradable. Imaginé que así deberían de escucharse las sirenas en la oscuridad del mar.  Me empezó a agarrar sueño. Mi hermanita parecía un gatito acurrucado durmiendo en el asiento. La cubrí con su camperita. Y volví a mirar por la ventanilla. Con el dedo dibujé un elefante y escribí Amelia que era el nombre de una nena del sexto B. Yo decía que era mi novia pero no lo era, era la más linda de la escuela. Trataba de jugar siempre con ella en los recreos y todos mis amigos me cargaban. Súbitamente borré las letras, temí que papá o mamá voltearan, vieran su nombre  y me preguntaran quién es.

Me estaba dando hambre. Mamá había preparado para el viaje unos sandwiches de jamón, queso y tomate, con mayonesa. Se me hizo agua la boca. Le dije que tenía hambre, apoyando los antebrazos en el respaldo del asiento delantero. Ella, sin mirarme, me dijo que esperara, que recién había pasado una hora desde que salimos. No seas ansioso, Hernancito, dijo papá sosteniendo con firmeza el volante, como si estuviera a punto de alunizar.

Me eché para atrás y me puse a recorrer el cielo. Las estrellas parecían talco en la negrura, muy remotas, tanto que daba vértigo pensar en su altura. Traté de calcular la cantidad de astronautas que podrían estar girando en el espacio a esa hora. Hice números y me dije que alrededor de diez rusos  y treinta norteamericanos andarían allá arriba esquivando estrellas o rumbo a la luna. Me encantaba la idea de ser astronauta pero yo siempre tuve mucho vértigo: me asomo a un balcón, me mareo y me dan ganas de vomitar. Imposible. Prefería ser arqueólogo, estar cavando en la tierra, meterme en una caverna, no me asustaba en absoluto. Además, visitaría las pirámides de Egipto y andaría en camello todo el día.

De pronto, papá detuvo la Estanciera y la estacionó en la banquina. Mamá, que venía medio dormida, se sobresaltó y preguntó ¡qué pasa, Rulo! (A papá le dicen Rulo pero es pelado, otro misterio del universo)

  • Hay algo tirado más atrás, en la banquina – su voz parecía doblada para una serie de la tele.
  • Ay, Rulo, por qué no seguimos, no te metas en problemas…
  • Ya vuelvo, que no se despierten los chicos…- dijo papá abandonando el vehículo. Sentí que entrábamos en acción.

Lucy se despertó lloriqueando, yo quise bajar para acompañar a papá y mamá pegó un grito que debió haber matado del susto a la mitad de los pájaros que dormían en los árboles.

  • ¡Nadie se mueve de aquí! –

El silencio regresó más hondo. Papá estaba en cuclillas tocando algo enorme que estaba tirado entre los pastizales. Vimos que nos hacía señas invitándonos a su sitio.

Mamá bajó enojadísima, Lucy y yo corrimos entusiasmados hasta donde estaba papá. La luz trasera de la estanciera apenas iluminaba el sendero despeinado de la banquina. Fue entonces que mi hermana pegó un alarido tremendo. Papá se levantó de un salto, yo me resbalé y mamá empezó a gritar:

  • ¡Qué nos estás haciendo, Rulo, basta!
  • Se está muriendo –dijo papá señalando ese montículo oscuro- no se acerquen demasiado que el pobre está sufriendo y los puede atacar…

A medida de que nos acercábamos fui distinguiendo el cuerpo echado y nervioso de un caballo. Se veía furioso. Tenía una fea herida en la panza, llena de sangre, pero yo no quería mirar.

Mamá sufrió un par de arcadas y salió corriendo en dirección de la Estanciera. Lucy, que tanto temía a los animales, contemplaba la agonía del caballo con una sonrisa triste.

  • ¿Se está muriendo? – me preguntó.
  • Chicos, no se acerquen, está muy mal este animal – dijo papá.

Papá se retiró unos metros y Lucy se adelantó hasta quedar junto al caballo.

  • Lucy, ¡salí de ahí! – gritó papá.

Lucy se arrodilló junto a la enorme cabeza del animal. Y lo empezó a acariciar. Alcancé a divisar los ojos del caballo cómo se hacían dulces. Quedó inmóvil, solo conmovido por su respiración agónica.

Lucy empezó a cantarle en una oreja. El animal cerró sus grandes ojos asustados, el enorme y lastimado vientre inició una respiración más apacible. Papá me había tomado de los hombros, mirábamos la escena como hipnotizados.

Sentí bruscamente la intensidad del frío de la noche. Me salía humito de la boca.

En un momento, Lucy nos miró y dijo:

  • Vámonos, papá, el caballito ya se durmió.

Se irguió y comenzó a caminar resuelta, como si hubiera madurado en esos minutos, algo que fue desmentido al rato cuando se le dio por patalear para que le conviden unos Nugatones.

Cuando retomó papá el camino, por la luneta trasera miré al caballo muerto hasta que la noche lo hizo invisible.

El mundo se me apareció como un problema difícil de resolver.

Era como un teorema –pensé- el Teorema de los Caballos Muertos en el Camino.