La revista Mascaró invitó a uno de los periodistas de Socompa a escribir sobre Perón, para su nota de tapa. El tipo la resolvió como pudo, inspirándose en la Meditación del marco, de Ortega y Gasset, que en lugar de escribir sobre una pintura escribió sobre el marco que la exponía, y entonces escribió sobre los balcones de la Rosada. Con Perón adentro, claro.

Escribir de Perón. Escribir sobre Perón. ¿Qué escribir de/sobre Perón? ¿Cómo escribirlo? ¿Escribir sobre el hombre que marcó de manera única la historia política argentina? ¿O escribir sobre un significante – el significante Perón – tan polisémico, tan revulsivamente lleno de sentidos contradictorios?

Demasiadas preguntas para abordar a un hombre que produce tantas certezas diferentes, contradictorias, complementarias, opuestas, apasionadas: Perón, el primer trabajador; Perón, el tirano (prófugo o no); Perón, el industrializador; Perón, el fascista; Perón, el conciliador de clases; Perón, el de Cooke, Jauretche y Hernández Arregui; Perón, el de Osinde, Norma Kennedy y López Rega; Perón, el revolucionario de la “juventud maravillosa”; Perón, el viejo traidor hijo de puta; Perón, Perón, qué grande sos…

Demasiada polisemia también, de esa que solía encarnarse en chicanas en las discusiones de militantes en la década de los ’70.

Por ejemplo:

-¡Perón, Evita, la Patria Socialista!

-No, che, es: ¡Perón evita la Patria Socialista!

O esta otra:

-Cooke dice que el peronismo es el hecho maldito del país burgués.

-Si, del país burgués pero, ¿para quién es maldito?

En Meditación del marco, José Ortega y Gasset se plantea la cuestión de la tiranía del espacio, de lo abordable en la extensión limitada de un texto. Tiene – dice – apenas un pliego para escribir sobre un solo objeto de los que hay en la habitación donde escribe. Hay allí, en las paredes, un cuadro; pero un cuadro le resulta inabarcable, imposible en un solo pliego. Ortega y Gasset resuelve el problema de manera sencilla: escribe sobre el marco del cuadro.

Quizás entonces la solución para este texto -que no es, por supuesto, el de un historiador, y tal vez tampoco el de un periodista, sino el de un argentino más, uno de millones, marcado por la impronta que dejó Perón en nuestra historia – sea encontrarle un marco al cuadro, abordar al hombre desde un espacio que lo contenga.

La solución es panorámica: es un balcón. El de la Casa Rosada.

Un balcón que en realidad son dos balcones entre los cuales se desarrolla un trayecto. El primer y el último balcón de Perón: el del 17 de octubre de 1945 y el del 12 de junio de 1974.

Dos balcones de Perón. ¿O son dos Perones en un mismo balcón? Hay que joderse con las preguntas.

Los dos balcones son a Plaza llena, pero el coronel del 17 de octubre de 1945 y el teniente general – presidente de tercer mandato del 12 de junio de 1974 – utiliza(n) dos diferentes sentidos para recibir lo que hay, lo que ocurre en la Plaza de Mayo. Desde el primero, lo ve; desde el segundo, lo escucha.

Perón mismo se lo dice al pueblo en cada oportunidad.

Lo dice la noche del 17 de octubre, al final de su discurso:

“He dejado deliberadamente para lo último, el recomendarles que, al abandonar esta magnífica asamblea, lo hagan con mucho cuidado. Recuerden que ustedes, obreros, tienen el deber de proteger aquí y en la vida a las numerosas mujeres obreras que aquí están (…) Y ahora, para compensar los días de sufrimiento que he vivido, yo quiero pedirles que se queden en esta plaza, quince minutos más, para llevar en mi retina el espectáculo grandioso que ofrece el pueblo desde aquí”.

Y lo dice la tarde del 12 de junio, en el que intuye que será su último discurso, su despedida. Y lo dice también al final del discurso:

“Compañeros, con este agradecimiento quiero hacer llegar a todo el pueblo de la República nuestro deseo de seguir trabajando para reconstruir nuestro país y para liberarlo. Esas consignas, que más que mías son del pueblo argentino, las defenderemos hasta el último aliento. Para finalizar, deseo que Dios derrame sobre ustedes todas las venturas y la felicidad que merecen. Les agradezco profundamente el que se hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”.

¿Qué ve Perón en el primer balcón y qué escucha en el último?

En el primero ve -descubre – un poder que no había imaginado.

A ese balcón lo había llevado, forzando al poder que buscaba desplazar a ese incómodo coronel, una enorme y sorprendente movilización popular. Hacía apenas unos días había dejado por escrito – desde la isla Martín García, donde lo tenían confinado – en una carta a Eva Duarte que pensaba en retirarse del Ejército, casarse con ella e irse a vivir al Sur, alejado de la política.

Después del balcón – mientras estaba en el balcón, casi a medianoche, viendo la plaza llena – descubrió que su futuro sería distinto, que podría ser el próximo presidente de la Argentina, consagrado en las elecciones que el gobierno acababa de convocar para febrero del año siguiente.

Nadie, ni siquiera él, había esperado la movilización multitudinaria de ese día, producto de una inesperada confluencia de sectores e intereses que no era fácil de explicar.

No fue el coronel Perón quien hizo el 17 de octubre. Fue el pueblo movilizado el que hizo el 17 de octubre y, al hacerlo, construyó – produjo, parió – a un nuevo Perón.

Y lo hizo una movilización casi desarticulada, con varias pequeñas conducciones que, al confluir en la Plaza, se transformó en una masa que Perón supo – al verla– que podía organizar y liderar.

“Cuando pienso en cómo se produjo el 17 de octubre evoco El asesinato en el Expreso de Oriente, esa novela policial de Agatha Christie donde todos los pasajeros participan del crimen. No hay un solo asesino sino muchos. En ese sentido, podríamos decir que del 17 de octubre participaron, de alguna manera, gran parte de la clase obrera y del movimiento obrero organizado, y también sectores políticos y sociales. La cuestión es cómo distribuimos, por así decirlo, las responsabilidades en la producción de ese día”, me dijo hace poco, con una metáfora que me pareció extraordinaria, el historiador Omar Acha, autor de La Argentina peronista. Una historia desde abajo (1945-1955), y de Crónica sentimental de la Argentina peronista.

El Perón que se retiró del balcón la medianoche del 17 de octubre de 1945 había dejado de ser el coronel de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, el vicepresidente de un gobierno de facto y su ministro de Guerra. Había nacido quien sería El General, el Presidente, el derrocado, el líder en el exilio, el del retorno después de 18 años, el nombre más potente de la política argentina del siglo XX y el conductor de un movimiento político – un aparato de poder político – que a 45 años de su muerte sigue marcando la agenda del país. Y protagonizando sus divisiones.

Perón, Perón, qué grande sos / Perón, Perón ¿cuántos Perones sos?

¿Qué Perón es el del último balcón, el del 12 de junio, el que antes que ver prefiere escuchar la más maravillosa música?

Para tratar de descubrirlo; en realidad para intentar interrogarse sobre ese Perón hay que detenerse en el momento de ese balcón.

Es, claro, un Perón viejo, cansado y enfermo. Y es también un Perón que, aún en ese balcón, frente a esa Plaza de Mayo colmada, está por primera vez separado del pueblo por un vidrio blindado.

Desde un lugar podría interpretarse como una metáfora materializada del famoso “entorno”; desde otro, una simple precaución en tiempos de violencia política.

Es un Perón que se siente acosado desde dos frentes.

Por un lado, ha visto resquebrajarse definitivamente su proyecto de “unión nacional” -simbolizado en su abrazo con el líder radical Ricardo Balbín – porque se le ha partido incluso su propio movimiento.

Quedó claro en otro balcón, el del 1° de Mayo de ese mismo año, cuando la juventud maravillosa le cantó “Qué pasa, qué pasa, General / está lleno de gorilas el gobierno popular” y él – el líder – les contestó “estúpidos imberbes”.

Su juego a dos bandas – tan hábilmente practicado durante el exilio – se le había venido abajo.

En realidad Perón había mostrado qué partido terminaría tomando desde el día siguiente de la Masacre de Ezeiza. Y había reforzado su posición con el “documento reservado” del 1° de octubre de 1973 -que debía ser secreto pero un gobernador preocupado lo filtró a la prensa – donde llamó a depurar de “infiltrados” el movimiento.

La media plaza que se vació el 1° de Mayo fue una panorámica consecuencia de una escalada represiva desde el gobierno que no demoraría en transformarse, luego de su muerte, en terrorismo de Estado.

De todos modos, en el discurso del 12 de junio, Perón intenta sostener la ficción de su equidistancia entre supuestos extremos:

“Sabemos que tenemos enemigos que han comenzado a mostrar sus uñas. Pero también sabemos que tenemos a nuestro lado al pueblo, y cuando éste se decide a la lucha, suele ser invencible. Hoy es visible, en esta circunstancia de lucha, que tenemos a nuestro al pueblo, y nosotros no defendemos ni defenderemos jamás otra causa que no sea la causa del pueblo. Yo sé que hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección; pero nosotros conocemos perfectamente bien nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, sin dejarnos influir por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda”, dice desde el balcón, detrás del vidrio blindado.

Pero no es sólo “el movimiento” lo que se le ha quebrado. Es también su proyecto económico basado en la “conciliación de clases”, el famoso “Pacto Social” entre los trabajadores y la “burguesía nacional”.

“Sabemos que en esta acción tendremos que enfrentar a los malintencionados y a los aprovechados. Ni los que pretenden desviarnos, ni los especuladores, ni los aprovechados de todo orden, podrán, en estas circunstancias, medrar con la desgracia del pueblo. Sabemos que en la marcha que hemos emprendido tropezaremos con muchos bandidos que nos querrán detener; pero, fuerte con el concurso organizado del pueblo, nadie puede ser detenido por nadie”, dice también.

Quizás temiera que “su vuelta”, el proyecto de su tercera presidencia, el de la “reconstrucción nacional” se terminara de desmoronar antes de su muerte.

Es imposible saberlo. Como también es imposible saber si antes de aparecer por última vez en el balcón recordó o no aquel primero, el de aquel lejano 17 de octubre de 1945: desde el que descubrió que para él todo era posible.

Tal vez sea una paradoja: así como al subirlo al primer balcón con la fuerza de su movilización el pueblo argentino “inventó” a Perón, en este último balcón Perón haya intentado “inventarse” un pueblo argentino a la medida de sus deseos.

Es una paradoja imposible, porque a los pueblos no los inventa nadie: se producen a sí mismos.

Y quizás por eso, el viejo general cansado del último balcón no haya dicho que veía al pueblo, sino que quería escuchar su “maravillosa música”. Y llevársela.

Perón sobreviviría 19 días a su último balcón. Su muerte, el 1° de julio de 1974, enlutó a una inmensa mayoría del pueblo argentino.

En las palabras que pronunció en la capilla ardiente del Congreso Nacional, Ricardo Balbín intentó sostener esa ficción de unidad nacional de la cual Perón, al volver a la Argentina, se pretendió como símbolo, artífice y prenda:

-Un viejo adversario viene a despedir a un amigo.

A su muerte, Perón dejó – entre otras – dos herencias. Un aparato de poder: el peronismo; y un símbolo de (¿ese?) poder: el balcón.

En cuanto al segundo legado, el balcón, esto es tan así que luego del golpe que derrocó a Isabel Perón y acabó con el tercer gobierno peronista, sólo se lo utilizó cuatro veces de manera significativa, en otras tantas ocasiones cruciales de la historia argentina reciente.

Y tres resultaron fallidas.

La primera fue en 1982, cuando Leopoldo Fortunato Galtieri habló a la multitud reunida en la Plaza de Mayo luego de iniciar la delirante aventura de Malvinas. Si el desembarco en las islas fue un intento desesperado y criminal de sostener a una dictadura que implosionaba por su propio desastre económico, el uso del balcón peronista quiso ser, simbólicamente, el punto de partida con el que Galtieri creyó poder construir un poder propio que lo transformara un líder de masas.

La segunda fue en la Semana Santa de 1987, cuando Raúl Alfonsín – que al asumir la presidencia en diciembre de 1983 había eludido el balcón y habló a la multitud reunida en la Plaza desde el Cabildo – anunció la “solución” del levantamiento carapintada. No estuvo solo en esa ocasión: lo acompañaron los más notorios dirigentes del peronismo de la época, como Antonio Cafiero y Vicente Leónidas Saadi. Allí la decisión fue utilizarlo como reafirmación de poder para la defensa de una democracia amenazada. Se sabe que no funcionó: el famoso “Felices Pascuas” no fue otra cosa que una claudicación frente a los militares que exigían las leyes de impunidad.

La tercera (y única no fallida) fue la del 25 de mayo de 2003. Néstor Kirchner asumió con el 22% de los votos ante la fuga como rata por tirante – para quitar legitimidad al nuevo gobierno – de Carlos Menem. Kirchner utilizó el balcón-símbolo para recuperar una liturgia peronista que le era esquiva después de una elección con tres listas peronistas. Podría decirse que le funcionó.

La última fue el 10 de diciembre de 2015, cuando luego de jurar como presidente Mauricio Macri ensayó su estúpido baile frente a la Plaza de Mayo. Como nada de lo hecho por Macri en sus cuatro años, esto tampoco fue inocente: en todo caso fue la celebración perversa – potenciada por el poder simbólico del balcón, mancillándolo si se quiere – de una destrucción del peronismo (en su vertiente K) que soñaba para siempre.

Se olvidó de que el balcón ha demostrado históricamente no es nada sin el poder (ese aparato de poder) que es el peronismo.

Un peronismo que tras la muerte de Perón pareció morir más de una vez, que se enfrentó internamente muchas más, que incluso se dividió, pero que para recuperar el poder del Estado siempre sabe limar – aunque solo sea artificiosamente, con permanentes pujas latentes o explícitas– sus diferencias en pos de una unidad instrumental a sus objetivos políticos.

Las últimas elecciones, con un peronismo unido para ganar, volvieron a demostrarlo.

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